martes, 4 de junio de 2024

LA ACTUALIDAD DE LAS GRANDES DISTOPÍAS DEL SIGLO XX (ALDOUS HUXLEY, GEORGE ORWELL Y RAY BRADBURY): ALEXANDER KOJÈVE Y EL FINAL DE LA HISTORIA.

 


El siglo XX nos ofreció tres grandes distopías acerca del futuro de la sociedad humana: Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley (1932), 1984, de George Orwell (1949) y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1952). Todas ellas  especulan con un futuro basado fundamentalmente en una sociedad uniforme y de pensamiento único y en Klas que bajo un fondo autoritario en todos los casos, si cabe destacar una diferencia esencial entre la obra de Orwell y la de Huxley y Bradbury, que tiene un reflejo en nuestro mundo actual. En 1984 el autoritarismo es obvio y se trata del modelo impositivo, controlador y represor propio de las sociedades dictatoriales. Tomemos como ejemplo la Rusia de Putin o la China de Xi Jinping. Las obras de Huxley y Bradbury, todo y teniendo el mismo fondo autoritario, se caracterizan por promover lo que podríamos llamar el atontamiento del ser humano, y cuya máxima sería: no pienses y se feliz. Al referirme al atontamiento, recurro a la reflexión que hace Slavoj Zizek al diferenciar al tonto, al idiota y al imbécil por la relación que mantienen con el "gran Otro", entendiendo por "gran Otro" como aquello que nos constituye y determina y que no podemos dominar. En términos políticos podríamos decir que se trata de la relación del ciudadano con el estado. Zizek [1] nos dice que el tonto es aquel que anda identificado con el "gran Otro" de manera acrítica e irreflexiva. Esta posición sería más propia de los estados aparentemente democráticos como Estados Unidos y los países de la Union Europea yéndole a la zaga, y en las que el estado adopta una posición de aparente servicio a la ciudadania. Sin embargo, tras esa apariencia el estado sólo pretende adormecer al ciudadano, atontarle con sus engaños y falsas promesas, y con su autoridad, control y represión cuando lo considera necesario. Nietzsche decía de él que era el "más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo el Estado soy el pueblo” [2]. 

Las distopías de los autores aquí citadas encuentran una reflexión filosófica en la obra del filósofo y político francés, de origen ruso, Alexander Kojève (Alexander Kozevnikov). Oí hablar por primera vez de este filósofo por la conocida influencia que éste tuvo sobre Jacques Lacan. El psicoanalista asistió al famoso seminario que el filósofo francés impartió sobre “La fenomenología del espíritu” de Hegel entre 1933 y 1939, o más bien sobre su lectura particular de esta obra fundamental de la filosofía, y que tanta influencia tuvo sobre la intelectualidad francesa de aquellos tiempos. Me volví a reencontrar con él cuando oí hablar de la obra del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, donde este reflexionaba sobre este concepto ligado a la obra de Hegel, pero que fue más explicitado y explorado por Kojève, del final de la historia. Y es su visión sobre ella lo que me interesó especialmente, mucho más que la visión propagandística neoliberal de Fukuyama.

I. GEORG W. F. HEGEL Y ALEXANDER KOJÈVE.

El primer paso por dar es esclarecer qué significa el concepto de "el final de la historia". Obviamente, éste no se refiere al fin de los sucesos y acontecimientos, sino a algo mucho más concreto. De la misma forma que antes de la historia hubo una prehistoria, podemos suponer que también habrá una posthistoria. Y así, para Hegel, lo que caracteriza a la historia y al hombre histórico es la búsqueda del autoconocimiento y de la autorrealización. Si en la prehistoria el hombre se ocupaba esencialmente de sobrevivir, también podemos suponer que la posthistoria será algo distinto a la historia.


Georg W. F. Hegel y Alexander Kojeve

Ahora bien, en este contexto, es necesario precisar qué entendía Hegel como búsqueda de autoconocimiento y autorrealización. Para el filósofo esta búsqueda no sólo es en un plano individual, sino también en uno universal. No se trata de una comprensión del individuo de sí mismo, sino de una comprensión de lo que es el ser humano en general, del Hombre Universal. De la misma forma que el autoconocimiento y la autorrealización de un ser humano requiere de otros seres humanos donde reflejarse (la pareja, el amigo, el compañero de trabajo, etcétera), esta comprensión del Hombre Universal hay que buscarla en otro lugar, en un tipo diferente de espejo. En este sentido, Hegel destaca la cultura como la acción transformadora del ser humano sobre la naturaleza, siendo esa naturaleza donde Hegel ve el espejo en el que se refleja ese abstracto que llamamos el Hombre Universal.

Sin embargo, sigue indicando Hegel, no toda cultura es válida para esta comprensión del Hombre Universal, sólo las culturas que han desarrollado la filosofía lo son y, en este sentido, las culturas griega, india y china parecen ajustarse a este requisito. En cualquier caso, lo que Hegel nos está diciendo es que la filosofía es la base de este autoconocimiento y autorrealización relacionada no con el hombre individual, sino con el Universal. La historia se entiende así como la búsqueda de la sabiduría, y Hegel, el filósofo que la ha encontrado, ya no es el filósofo sino el sabio, ya que según él, esta búsqueda terminó con la publicación en 1806 de “La fenomenología del espíritu”.

¿Cuál es el resultado de esta búsqueda que, de algún modo, también podemos contemplarla como un destino o una verdad, el destino o la verdad del hombre histórico? Es aquí donde entra Kojève para respondernos a esta pregunta: que todos los hombres somos libres e iguales, y que es en función de ese destino o verdad cuando él considera que la historia ha tocado a su fin. 

Kojève considera que el final de la historia es también el final de las culturas, pues la realización de esta verdad o destino se convierte en la creación de un estado Universal y homogéneo, una sociedad universal donde la libertad y la igualdad es reconocida. Visto así, el final de la historia parece bastante estimulante y, sin embargo, el pensamiento de Kojève siguió un extraño camino al respecto desde su primera formulación. En 1962 relaciona el final de la historia con el American way of life:

Si los americanos toman la figura de chino-soviéticos enriquecidos es porque los rusos y los chinos no son sino americanos todavía pobres [...] Me he visto inducido a concluir que el American way of life era el género de vida propio del período post-histórico, del momento en que la actual presencia de Estados Unidos en el mundo prefigura “el eterno presente” de la humanidad entera. [3]

Francis Fukuyama aprovechó el fracaso de los regímenes comunistas de finales del siglo XX para recoger el concepto del fin de la historia y anunciar que con el capitalismo y el liberalismo democrático, y del que Estados Unidos era el ejemplo, es donde, paradójicamente, se realizaba el ideal marxista de una sociedad sin clases. Fukuyama anuncia que el tiempo de las ideologías había terminado. Sin embargo, no parecía ser el caso de Kojève, quien dibujaba cada vez más una sociedad más oscura y nada deseable. Y así relacionaba el American way of life diciendo que "En el estado final, naturalmente no hay más seres humanos" [4]. O aún más: “Así, el retorno del Hombre a la animalidad aparecía no ya como una posibilidad aún por venir, sino como una certeza ya presente.” [5] En este sentido, recurría también a la sociedad japonesa de la que decía que estaba “en condiciones de vivir en función de valores totalmente formalizados, es decir, completamente privados de contenido humano en el sentido de histórico”.

Kojève ve a la sociedad del final de la historia como una sociedad “de autómatas”, una sociedad donde

Quizás en el estado final no existan ya ‘seres humanos’ en nuestro sentido histórico de ser humano. El autómata está satisfecho (deportes, erotismo, arte, etc.) y el enfermo es encerrado (o tratado con mediación que pretende devolverla ala felicidad). El tirano se convierte en un administrador, un engranaje en la máquina formada por autómatas y para autómatas.” [6]

Está claro que para Kojève el fin de la historia es la muerte espiritual del hombre, la pérdida de valores e ideas por las que luchar apasionadamente, lo que también le hizo denominarles “esclavos sin amos”.

Esta muerte espiritual del hombre transforma al hombre en un zombi del espíritu: no se degrada la carne, se degrada el alma, formas satisfechas vaciadas de todo contenido. ¿Por qué Kojève insistió tanto en plantear el final de la historia como una sociedad deshumanizada, cómo algo tan indeseable y perverso? Veamos ahora que nos dicen esas tres grandes distopias del siglo XX.

II. HUXLEY, ORWELL Y BRADBURY

Aldous Huxley, Orson Welles y Ray Bradbury

Hay un claro parecido entre el hombre post-histórico descrito por Kojève y las sociedades descritas por Aldous Huxley y Ray Bradbury. Y, de distinta manera, aunque con elementos de fondo similares, con la de Orwell. Quizá el tema más importante en que las tres coinciden es en que la supresión de la cultura es fundamental para el desarrollo de una sociedad uniforme y de pensamiento único, tal y como Kojève ya decía.  En todas ellas el individuos está enajenado en una corriente de extrema superficialidad, y cuyo objetivo es evitar todo cuestionamiento y conflicto. Todas ellas coinciden en ver este proceso de atontamiento como todo lo que tiene que ver con suprimir los libros y el arte, las humanidades en general, aunque también el pensamiento científico para diferenciarlo de la “utilidad” de la tecnología.

II. 1. FAHRENHEIT 451

En su obra Bradbury nos traslada a un mundo en el cual la función de los bomberos no es apagar el fuego sino, todo lo contrario, utilizarlo para quemar libros (la referencia a la quema de libros par parte de los nazis se hace inevitable), ya que el gobierno de la tierra considera que estos son los responsables de traer infelicidad a los seres humanos, reduciendo el concepto de felicidad a llevar una vida sin cuestionamientos y absolutamente superficial, en la que se  asume un papel puramente pasivo en una sociedad alienada a través del poder de la televisión. Hay un pasaje estremecedor en Fahrenheit 451, donde el personaje de Beaty, el jefe de bomberos, le dice a Montag, su protagonista (un bombero arrepentido que descubre el valor y la belleza de los libros):

Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos; reducidos otra vez a una columna impresa de dos minutos, resumidos después en un diccionario en diez o doce líneas. Exageración, por supuesto. Los diccionarios eran obras de consulta. Pero muchos sólo conocían de Hamlet, muchos, repito, sólo conocían de Hamlet un resumen de una página en un libro que decía: «Ahora usted puede leer a todos los clásicos. Luce en sociedad». ¿Comprende? De la guardería a la escuela, y de vuelta a la guardería. 

Éste ha sido el desarrollo espiritual del hombre durante los últimos cinco siglos. [...] Se abreviaron los años de estudio, se relajó la disciplina, se dejó de lado la historia, la filosofía y el lenguaje. Las letras y la gramática fueron abandonadas, poco a poco, poco a poco, hasta que se olvidó por completo. La vida es lo inmediato, sólo el trabajo importa. Divertirse, sí, pero después del trabajo. ¿Por qué aprender algo salvo pulsar botones, insertar clavos, ajustar tornillos y hembras? [...]

Todos debemos parecernos. No nacemos libres e iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales. Todo hombre es la imagen de todos los demás, y todos somos así igualmente felices [...]

No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. Quien pueda instalar en casa una pared de TV, y hoy está al alcance de cualquiera, es más feliz que quien pretende medir el universo, o reducirlo a una ecuación. [7]

Dado el momento histórico en el que esta obra fue escrita (1952), Bradbury recurre a la televisión como objeto inductor de esta enajenación. Observamos una sociedad en la que el contacto realmente humano es sustituido por un contacto puramente superficial de una realidad alienada donde sus ciudadanos son los autómatas de Kojève, los hombres sin espíritu. Pero hoy en día no estamos tan lejos de esto, o quizás ya estamos demasiado cerca. En la actualidad no solo disponemos del televisor, tenemos el inefable teléfono móvil y el ordenador personal, las redes sociales, las plataformas de cine, los podcast, YouTube, o los recientes desarrollos de la inteligencia artificial, etcétera.

Imagen de Fahrenheit 451 (1966) de François Truffaut
 

II.2. UN MUNDO FELIZ

En un Mundo Feliz encontramos el mismo tipo de reflexiones. Se relaciona la felicidad con hacer del ser humano un ser acrítico, sin capacidad para la reflexión, conformista y obediente. Parece que la "felicidad" lleva implícita una renuncia a lo más esencialmente humano. Así se plantea que ese felicidad conlleva la renuncia a la familia, el arte, la filosofía, la ciencia, a la diversidad cultural... Recuerda un poco a los extraterrestres de "Los ladrones de cuerpos", la novela de Jack Finney tan llevada al cine (en 4 versiones), donde es más conocida por "La invasión de los ladrones de cuerpo" o "La invasión de los ultracuerpos", y donde llevado a estas distopías que aquí traemos más bien se trata de los ladrones de almas. En la obra de Huxley encontramos párrafos como los siguientes contra la familia o el amor:

Madre, monogamia, romanticismo… La fuente brota muy alta; el chorro surge con furia, espumante. La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables. Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para cuya obediencia no habían sido condicionados, con las tentaciones y los remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran intensamente las cosas y sintiéndolas así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanzas), ¿cómo podían ser estables? [8]

En Un Mundo feliz la reproducción es artificial (el llamado método bokanovsky) y se plantea prácticamente como una cosecha de individuos iguales e indiferenciados. Seres humanos obtenidos en serie y perfectos que permiten establecer una sociedad de castas (Alfas, Betas, Gamma, Delta y Epsilones), garantía de su estabilidad: "Hombres y mujeres estandarizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado [...] Sabemos muy bien adónde vamos. Por primera vez en la historia. —citó la divisa planetaria—: «Comunidad, Identidad, Estabilidad». —Grandes palabras—" [9]

como no, la siempre característica abolición de la cultura: "... una campaña contra el Pasado; con el cierre de los museos, la voladura de los monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos ya habían sido destruidos durante la Guerra de los Nueve años); con la supresión de todos los libros publicados antes del año 150 d. F…" [10]

La desaparición de la vejez:

"Todos los estigmas fisiológicos de la vejez han sido abolidos. Los caracteres permanecen constantes a través de toda la vida. Trabajo, juegos… A los sesenta años nuestras fuerzas son exactamente las mismas que a los diecisiete. En la Antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando… ¡Pensando! En la actualidad el progreso es tal que los ancianos trabajan, los ancianos cooperan, los ancianos no tienen tiempo ni ocios que no puedan llenar con el placer, ni un solo momento para sentarse y pensar; y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma..." [11]

Y, efectivamentemente, el soma, la droga perfecta definida como: "Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante. Todas las ventajas del cristianismo y del alcohol; y ninguno de sus inconvenientes. Uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología." [12]

Imagen de la serie Un Mundo feliz (2020)

II.3. 1984

Y, finalmente, tenemos 1984. En esta distopia de Orwell, la sociedad nos es presentada como una sociedad hipercontrolada propia de un regimen totalitario, y en la que el ser humano no es más que lo que se le dice que sea. De hecho es como el lado más sombrío de las dos anteriores. De alguna manera, 1984 muestra más crudamente la muerte del alma del ser humano. Como dice Winston, su protagonista: "Lo más terrible que había hecho el Partido era convencer a la gente de que los más mínimos impulsos y sentimientos no tenían importancia," [13]. Es curioso como Orwell plantea la base de esa sociedad. Su lema es:

                                                    LA GUERRA ES LA PAZ

                                                    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD

                                                    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Así como los cuatro grandes ministerios: El ministerio de la verdad, El ministerio de la paz, El ministerio del amor y el ministerio de la abundancia, y cuya función es, justamente, lo contrario del título que ostentan en un verdadero ejercicio de lo que conocemos en psicología como el lenguaje de doble vínculo. Así el ministerio de la verdad se encarga de la tergiversación de la historia y las noticias, de las mentiras (las fake news de hoy en día); el ministerio de la paz se encarga de la guerra; el ministerio del amor de la tortura y el asesinato, y que incluye la terrible policía del pensamiento, y que tipifica el peor crimen en esta sociedad: el crimen por pensar (llamado "crimental" o "pensacrimen"). 

Otro ejemplo de lo que persigue esta sociedad se basa en la creación de una nueva lengua o neolengua, y cuyo sentido es: estrechar la capacidad del pensamiento. Al final, conseguiremos que el crimen de pensamiento sea literalmente imposible, porque no existirán palabras con las que expresarlo [...] De hecho, no existirá el pensamiento tal como lo entendemos hoy. La ortodoxia significa que no hay pensamiento, que no hay necesidad de pensar. La ortodoxia es la inconsciencia. [14]

Evidentemente, esto incluye la destrucción de toda cultura: 

... todo conocimiento sobre la viejalengua habrá desaparecido. Toda la literatura del pasado habrá quedado destruida. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron… existirán únicamente en versiones de la neolengua, no solo transformada en algo diferente, sino transformada en realidad en algo opuesto a lo que era antes. [15]

El horror que se oculta tras la aparente "sociedad feliz" la desvelan las palabras que O'brien, el torturador de Winston, le dice:

La obediencia no es suficiente. A menos que sufra, ¿cómo puedes estar seguro de que está obedeciendo tu voluntad y no la suya? El poder está en infligir dolor y humillación. El poder está en romper las mentes humanas en pedazos y volverlas a recomponer según interese. ¿Empiezas a ver, entonces, qué tipo de mundo estamos creando? Es exactamente lo contrario a las estúpidas utopías hedonistas que los antiguos reformistas imaginaron. Un mundo de miedo, traición y tormento, un mundo de pisotear y de ser pisoteado, un mundo que no será menos sino más despiadado a medida que se vaya refinando. El progreso en nuestro mundo será un progreso hacia más dolor. Las antiguas civilizaciones afirmaban que estaban fundadas en el amor o la justicia. La nuestra se basa en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autodesprecio. [16]

Imagen de 1984 (1984) de Michael Radford

III. UNA REFLEXIÓN FINAL.

Las implicaciones que se derivan de estas distopías en relación al final de la historia concebido por Kojève, partiendo de la idea de Hegel, ponen de relieve aspectos al que nuestras sociedades parecen tender hoy en día. Lo podemos observar en fenómenos como el ascenso de la ultraderecha en el mundo, fenómenos como el de Donald Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina, así como el impacto de las redes sociales y ciertos medios de comunicación que se permiten actúar como plataforma de un cierto "ministerio de la verdad" como el de 1984. Observamos en sus discursos esa invocación de unas emociones básicas que les caracterizan: el miedo, la rabia, el triunfo y el desprecio. Como las polaridades que en sus extremos se tocan, esos personajes y sus discursos ocultan el Putin o el Xi Jinping que hay en ellos, el 1984 que se oculta tras sus promesas de sociedades seguras, proteccionistas y satisfechas. Observamos, por ejemplo, el ser humano "autómata" en el asalto al congreso de Estados Unidos, los seres humanos fascinados por el amo al que, como al diablo, entregan su alma. Tiranos que administran la sociedad a su libre antojo.

Sin embargo, y desgraciadamente, también hay que buscar esa tendencia, en los partidos políticos tradicionalmente más democráticos que, progresivamente, han quedado más fascinados por el voto que por los ciudadanos, y que encerrados en su endogamia, están mas pendientes del marketing, de los golpes de efecto y el circo político, y también su progresiva "afición" a las fake news y a medios serviles a sus intereses, que a verdaderas propuestas centradas en las necesidades de la ciudadanía, así como su evidente servilismo de eso que hoy llamamos los mercados o el movimiento del capital. Políticos y partidos fundamentalmente narcisistas alejados de la ciudadanía, y más pendientes de la imagen que de la propuesta, perdidos en el alejamiento del funcionamiento burocrático y tecnócrata (el gran problema de la Unión Europea). Ellos son también los grandes responsables del ascenso de la ultraderecha.

Como observaba Kojève, también la intelectualidad aparece más diluida en todo ese entorno líquido de manipulación, en toda esa sociedad de la desinformación. Se dibujan cada vez más como individuos encerrados en sus teorías y cavilaciones, en sus torres de marfil, encerrados en sus congresos y sus seminarios, pero también desconectados de la sociedad y la política. Cada vez más se dibuja un perfil del intelectual con muy poco compromiso político y social: sabios sin sabiduría, como diría Kojève.

Y, finalmente, nosotros mismos, una ciudadanía que entre unas cosas y otras, somos víctimas de ese proceso de atontamiento general que unos y otros nos provocan. Hemos perdido la capacidad de reflexión crítica,  la capacidad de desvelar la mentira y la manipulación, la capacidad de revelarnos, con el adormecimiento con que la política y los estados hoy nos tienen sometidos, hemos asumido pasivamente, o como fieles creyentes, "amos" que nos dirigen y nos eviten pensar. El conformismo arrolla la pasión y la banalidad la creatividad.

Como veis, y tal y como apunta Kojève: El tirano administra, el sabio deambula en su torre de marfil y la ciudadania actúa como autómatas obedientes bajo una falsa apariencia de seguridad y satisfacción.

Trazando este futuro sombrío y perverso Kojève, así como las distopías de Huxley, Orwell y Bradbury, nos interrogan sobre si en verdad queremos llegar a una sociedad de este tipo, ya sea en la fórmula Orwelliana, o en la de Huxley y Bradbury, si queremos reducirnos a ser hombres sin espíritu.

NOTAS.

_________________________

[1] Zizek, Slavoj. Menos que nada. Akal. Cuestiones de antagonismo, pág. 4

[2] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Ed. Alianza, pág. 86

[3] Filoni, Marco. Alexander Kojève. La acción política del filósofo. Ed. Trotta, pág. 310

[4] Ver nota 3, pág, 311

[5] Ver nota 3, pág. 311

[6] Carta de Kojève a Léo Strauss, 1950.

[7] Bradbury, Ray. Fahrenheit, 451. Editorial Minotauro, págs.

[8] Huxley, Aldous. Un mundo feliz. Biblioteca Libre Omegalfa, pág. 47

[9] Ver nota 4, pág. 18

[10[ Ver nota 4, pág. 55

[11] Ver nota 4, pág. 57

[12] Ver nota 4, pág. 56

[13] Orwell, George. 1984. Ed. Minotauro, pág.190

[14] Ver nota 9, pág. 64

[15] Ver nota 9, pag. 65-66

[16] Ver nota 9, págs. 301-303