viernes, 5 de junio de 2026

BAJO LAS RUEDAS (Hermann Hesse, 1906): Adolescente, educación y sociedad

Bajo las ruedas (1906) es una de las primeras obras de Hermann Hesse. De naturaleza autobiografica, se erige como una crítica demoledora al sistema educativo de su tiempo. A pesar de estar situada a inicios del siglo XX su reflexión es perfectamente vigente en la actualidad en la manera de reflexionar la relación descompensada entre el impulso vital del niño y del adolescente en relacion con las expectativas que hay sobre él, tanto a nivel familiar, como escolkar y de su incorporación en la sociedad. 


Dice Hermann Hesse en Bajo las ruedas:


... el colegio tiene que vencer, romper y reducir por la fuerza al hombre natural. Su misión es convertirle, según los principios que acepta la autoridad, en un miembro útil de la sociedad, y despertar en él las cualidades cuyo desarrollo total vendrá a coronar y terminar la cuidadosa disciplina del cuartel. [1]


Hay en estas palabras de Hesse, incluso hoy en día, donde las cosas no parecen ser tan duras como en esos principios del siglo XX, una relación en que la escuela es mostrada como un intermediario entre el individuo y el Estado. En su libro, Hesse nos muestra la adolescencia como el conflicto que se establece entre el arquetipo del héroe y su querer penetrar en la vida, y el arquetipo de la persona en su esfuerzo por colectivizar al joven adolescente, por reducirle a lo que la sociedad, es decir, el Estado – como dice Hesse -, quiere que sea.


I. NACER CON EL DESTINO MARCADO: LA EXPECTATIVA DE LOS OTROS.


En Bajo las ruedas, su protagonista, Hans Giebenrath, es el muchacho dotado e inteligente que, no obstante, ya tiene su destino escrito, y que como se dice en el libro: “… su futuro estaba determinado y decidido. Porque en Suabia, a menos que los padres sean ricos, no hay más que un camino estrecho: el seminario menor a través del landexamen, de allí al seminario de Tubingen, y luego al púlpito o a la catedra”. [2]

 

Por otro lado, también podemos observar la presión de su entorno para que se saque la plaza que implica este difícil examen. Desde su padre, pasando por el director de la escuela, el párroco, el zapatero, y todo el pueblo en general, Hans está sometido a todo tipo de presiones. La generación de esta expectativa, y el miedo a fracasar, es algo que lleva con gran ansiedad.  De la misma manera, y como ocurre, en ocasiones, con niños y adolescentes dotados y brillantes, la segregación, cuando no la burla o el bullying que sufren por parte de sus compañeros es otra conscecuencia a tener en cuenta. Observamos esta presión que sufre Hans en un sueño que nos es narrado un día antes de pasar el landexamen:


Se veía en el examen con los ciento diecisiete compañeros; el examinador se parecía a veces al párroco del pueblo, y otras a su tía, y le ponía delante montones de chocolate que él tenía que comer. Y mientras él lo hacía entre lágrimas, veía a los demás levantarse uno a uno y desaparecer tras una pequeña puerta. Todos habían terminado su montón; el suyo, en cambio, crecía ante sus ojos, desbordándose sobre la mesa y el banco como si fuera a ahogarle. [3]


El material del sueño parte de cómo Hans tiene que comerse el chocolate que le da su tía, cuando en realidad a él no le gusta. Pero es incapaz de decir justamente eso, de decir no. Hans no puede decepcionar, como no puede decepcionar a la exigencia de su padre ni a la del párroco del pueblo ni a la del director de la escuela, todos ellos poniendo sus expectativas sobre él, enfatizando lo importante que es que cumpla con su deber y su destino. Es esa presión del padre y de los profesores lo que le ahoga: fracasar es decepcionarlos a todos.

 

El padre de Hans, el director de la escuela, sus profesores, el párroco, todos ellos se convierten, de una manera más o menos explícita, en “guías” ue imponen su visión a Hans, que le estrechan tanto el camino de exploración y descubrimiento de la vida, que acaban por ahogarle con su demanda de éxito. No hay nada que explorar cuando una vida ya está determinada, cuando ya está escrita: la vida es un deber a cumplir. Ese es el chocolate que tiene que tragarse Hans, y el chocolate que pesa en su interior a través de un superyó demoledor: una demanda sobre él de las expectativas de los mayores que no cesa, y que se ha convertido en su propia demanda. Hans es el adolescente que, bajo la presión social, se identifica excesivamente con la persona, sacrificando ese elemento vital y aventurero de la adolescencia que implica el héroe.

II. APOLO Y DIONISOS: ENTRE LA PERSONA Y EL HÉROE.

En el libro de Hesse, Hans tendrá su opuesto dionisíaco en un alumno llamado Hermann Heilner, “el alocado y el sensato, el poeta y el empollón”. En todo caso, Hesse define muy bien lo que sucede en la adolescencia: “el imperceptible desvanecerse del alma infantil, en parte la abundancia aun sin canalizar de energías, ilusiones y deseos, y finalmente el ímpetu oscuro e incomprendido de la pubertad”. [4]


Efectivamente, este último punto es el resultado del choque de la adaptación social y la necesidad de penetrar en la vida del joven adolescente. Heilner representa muy bien el adolescente en ese conflicto, mientras Hans corresponde más al adolescente excesivamente domesticado. Tras suceder un conflicto que los aleja (no por ellos, sino por el miedo que ejerce la institución marcando al rebelde Heilner y segregándolo de sus compañeros), ambos renuevan su amistad. Heilner parece remover en Hans este espíritu rebelde y poco conformista y que, como bien dice Hesse, no suele ser del agrado del mundo institucional, y que en el caso que nos ocupa, asiste a ello con gran preocupación. Hesse hace una descripción demoledora al respecto:


Así se repite, de colegio en colegio, el espíritu de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año, [5]


La relación de Hans con Heilner le lleva a contactar con su parte más dionisíaca, y el “adolescente domesticado” en el que se estaba convirtiendo se rebela y quiere dirigirse, siguiendo a Goethe, hacia las alturas del espíritu. Su rendimiento académico empeora, pero su satisfacción y alegría interna se incrementa. Sin embargo, ni Hans ni Heilner pueden sostener la situación que un Sistema implacable ejerce en estas situaciones y que, en lugar de acompañamiento y guía, sólo ofrece, como se dice en la película El club de los poetas muertos: Tradición (es decir, inmovilismo), Honor (es decir, sometimiento), Disciplina (es decir, obediencia incuestionada) y Grandeza (es decir, ambición). La rebeldía temeraria de Heilner le lleva a su expulsión, mientras que Hans se hunde presa de un conflicto (entre Apolo y Dionisos) que su alma ya no puede sostener:


… el sufrimiento de un alma que se hunde y ahogándose, lanza miradas angustiadas y desesperadas. A ninguno se le ocurría pensar que el colegio y la bárbara ambición de un padre y unos profesores habían llevado a tal situación a un ser tan frágil. ¿Por qué le habían hecho estudiar hasta altas horas de la noche en los que le habían quitado sus conejos, alejado de sus compañeros de colegio, prohibido la pesca y los paseos, e inculcado el ideal vacío y rastrero de una ambición mediocre y devoradora? ¿Por qué no le habían dejado disfrutar ni siquiera después del examen de sus bien merecidas vacaciones? Ahora el espoleado caballito yacía en la cuneta y no servía para nada. [6]


III. EL COLAPSO: EL HUNDIMIENTO DEL ESPIRITU.

Finalmente Heilner será expulsado presa de un yo dionisíaco carente de límite, soberbio y falto de la prudencia necesaria, mientras que Hans acabará presa de un estado depresivo que lo llevará de vuelta a casa, un Apolo fracasado y un Dionisos enloquecido. Hans andará perdido entre migrañas y una profunda apatía en lo que pasará los días solo animado por su contacto con la Naturaleza. Se nos muestra ya como un adolescente alienado que, como dice Hesse, había perdido algo fundamental en ese momento del ciclo vital: sentido y meta. Hesse utiliza también los sueños para reflejar el estado anímico de Hans.


Presa de esta alienación Hans se irá precipitando en el abismo entre un difícil acceso al amor y la sexualidad, reflejado en una corta pero intensa historia con Emma, la sobrina del vecino, el zapatero Flaig, quien siente un genuino aprecio por el muchacho, y una entrada abrupta en el mundo adulto en un taller de mecánica, y en el que en una noche de juerga, no se sabe bien cómo, le llevará a caer en el río y morir ahogado.


El dramático final de Bajo las ruedas, puede entenderse más metafóricamente como la historia de un niño a quien se le arrebató pronto la infancia, llegando a la adolescencia con un peso de responsabilidad y expectativa excesivos para una edad en la que, fundamentalmente, es necesario acompañar al joven en la penetración de la vida y sus límites, entre la exploración curiosa y la responsabilidad reflexionada, no impuesta. Como dice el zapatero Flaig a su padre respecto a todos aquellos que asisten al funeral y quisieron ayudarle a ser “grande”: “Ahí van unos cuantos señores – murmuró – que han ayudado a traerle hasta aquí”.

 

IV. LA CTUALIDAD DE BAJO LAS RUEDAS.
 
El animal arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para ser a su vez amo, sin 
saber que todo  es una fantasía engendrada por un nuevo nudo en el látigo del amo. (Franz Kafka)

Más de un siglo después de su publicación, Bajo las ruedas conserva una sorprendente actualidad. Es cierto que el sistema educativo contemporáneo no se presenta ya, al menos en nuestras sociedades, con la dureza disciplinaria que Hesse describe en la Alemania de comienzos del siglo XX. Sin embargo, la lógica profunda que denuncia la novela no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de rostro. Allí donde antes encontrábamos la severidad del Estado, del seminario, del padre o del director de escuela, encontramos hoy nuevas formas de presión: la exigencia de rendimiento constante, la competitividad temprana, la ansiedad por el futuro, la necesidad de destacar, de acumular méritos, de construir desde muy pronto una identidad eficaz, adaptable y productiva que, además, se ve aumentada por las redes sociales, los influencers, youtubers y demás...

En este sentido, Hans Giebenrath sigue siendo una figura inquietantemente cercana. Su tragedia no consiste únicamente en fracasar académicamente, sino en haber sido reducido demasiado pronto a la función de cumplir expectativas. Hans no es mirado como un ser en formación, sino como una promesa de éxito. No se le acompaña en su crecimiento, básicamente se le empuja y se le exige. Su inteligencia, que podría haber sido un espacio de apertura al mundo, se convierte en una carga. Su sensibilidad, que podría haber sido fuente de creatividad y profundidad, se transforma en fragilidad culpable. Su adolescencia, que debería haber sido un tiempo de búsqueda, tanteo y descubrimiento, queda sometida a una idea estrecha de destino.

Por otro lado, Hermann Heilner es el adolescente cuya energía de penetración en la vida acaba diluyéndose en una rebeldía confrontativa que comparte con la domesticación la falta de sentido y meta (recordemos a Holden Caufield, el protagonista de "El guardian entre el centeno" de J. D. Salinger). El Dionisos enloquecido es la otra cara de la moneda del Apolo fracasado. También nos recuerda a Charles Daton, el joven rebelde de las película "El club de los poetas muertos" .

La actualidad de Bajo las ruedas se deja ver también en la creciente fragilidad psíquica de muchos adolescentes sometidos a una presión que, aunque más invisible que la descrita por Hesse, no por ello resulta menos intensa. Hoy no siempre hace falta un padre autoritario o un profesor implacable. A veces basta con una cultura entera que repite, de formas sutiles, que hay que ser brillante, competitivo, atractivo, resiliente, exitoso y feliz. O de padres que bajo esta presión social creen que eximir al hijo de los límites adecuadamente colocados y manejados que también necesitan, acaban pidiendo a los profesores que aprueben a sus hijo como sea… La antigua disciplina externa se ha convertido, en gran parte, en autoexigencia. El látigo ya no siempre viene de fuera, sino que muchas veces habla desde dentro, incluso entre adolescentes que parecen tomar una dirección contraria bajo el aparente camino de la rebeldía, o ocultada bajo las formas pasivas del pasotismo.

Por eso la historia de Hans y Hermann no pertenece solo al pasado. Nos interpela todavía porque muestra lo que ocurre cuando el alma adolescente no encuentra un espacio suficientemente amplio para desplegar sus contradicciones. Entre Apolo y Dionisos, entre la necesidad de la fiorma social y la necesidad del fondo de la vida, entre la responsabilidad y la exploración, el joven necesita algo más que exigencia: necesita presencia, escucha y acompañamiento. Necesita adultos que no lo conviertan en proyecto, trofeo o reparación narcisista de sus propias frustraciones, sino que sepan sostener la incertidumbre de su crecimiento.

Bajo las ruedas sigue siendo, así, una obra profundamente necesaria. Su denuncia no se dirige solo contra una escuela concreta o contra una época determinada, sino contra toda forma de cultura que, en nombre del éxito, de la utilidad o de la excelencia, olvida que el desarrollo humano no puede reducirse a rendimiento. Hesse nos recuerda que hay jóvenes que no fracasan porque sean débiles, sino porque han sido cargados con un peso que no les correspondía llevar. Y nos obliga a preguntarnos, todavía hoy, cuántos Hans Giebenrath y Hermann Heilner siguen cayendo bajo las ruedas de nuestras mejores intenciones.

NOTAS

[1] Hesse, Hermann. Bajo las ruedas. Alianza editorial. Todas las citas del libro corresponden a esta version.




ENTRADAS RELACIONADAS

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Pulsar sobre el título para acceder a la entrada.



J. D. SALINGER: 

EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO. Sobre la adolescencia.











EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS: la relación maestro-discípulo.


 

domingo, 5 de abril de 2026

MARY OLIVER: El resplandor y la responsabilidad. Por una psicología poética.

Mary Oliver (1935-2019)
Para Elena, Andrea y Robert.

¿No muere todo al final y demasiado pronto?
Decidme, ¿qué es lo que planeáis hacer
con vuestra única, preciosa y salvaje vida?
                                                                      (Mary Oliver)

Conocí a Mary Oliver gracias a mi hija. "Léela papá, estoy segura de que te gustará" - me dijo -Sabedora de mis gustos poéticos, no solo sabía que me gustaría, sino que me ponía ante mis ojos la obra de una poeta con la que he sintonizado profundamente. Su capacidad de asombro ante la vida y la naturaleza me resultan especialmente cercanos y afines, así como su lenguaje y estilo poético, influidos, entre otros, por Walt Whitman o H. D. Thoreau, ambos autores muy queridos por mí y que ya tienen su espacio en este blog.

Hace tiempo que quería escribir sobre ella y su obra, pero... ¿¡qué elegir!? Recientemente Lumen publicó su poesía completa: Devociones (2025). Y como suele ocurrirme en ocasiones, al abrir el libro al azar me encontré con un grupo de poemas cuyo título es El resplandor (Flare), correspondiente al poemario La hoja y la nube (The leaf and the Cloud, 2000). Lo empecé a leer y decidí que escribiría sobre esos poemas, que me parecieron especialmente significativos para acercarse a la obra de Mary Oliver y a su concepción de la poesía y de la vida.

I. EL RESPLANDOR Y EL ASOMBRO.

"El poema no es el mundo"con ese verso empieza uno de sus poemas, para luego decir en el siguiente verso que "No es ni siquiera la primera página del mundo". Decía Jung en sus memorias: "La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida." [1]. Esa relación con lo infinito invoca al alma humana y a su relación con el asombro ante el misterio que nos rodea, y ante ese exceso inabarcable que constituye ese infinito. La poesía de Mary Oliver guarda sin duda esa relación, y sus versos y poemas no son más, ni menos, que el asombro que un ser ínfimo, pero consciente, siente delante del resplandeciente infinito. Sigue entonces el poema:

                                                    Pero el poema quiere florecer, como una flor.
                                                    Sabe tanto como eso

                                                    Quiere abrirse, como la puerta de un pequeño templo,
                                                    para que puedas adentrarte y estar fresca y revivir,
                                                    y ser menos tú misma que parte de todo. [2]

Pero el poema quiere florecer, como una flor... y ser menos tú misma que parte de todo. En estos sencillos versos radica la belleza y la grandeza de su poesía. El poema, voz de un alma humana, quiere florecer como una sencilla flor, ante el inconmensurable infinito y dejarse, nunca mejor dicho, asombrar ante su resplandor. Su poesía es una poesía del asombro que es, literalmente, quedar des-sombrado, dejar que la luz del mundo penetre en la conciencia. Se le puede aplicar aquello que dice Jean-Luc Nancy de los poemas de Hölderlin, esencialmente de aquellos que fueron escritos desde la torre del ebanista Zimmer:


                                                    Y, si puedes, dirige hacia esta luz
                                                    Tus ojos, ¡a la luz que lo ve todo![3]

No busca grandes explicaciones, no busca entender ni penetrar en los misterios de la existencia en el sentido en que lo hace la filosofía o la ciencia, busca, sencillamente, dejarse iluminar por ese misterio, ser penetrada por su luz, lo que ella nos devuelve tamizado a través de su conciencia como poesía.

Dice en el primer verso del primer poema de la serie: "Bienvenidos al tonto, confortante poema". Tonto en el sentido de que su poesía tiene la inocencia de un alma iluminada por su constante exposición al asombro, al resplandor como esa  "la luz que lo ve todo". Por eso Mary Oliver sabe bien que esa exposición no la hace ni mayor ni menor, simplemente la hace partícipe:

                                                        En el resplandor de tu mente, sé modesta.
 
Es decir,  en el reflejo del mundo en la conciencia, el asombro se relaciona con la reflexión contemplativa más que con la discriminativa (el saber), por eso la poeta, tras darnos la bienvenida al tonto y reconfortante poema, nos dice en los versos que siguen lo que la poesía no es:

                                                        No es el amanecer,
                                                        que es una tintura roja,
                                                        que resplandece por todo el cielo oriental;

                                                        No es la lluvia, cayendo del monedero de Dios;

                                                        no es el yelmo azul del cielo más tarde,
                                                        o de los árboles, o el escarabajo surcando la tierra;

                                                        no es el sinsonte que, con su propia cadencia,
                                                        irá chisporroteando y aplaudiendo
                                                        en las ramas de la catalpa y sus espesas flores,
                                                        que se hincha y brilla
                                                        que tiembla con el viento.

¿Qué es entonces la poesía para ella? Sencillamente el reflejo del mundo en la conciencia como este se refleja en una gota de rocío.

                                                        Cuando la soledad llegue acechando, sal a los campos, piensa
                                                        en la composición del mundo, advierte
                                                        algo que antes nunca habías advertido,

Sal a los campos y descubre y redescubre, a la vez que también eres descubierto y redescubierto desde lo más nimio hacia el todo:

                                                        Como el sonido tamborileante del Grillo Arbóreo de la nieve,

                                                        cuyo cuerpo verde pálido no es más largo que tu pulgar. 

 

                                                        Contempla bien el colibrí bajo la lluvia de verano, 

                                                        sacudiéndose las chispas de agua de las alas. 

 

Y un reflejo del mundo que lo refleja en su totalidad, no esquivando también el dolor que hay en él, pero incitándonos a levantarnos para afirmar siempre la vida:


                                                        Que la aflicción sea tu hermana, ella lo será en cualquier caso. 

                                                        Levántate del tocón de la pena, y reverdece también, 

                                                              como las hojas diligentes. 


                                                        Una vida entera no es lo suficientemente larga para las bellezas de este 

                                                                                                                                                              mundo]

                                                        ni para las responsabilidades de tu vida. 


Para acabar diciéndonos que esta es la materia que, reflejada en la conciencia, es devuelta poema como su reflejo en la conciencia como una "gota de rocío":

                                                        Vive con el escarabajo y el viento. 

 

                                                        Este es el oscuro pan del poema. 

                                                        Este es el oscuro y nutritivo pan del poema.           


                                                        (la negrita es mía)


Como decía María Zambrano, el poeta ve en la diversidad el todo. En el escarabajo o el viento ya está el todo, como el todo está en ellos, como está en nosotros mismos, en esa paradoja en la que como seres faltantes que somos, sólo podemos reconfortarnos en la pertenencia que, a su vez, nos ofrece compañía, y síaquí viene también a socorrernos el tonto, el reconfortante poema. Y, en ese sentido, desgraciadamente, nos hemos convertido en unos desarraigados de nuestra esencia. Hemos olvidado que, más allá de la cultura y la civilizacion (en el amplio sentido de ambas palabras), somos naturaleza.

II. LA RESPONSABILIDAD HACIA NUESTRA VIDA.

Sin embargo, nuestra poeta, como Whitman o Thoreau, no se queda sólo en la lectura bella, sino que va más al fondo, va también a las sombras de su historia concreta, de su biografía. Dice en otro corto poema de esta serie:

                                                            Por tanto, cuéntame:
                                                            ¿Qué te va a atrapar?
                                                            ¿Qué abrirá los oscuros campos de tu mente
                                                                  como un amante
                                                                      con la primera caricia?

Hay un bello, aunque duro poema, que nos habla del desprenderse, de abandonar y dejar atrás los pesos innecesarios que arrastramos para tomar plena responsabilidad de nuestra vida, de abandonar esas malentendidas lealtades familiares que tanto nos determinan y nos limitan. La poeta se interroga y nos interroga: "cuéntame: ¿Qué te va a atrapar? ¿Qué nos sacará de "los oscuros campos de tu mente"? Y así empiezan esos versos con su madre:

                                                        Mi madre,
                                                        era la glicina,
                                                        mi madre
                                                        era el arroyo musgoso ahí detrás de la casa,
                                                        mi madre, helás, helás,
                                                        no siempre amó su vida,
                                                        más pesada que el hierro
                                                        cuando la llevaba en brazos, de un cuarto a otro,
                                                        ¡oh, inolvidable!

                                                        La sepulto
                                                        en una caja 
                                                        en la tierra
                                                        y me vuelvo.

Sigue luego con su padre:

                                                        Mi padre
                                                        era un demonio de sueños frustrados,
                                                        era un destructor de la confianza,
                                                        era un pobre, escuálido niño con mala suerte.
                                                        Siguió a Dios, no teniendo a nadie más
                                                        con quien hablar;

                                                        se pavoneaba ante Dios, no teniendo a nadie más
                                                        que escuchara.
                                                        Escuchad,
                                                        esto era su vida.
                                                        Lo sepulto en la tierra.

Y tras sepultarles a ambos:

                                                        Limpio los armarios.
                                                        Abandono la casa.

Es decir, que limpia los armarios y abandona la casa para dejar el peso de los padres y tomar responsabilidad de su propia vida. Así abre los "oscuros campos de la mente". En los versos del poema que siguen a este, la poeta diferencia bien que ese desapego de esas falsas lealtades no está exento de amor o, quizá aún más, que el desapego del sufrimiento de ese lastre que los padres traemos con nuestra historia a nuestros hijos, es su mayor acto de amor:

                                                        Los menciono ahora,
                                                        no los mencionaré más.

                                                        No es por falta de amor,
                                                        ni por falta de pena.
                                                        Pero esa cosa de hierro que ellos soportaban, no la cargaré yo.

                                                        Les doy - uno, dos, tres, cuatro - el beso de la cortesía,
                                                        de la dulce gratitud,
                                                        de ira, de buena suerte en lo hondo de la tierra.
                                                        Duerman bien. Alcancen la levedad.

                                                        Pero no les daré el beso de la complicidad.
                                                        No les daré la responsabilidad de mi vida.

Ese es justamente el acto de amor: asumir la responsabilidad sobre la propia vida, lo cual es, en cierto sentido, también una liberación para sus padres, por eso no les da "el beso de la complicidad"El acto de amor de Mary Oliver es, como ella misma dice en sus versos, que "esa cosa de hierro que ellos soportaban, no la cargaré yo." Su verdadero acto de amor es vivir su vida, esa vida que los padres vivieron sin vivirla, vida vivida como una pesada carga, así transmitida a la hija. Responde así la poeta a la impresión que tenía Jung de que hemos de dar respuesta a temas que quedaron inconclusos para nuestros antepasados y que, con esa resolución, pareciera que toda la genealogía por fin respira. [4]

Y así Mary Oliver se dirige hacia la vida, ya no mirando los armarios de casa, ni esa cosa de hierro, sino con los ojos abiertos hacia el resplandor que ella descubrió, y que también la hizo sentir descubierta, no como Hölderlin en la lejanía del paisaje, sino en la cercanía de lo más nimio y sencillo, el resplandor que brilla en el escarabajo y con el viento, con los colibrís y los gansos, las rosas y los prados verdes, las conchas y el mar, la polilla y la hormiga. Y, cómo no, en Molly Malone Cook, un resplandor que fue el amor de su vida por más de cuatro décadas.

Molly Malone y Mary Oliver.

III. POR UNA PSICOLOGÍA POÉTICA.

Rachel Carson (1907-1964)
La actitud ante la vida de Mary Oliver, así como su poesía, dan fe de las palabras de una bióloga que escribía como una poeta, que practicaba una biología poética y que fue inspiradora del movimiento ecologista moderno. Me refiero a Rachel Carson, quien entre otros libros  ("El mar que nos rodea", "Bajo el viento oceánico" o el más conocido, "Primavera silenciosa") escribió una pequeña joya llamada "El sentido del asombro", y en la que nos dice:

Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza. [5]

 

Cuando leo a Mary Oliver, o estas palabras de Rachel Carson, me pregunto en muchas ocasiones qué hacemos para que nuestros pacientes recuperen el don del asombro. Es algo que va más allá de la psicología académica y clínica, y de una cierta visión "recuperativa" del paciente, de un "devolverle recuperado" de nuevo a una vida sin sentido, que es lo que nuestra sociedad, y muchas relaciones que se establecen en ella, hoy nos ofrecen, y que vuelven a entenebrecerlo en diferentes maneras. Es algo que la complementa, y que tiene que ver con el despertar, con el dejar de estar dormidos, con recuperar la noción de misterio y pertenencia en el sentido amplio, y de compañía y complicidad en el íntimo. De nuestra relación con el infinito como seres ínfimos y finitos... y conscientes, y de seres que se relacionan conscientes de esa infimidad y finitud. Hay en esto algo revolucionario ante el mundo zombi que nos amenaza.


En ese sentido estoy convencido de que a la psicología le falta poesía. Como la biología poética de Carson, necesitamos una psicología poética, una psicología que recupere el resplandor y la capacidad de iluminar y de recuperar aquello que sólo la ceguera nos impide ver: no hay que buscar el milagro porque este ya sucede, es aquel en el que ya vivimos y del que somos partícipes, pero del que, como dice Carson, nos hemos distanciado de la fuente de nuestra fuerza. 

 

Quiero acabar esta entrada con otra cita de Rachel Carson y un poema de Mary Oliver. Aquí está la cita de Carson:

 

¿Cuál es el valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?, ¿es explorar la naturaleza sólo una manera agradable de pasar las horas doradas de la niñez o hay algo más profundo? 


Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualesquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. [6]

 

Y aquí la poesía de Mary Oliver:

 

SED

Otra mañana y me levanto con la sed de

bondad que no poseo. Voy caminando hasta 

el estanque y todo el rato Dios nos da

tantas lecciones hermosas. Oh, Señor, nunca 

fui una estudiante aplicada pero me enfurruñé 

y encorvé sobre los libros pasada

la hora y la campana: concédeme, con tu

piedad, un poco más de tiempo. El amor

por la tierra y el amor por ti están teniendo

una larga conversación en mi alma. Quien

sabe lo que ocurrirá finalmente o a dónde

seré enviada, aunque ya me he desprendido 

de muchas cosas, esperando que me digan 

que no hay nada que llevarse, salvo las

plegarias que, con esta sed, voy poco a poco

aprendiendo. [7]



NOTAS
_____________________
 
[1] Jung, C. G. Recuerdos, sueños, pensamiento. Seix Barral. Tres mundos, pág. 381
[2] Oliver, Mary. Devociones. Poesía reunida. Lumen, pág. 384 y ss.
[3] Nancy, Jean-Luc. Lugares divinos y Cálculo del poeta. Arena libros, pág. 114
[4] Jung. Recuerdos... pág. 276
[5] Carson, Rachel. El sentido del asombro. Encuentro Ediciones, versión ebook, pág. 17
[6] Carson. El sentido... pág. 26
[7] Oliver. Devociones... pág. 253


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