jueves, 19 de marzo de 2026

FRANZ SCHUBERT: Imágenes de la muerte (Segunda parte)

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Mis canciones existen por el conocimiento de la música y mi propio dolor. (Franz Schubert)

Seguimos con la segunda parte de los lieder de Schubert acerca de la muerte que recoge el CD de Brigitte Fassbaender y Graham Johnson al respecto.

El dolor y el sufrimiento de la enfermedad, así como la perspectiva de la muerte, fueron prematuras presencias en la vida de Schubert, que a los 26 años, en 1823, ingresó en el Hospital General de Viena aquejado de lo que parece ser una enfermedad venérea. Se supone que fue sífilis, aunque las limitaciones diagnósticas de la época hacen difícil afirmarlo con seguridad. En todo caso, y a partir de este momento, Schubert tuvo fuertes recaídas durante los siguientes cinco años hasta el momento de su muerte en 1828. A pesar de este sufrimiento, y del más que posible rechazo social, Schubert siguió componiendo, y como nos dice Fernando Pérez Cárceles, el traductor de las poesías que Schubert musicalizó: "Este es el coraje de Schubert, hacer música al margen de su vida, regalarnos la belleza como un bien imperecedero." [1]

Es por ello, y como muestra de estas últimas palabras que vamos a empezar con un lied, compuesto poco después de su salida del hospital, del que otro de sus grandes intérpretes (Dietrich Fischer-Dieskau) y conocedores nos dice: "Nada ha sido inventado que logre resultar a un mismo tiempo tan íntimo y despreocupado, tan efusivo y distendido". [2]

I. LA MUERTE COMO LIBERACIÓN DEL ALMA.

Desde ese abismo interior, Schubert transforma el dolor en música, nace de esa tensión entre desesperanza y trascendencia. Escribe un Schubert desesperado a su amigo Leopold Kuppelweiser: 

... creo que soy el ser más miserable y desgraciado del mundo. Imagínate a un hombre cuya salud nunca volverá a ser la que era y que, de pura desesperación por ello, no hace más que empeorar las cosas en vez de mejorarlas; imagínate a un hombre, te digo, cuyas más luminosas esperanzas se han desvanecido, a quien la felicidad del amor y la amistad no tenga nada que ofrecer salvo dolor, como mucho, cuyo entusiasmo (al menos de tipo estimulante) por todas las cosas bellas amenaza con desaparecer, y te pregunto, ¿no es un ser miserable y desdichado? 


Mi paz ha desaparecido, mi corazón está doliente, no la encontraré ya nunca más; bien, puedo cantar todos los días, cada mañana no hace sino recordarme la aflicción de ayer. [3]


Esta vivencia de sí mismo como “el ser más miserable y desgraciado del mundo” recuerda lo que hoy describiríamos como un estado depresivo grave, agravado por la conciencia de una enfermedad incurable y estigmatizante. Desde ahí se entiende que la muerte aparezca en muchos de sus Lieder no solo como final biológico, sino como figura ambivalente: temida y, a la vez, secretamente deseada como descanso.


I.1.  Para cantar sobre el agua (D 774): El camino gozoso hacia la muerte.

Como hemos dicho antes, Schubert crea belleza a pesar de experimentar su vida como un tormento. Este lied, Auf Dem Waser Zu Singen (Para cantar sobre el agua)es un claro ejemplo de este fuerte contraste. Canción compuesta a partir de los versos de Friedrich Leopold Stolberg, al modo de una barcarola, en la que una fluida interpretación del piano, al estilo de un impromptus, nos pinta "el suave vaivén de las olas, el movimiento ondulante del barco sobre la marejada, el susurro de los juncos en la orilla" [4] Dicen les versos de la primera estrofa:

                                                    En medio del resplandor de las espejeantes olas,

                                                    se desliza como los cisnes, la oscilante barca. 

                                                    ¡Ay!, sobre las dulces y brillantes olas de la alegría 

                                                    se desliza el alma como la barca, 

                                                    pues desde el cielo, sobre las olas 

                                                    danza el arrebol vespertino alrededor de la barca.


El piano empieza evocando el desplazamiento suave de la barca a través de las alegres olas mientras la voz de la soprano parece surgir de sus profundidades para elevarse hacia el cielo. El rojo intenso, vespertino, nos habla del sol poniente, del rojo de las brasas que lenta, pero inexorablemente se dirigen hacia el fin. El final del camino, anunciado por el arrebol vespertino, parece ser la libración del alma del compositor presa en cuerpo y espíritu dolientes: "así ahora puedo cantar todos los días, pues todas las noches, cuando me voy a dormir, confío en no despertar ya nunca, y cada mañana me anuncia sólo la misma pena del día anterior." Sigue entonces la segunda estrofa:


                                                    Sobre las copas de los árboles del bosque que del oeste

                                                    nos saluda amistosamente el rojizo resplandor,

                                                    bajo las ramas del bosque del oeste

                                                    susurra el ácoro en el rojizo resplandor,

                                                    la alegría del cielo y la paz del bosque

                                                    respira el alma en el rojizo resplandor. [5]


Tras un breve interludio reflexivo, de notas graves del piano, estas ascienden para volver a mecer la barca del tiempo que se dirige hacia ese mítico oeste, donde el sol se pone, destino de toda vida. Y a su vez, la voz de la soprano asciende allí donde ya liberada "respira en el rojizo resplandor", libre del dolor y el sufrimiento que añora la muerte como descanso y paz al paso de los susurros de  las ramas de ácoro y la calma y la paz del bosque. Me parecen, en este sentido, muy bellas las palabras que le dedica Graham Johnson a este lied:


Sin embargo, la implicación del compositor con ese mensaje es total. Es una de esas pocas canciones estróficas donde el significado está integrado en las repeticiones: los seres humanos son pasajeros efímeros a bordo de esta barcaza del tiempo, mecidos sin cesar por las aguas uterinas de la vida. La canción parece haber estado siempre resonando en algún lugar, y el compositor la ha extraído del aire, antes de liberarla una vez más hacia el infinito. [6]



En el plano psicológico, este deslizamiento del alma sobre las aguas recuerda la oscilación entre Eros y Thanatos de la que hablará Freud un siglo después: la pulsión de vida que sigue creando belleza y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte que imagina el descanso absoluto. La música convierte esa tensión en algo tolerable, casi gozoso. Os dejo a continuación el lied:


En el plano psicológico, este deslizamiento del alma sobre las aguas recuerda la oscilación entre Eros y Thanatos de la que hablará Freud un siglo después: la pulsión de vida que sigue creando belleza y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte que imagina el descanso absoluto. La música convierte esa tensión en algo tolerable, casi gozoso.

 

Si en Auf dem Wasser zu singen la muerte se dibuja como un horizonte de liberación serena, en nuestro siguiente lied,  Das Zügenglöcklein Schubert se detiene en la oscilación entre el apego a la vida y el deseo de descanso definitivo.


I.2. La campanilla del viático (D871):  Anhelo de vida y muerte.

                                                             Es muy importante lo que un hombre se propone aún hacer al final. 
                                                             Da la medida de la injusticia de su muerte. (Elias Canetti) [7]

Das Zügenglöckein (La campanilla del viático),  creada a partir de la poesía de Johann Gabriel Seidl (1804-1875), y tomando como figura la campanilla del viático, que se tocaba en las parroquias austriacas cuando un fiel está muriendo y se llama a sus compañeros a rezar por él, es según Graham Johnson:

... una canción hipnótica que pertenece al apogeo de la madurez de Schubert. Lo que podría resultar incómodamente sentimental y empalagoso por la letra (el poeta Seidl, gran admirador de Goethe, era miembro del círculo y un joven de 22 años) se transforma en una obra de arte gracias a la fuerza arrolladora de la personalidad musical del compositor, que une palabra y sonido en una sola corona circular, principio y fin entrelazados. [8]


La campanilla del viático marca precisamente ese umbral donde se cruzan el anhelo de seguir viviendo y el deseo de acabar con el sufrimiento. Schubert parece escuchar en ese tintinear no solo la llamada religiosa, sino la puesta en juego de dos fuerzas opuestas: el apego a la vida y la tentación del abandono.


Inicia el compositor el lied con una preciosa melodía como suave introducción del piano a la delicadeza y la fragilidad con la que se contempla el contraste entre la vida y la muerte, entre la vida dichosa que anhela seguir en la vida, y la vida dolorosa que anhela acabar con el sufrimiento en la muerte y, finalmente, de la creación de belleza, como hizo Schubert, entre esta tensión. La delicadeza de esta introducción funciona a manera de mini-preludio que nos anuncia la templanza con la que esa tensión requiere ser abordada.


Desde esa templanza y delicadeza, se da entonces la aparición de la voz de la soprano flotando sobre el piano, entre cuyas notas suena la campanilla, para empezar con la primera estrofa de la poesía de Seidl, donde se da a la muerte el sentido de la paz y, a la vez, del equilibrio con el mundo en tanto es en él donde  se da el encuentro entre vida y muerte, dolor y placer, soledad y amor, opuestos polares que se necesitan.


                                                                    ¡Suena la noche, suena

                                                                    brindando dulce paz,

                                                                    a aquel por quien suenas!

                                                                    Resuena en la lejanía,

                                                                    así el peregrino gustosamente

                                                                    se reconcilia con el mundo. [9]


Como ocurre con el resto de estrofas, tras el último verso, recitado dos veces, el piano se extiende como para cerrar y abrir al mismo tiempo la siguiente estrofa donde se aborda el miedo y la nostalgia de partir hacia ese desconocido viaje con el que se afronta la muerte. Poco a poco, las notas del piano y la voz inician un crescendo para alcanzar su cenit  en los dos últimos versos que afrontan ese umbral: "tiembla en el umbral /cuando escucha: «¡Adelante!»"


                                                                    Pero, ¿quién quiere marchar

                                                                    hacia los seres queridos

                                                                    que se fueron antes?

                                                                    Aquel por el que sonó la campanilla

                                                                    tiembla en el umbral

                                                                    cuando escucha: "¡Adelante!"


Las notas del piano despiden  esa fusión de miedo y nostalgia y nos preparan para la tercera estrofa donde se nos sugiere la importancia de llegar a ese momento conformado y confiado, antes que maldiciéndolo. La maldición de la llegada de la muerte, el apego rabioso a la vida que se extingue sugieren, en ocasiones, qué ha ocurrido con el tiempo de vida del que hemos dispuesto. La muerte siempre interroga a la vida. En términos heideggerianos, nos recuerda que hemos sido arrojados a una existencia que no hemos elegido, pero de la que sí somos responsables en el “cómo” vivirla. Cada repetición de los últimos versos, subrayada por el crescendo de piano y voz, suena casi como una insistencia: ¿desde qué lugar interior estás llegando tú a ese final?


                                                                    ¡Es válido para el hijo pródigo

                                                                    para quien todavía maldice el sonido,

                                                                    porque es sagrado?

                                                                    No, suena más puro

                                                                    para el que confía en Dios

                                                                    y concluye la carrera de su vida.


La cuarta estrofa parece dedicada al propio Schubert, incidiendo en el tema que introdujimos en el comentario al anterior lied, la muerte deseada, el camino que se dirige a ella como liberadora del dolor y el sufrimiento, de la soledad (al que un fiel animal / es el único que la fe / en el mundo no le ha robado) que acaba con ese verso implorante: "¡llámale, Dios, contigo". 


                                                                    Pero si es algo muy cansado,

                                                                    abandonado por los hermanos,

                                                                    al que un fiel animal

                                                                    es el único que la fe

                                                                    en el mundo no le ha robado,

                                                                    ¡llámale, Dios, contigo!


Estrofa que se abre a la siguiente para implorar justo lo contrario: la concesión de la vida y su continuidad para aquel que disfruta "... en las alegrías del amor y la amistad". Un Schubert que, generoso, no reniega de aquellos a los que la vida se les ha abierto con más generosidad que con la suya. Todo lo contrario, les desea una "larga vida" que nos recuerda los versos de Kavafis en "Viaje a Itaca": "Pide que tu camino sea largo. / Que numerosas sean las mañanas de verano / en que con placer, felizmente arribes a bahías nunca vistas."


                                                                    Y si es uno de los benditos

                                                                    que participa en las alegrías

                                                                    del amor y la amistad,

                                                                    sigue concediéndole los placeres

                                                                    bajo este sol

                                                                    donde vive gustosamente.


Graham Johnson dice de este lied: 


El único pensamiento permanente y unificador es el de la muerte y la compasión del observador; todo es una variación de eso. El cantante pinta un cuadro de un mundo tan dulce y hermoso que parece aún más conmovedor que alguien, en algún lugar, esté falleciendo al son de esta campana y sus resonancias schubertianas circundantes. [10]


Os dejo a continuación el lied:



Tal vez por eso estos Lieder nos conmueven aún hoy: porque, detrás de la campanilla que suena por “otro”, Schubert nos hace oír también la pregunta por nuestra propia vida, por aquello que aún queremos hacer con ella antes de que suene “nuestra” campanilla.


2. LA RESPUESTA DE SCHUBERT A LA MUERTE: LA CREACIÓN.


La respuesta de Schubert al sufrimiento y la muerte es la afirmación de la vida a traves de la creatividad. Esta fue el polo que opuso a su otro polo más profundamente melancólico y sombrío. Su actividad creadora en sus últimos cinco años fue de tal número y calidad que Eduard Hanslick, musicólogo y crítico dijo en 1872:


Si los contemporáneos de Schubert contemplaban con justo asombro su poder creativo ¿qué tenemos que hacer los que venimos detrás de él, ya que sin cesar descubrimos obras suyas? El maestro murió hace treinta años y a pesar de ello parece como si siguiera componiendo en la invisibilidad, es imposible mantenerse a su ritmo. [10]


Quisiera cerrar esta entrada con un lied no sobre la muerte sino sobre el amor, un lied bellísimo de amor que también surgió de esta tensión entre la vida y la muerte, el dolor y el placer, la soledad y el amor, la luz y la oscuridad: Du best die Ruh (Tú eres la paz) D776, cia letra pertenece al poema de Friedrich Rückert (1788 - 1866):


                                                                                                                                                                                                                                               Tú eres la paz
                                                                    el dulce sosiego,

                                                                    el deseo ardiente

                                                                    y quien lo calma.


                                                                    Yo te consagro

                                                                    lleno de dolor y placer,

                                                                    como morada

                                                                    de mis ojos y mi corazón.


                                                                    Penetra en mí

                                                                    y cierra calladamente

                                                                    tras de tí

                                                                    las puertas


                                                                    Aleja todo dolor

                                                                    de este pecho,

                                                                    Que se llene el corazón

                                                                    de tu alegria.


                                                                    El templo de mis ojos

                                                                    por tu resplandor

                                                                    solamente se ilumina,

                                                                    ¡oh llénalo del todo!




Dice Graham Johnson de este lied: "Du bist die Ruh posee tal serenidad interior que sugiere una experiencia religiosa trascendental que se desarrolla en la solemne y meditativa escala temporal propia de los rituales orientales. La composición es sumamente conmovedora, pero a veces parece estancarse: este tempo (un lento 3/8) confiere a la música un carácter deliberadamente repetitivo, incluso monótono: un canto o mantra, una letanía de paciencia y humildad que ensalza el amor duradero y la serenidad de una relación perdurable." [11]


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NOTAS

______________


[1] Pérez Cárceles, Fernando (traductor del alemán). Los lieder de Schubert (Vol. III). Ediciones Hiperion, pág. 363

[2] Fischer-Dieskau, Dietrich. Los lieder de Schubert. Alianza música. Citado por Pérez Cárceles en nota 1, pág. 163

[3] Gibbs, Cristopher H. Vida de Schubert. Cambridge University Press, pág.125

[4] Johnson, Graham. La muerte y el compositor, Booklet CD 11. Hyperion Schubert Edition  págs. 13 y 14 https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33011

[5] Ver nota 1, pág. 363

[6) Ver nota 4, pág. 14

[7] Canetti, Elias. El libro contra la muerte. Galaxia Gutemberg, pág. 164

[8] Ver nota 4, pág. 21

[9] Ver nota 1, pág.

[9] Ver nota 4, pág. 22

[10] Ver nota 3, pág. 177

[11] Johnson, Graham. Schubert 1922-1825, Booklet CD 35. Hyperion Schubert Edition pág. 40 

https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33035

viernes, 26 de diciembre de 2025

MAURITS CORNELIS ESCHER: Las figuras imposibles y metáforas psicológicas.


 Maurits Cornelis Escher (1898-1972)

Siempre he sentido una especial fascinación por la obra de este artista neerlandés, conocido por sus grabados xilográficos y al mezzotinto, así como por sus dibujos. Sus trabajos, más allá de sus motivaciones personales, más llevadas por un gusto por el efecto de la sorpresa y la curiosidad (siempre mostró poco interés por las interpretaciones de las que era objeto por parte de otras disciplinas), han ofrecido interesantes lecturas metafóricas desde distintas perspectivas. Solo basta recordar la conocida obra de Douglas R. Hofstadter, "Gödel, Escher y Bach. Un eterno y grácil bucle" (1979), que ha sido reeditada en numerosas ocasiones hasta el día de hoy, o su continuación "Yo soy un extraño bucle" (2008), o la recopilación M. C. Escher's Legacy: A Centennial Celebration (2005), donde su obra es comentada por artistas, matemáticos, físicos, ingenieros, arquitectos y psicólogos. Yo mismo las he utilizado en distintas ocasiones, en algunos de mis escritos, como metáfora de conceptos psicológicos como la relación figura-fondo desde una perspectiva de la psicoterapia gestáltica, las polaridades como la máscara y la sombra junguianas y otras, reflexiones sobre el yo y el otro, o las metáforas sobre el síntoma clínico en la psicología. Veamos algunas de ellas:

1. GESTALT, FIGURA Y FONDO: Yo bueno-yo malo, máscara y sombra, polaridades y límite.

Uno de los primeros grabados que me llamó la atención de Escher es Limit Circle VI (1960), una compleja obra que representa una de esas imágenes teseladas tan relacionadas con la psicología de la Gestalt y la psicoterapia gestáltica.



Figura 1. Limit Circle VI (M. C. Escher, 1960)

Una de las primeras metáforas con las que podemos relacionar este grabado es la relación figura-fondo, tan conocida en la psicoterapia gestáltica, y que pone de relieve cómo su patrón invita a observar que, según dónde se sitúe la atención, una forma “gana” y la otra “pierde”. Sin embargo, donde reside su valor metafórico es en que cada figura existe porque la otra le sirve de contorno (figura-fondo): ambas se determinan. Las dinámicas de las polaridades (bueno-malo, fuerte-débil, placer-dolor, persona-sombra, adulto-niño, etcétera) encajan perfectamente en ella: su mutua determinación, así como su forma más rígida, que fuerza uno de los polos ha adeoptar la posición de figura rígida a costa del otro (fondo rígido).

Por otro lado, la obra nos muestra algo aún más interesante: aquello que podríamos llamar la densificación de la tensión de los polos en el límite de la circunferencia. Es decir, cuanto más se aproxima al límite, más se tensa el circuito, lo que, en el plano psíquico, podemos interpretar como que cuanto más se rigidifican esos polos, más fuerte es la tensión existente entre ellos.


2. El ESPEJO COMO REFLEJO: El yo del estadio del espejo (Lacan), El yo es el otro (lacan), el sueño como espejo del otro interno (Jung).

Otro grabado que atrajo rápidamente mi atención fue Mano con esfera reflectante (1935), un autorretrato del artista sobre una bola reflectante, generalmente de acero pulido o de vidrio azogado. Entre los varios simbolismos del espejo y su reflejo está el de representar una dimensión que va más allá de aquello que en él se refleja. El espejo nos interroga y nos invita a reflexionar sobre qué dice su reflejo.

Un aspecto particular de esta bola reflectante es que, por su condición esférica, el reflejo no es plano, sino el propio de un espejo convexo o divergente, más comúnmente conocido como “ojo de pez”. Es decir, comprime, como puede verse en el grabado, casi todo el entorno —las cuatro paredes, el techo, el suelo y su contenido— dentro del disco de la esfera.

Si tomamos las metáforas psicológicas que he propuesto, la pregunta que se plantea es: ¿quién me mira?

Si hablamos del estadio del espejo de Lacan, podríamos decir que me mira una imagen ideal que me escruta, vigilante, para determinar si me asemejo a ella. Una mirada que interroga: ¿estás a mi altura? Una mirada que evalúa y pondera a aquel que en ella se refleja.

O también podría ser aquella de la célebre frase de Lacan, “yo es otro” —que tomó prestada de Rimbaud—. Es decir, ¿mi reflejo me refleja a mí o a una ilusión de mí? ¿No es, en realidad, el yo una ilusión que se construye a través del Otro (es decir, el orden simbólico, la cultura, la ley)? ¿Y el mundo que me rodea, es aquel que he elegido yo o el que he asumido construir para encajar en él, para pertenecer?

¿Y no son acaso los sueños un reflejo de otro yo, un otro interno que nos habita? ¿Un otro que mi yo se niega a reconocer o que lo observa de soslayo? ¿Una otredad que nos habita? Su mirada, que se manifiesta a través de los sueños, pretende perturbarnos, conmovernos, incomodarnos, violentarnos con su propuesta de despertar de la ilusión de creer aquello que me cuento cuando digo “yo soy”.

Al mirarlo en el espejo de los sueños, surge la angustia de descubrir que mi yo no es mi yo, que es otro y que, sin embargo, parecen el mismo...


3. CARACTER, GUIÓN DE VIDA Y SÍNTOMA: Circularidad y figuras imposibles.

Sin embargo, quizá las obras más llamativas de Escher son aquellas que se basan en las llamadas figuras imposibles: representaciones de objetos tridimensionales sobre un plano bidimensional que generan una contradicción visual, en la que objetos que parecen estar en primer plano también lo parecen en segundo, o que generan una circularidad imposible. Escher utiliza varias de ellas en sus obras. Veamos:

3.1. Ascendiendo y descendiendo: la escalera de Penrose y el síntoma.

Una de mis obras favoritas de Escher es Ascending and descending (1960), basada en la conocida escalera de Penrose —una ilusión óptica creada por los matemáticos Lionel y Roger Penrose en 1958—, una escalera que da la impresión de estar siempre subiendo o bajando en un circuito cerrado.


Figura 3. Escalera de Penrose y Ascending and descending (Escher, 1860)

El síntoma, en sus distintas manifestaciones, es el producto del colapso de la arquitectura defensiva del carácter debido a la discrepancia entre el núcleo identitario y la imagen compensatoria, provocada por un conflicto interno irresuelto de naturaleza psicoafectiva, que tiene su réplica en el mundo externo. Entre ellos nos encontramos con la angustia, los ataques de pánico, la ansiedad generalizada, las fobias, los trastornos obsesivos-compulsivos, la hipocondría, la depresión, etcétera. Un síntoma se caracteriza por dos factores: la circularidad y el apartamiento.

  • Síntoma y circularidad. El síntoma se establece como un bucle en la medida en que el individuo da vueltas alrededor de sus características, transformándolo prácticamente en el centro de su vida, como en el grabado, donde la procesión de figuras sube y baja sin cesar, atrapadas en el bucle de una escalera imposible.

La densidad de esta imagen la describe el propio Escher en una carta a un amigo:

Esa escalera es más bien triste, un tema pesimista, al tiempo que muy profundo y triste […] Sí, sí, subimos y subimos, imaginándonos que estamos ascendiendo; cada paso es cerca de 10 pulgadas más arriba, terriblemente cansado —y ¿a dónde nos lleva todo esto? A ninguna parte. [1] 

  • Síntoma y apartamiento. El síntoma, como consecuencia de la repetición y esa circularidad, deriva en desconexión de sí mismo y del otro. Incluye con frecuencia pobreza relacional, pérdida de deseo, autopercepción de vacío o pobreza interna y una sensación de desenergetización. Esta sensación también nos la transmite otro fragmento de la obra de Escher Belvedere (1958), en la que vemos a un hombre ensimismado contemplando el cubo de Necker —ilusión óptica creada en 1832 por el cristalógrafo Louis Albert Necker—, junto a otro más atrás encerrado y desesperado tras unas rejas, como son los bucles que constituyen los síntomas.



Figura 4. El cubo de Necker y fragmento de Belvedere (1958)


Recuerdan estas imágenes el apartamiento que sufre la persona aquejada de un trastorno obsesivo-compulsivo en sus largas cavilaciones, dando vueltas y vueltas a distintos temas para no llegar a ninguna parte, o en sus rituales que se repiten una y otra vez; o al hipocondríaco con sus repetidas sospechas de enfermedades fatales y su vuelta y vuelta a los médicos. Como decía un profesor de psicoterapia, el obsesivo intenta responder con inteligencia a una pregunta mal formulada y que, por tanto, no tiene respuesta.


3.2 Cascada y la cinta de Moëbius: los guiones de vida.


Más allá de que las figuras vistas anteriormente son también aplicables a conceptos como el guion de vida de Eric Berne, la compulsión a la repetición de Freud o la gestalt incompleta de carácter existencial, otras figuras como Cascada (1961) —inspirada en el tribar o triángulo imposible de Penrose— o Banda de Möbius II (1963) —inspirada en su creación por August Ferdinand Möbius y Johann Benedict Listing en 1858— determinan un ciclo repetitivo eterno y sin salida, donde siempre se está llegando al mismo punto. Esta circularidad, relacionada con el guion de vida, la vemos, por ejemplo, en la definición de Berne al respecto:

  • Un guion es un intento de repetir de formas variadas no una reacción de transferencia o una situación de transferencia, sino un drama de transferencia, a menudo dividido en actos, exactamente igual que los guiones teatrales, que son derivaciones artísticas e intuitivas de esos dramas originales de la infancia. Operacionalmente, un guion es una serie compleja de transacciones, de naturaleza repetitiva, pero no necesariamente recurrente, dado que una representación completa puede requerir toda una vida. [2]



Figura 5. Tribar de Penrose y Cascada (1961)

O la compulsión a la repetición de Freud:

  • A nivel de la psicopatología concreta, proceso incoercible y de origen inconsciente, en virtud del cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión muy viva de que se trata de algo plenamente motivado en lo actual. [3]

Figura 6. Banda de Möbius y Banda de Möbius II (1963)

3.3. El caracter: Una arquitectura defensiva.

Aunque fue Freud quien identificó tempranamente formas neuróticas ligadas al carácter —las llamadas neurosis de carácter o neurosis narcisistas—, y Ferenczi quien en 1921 volvió sobre este terreno, la consideración del carácter como una arquitectura defensiva que media entre el núcleo identitario y el mundo exterior ha sido desarrollada, sobre todo, por psicoterapeutas como Wilhelm Reich, Alexander Lowen, Fritz Perls o Claudio Naranjo. Todos ellos, con matices y énfasis distintos, coinciden en describir el carácter como una armadura o coraza: ya sea poniendo el énfasis en la coraza muscular (Reich, Lowen), o en la dinámica interna que interrumpe la autorregulación organísmica (Perls, Naranjo).


Por mi parte, concibo el carácter como una arquitectura defensiva que protege al yo tanto del mundo externo como del núcleo duro identitario —o también núcleo traumático—. Frente al mundo externo, el carácter intenta prevenir precisamente el juicio, el desprecio o el rechazo que el yo teme; y frente al núcleo identitario, amortigua el impacto de una autoimagen vivida como “excesiva”, “defectuosa” o “indigna”, que resultaría difícilmente tolerable si se expresara de forma directa.



Figura 7. Estrella (1942)

Hay una obra de Escher que, tomada como metáfora, expresa esta tensión del yo entre la rigidez del carácter y la vulnerabilidad del núcleo duro identitario: se trata de Estrellas (1942), donde vemos una figura central compuesta por tres octaedros entrelazados. Esta estructura geométrica forma una jaula tridimensional dentro de la cual hay dos camaleones encerrados sin salida posible.


4. COMENTARIO FINAL: EL YO COMO BUCLE EXTRAÑO, UNA NARRACIÓN ASUMIDA.
 

Uno de los motivos por los que la obra de Escher es, a su pesar, tan susceptible de interpretaciones es porque representa muy bien el concepto central de la obra de Douglas R. Hofstadter de bucle extraño, y que, contemplado desde una perspectiva psicológica, representa muy bien muchos procesos relacionados con el desarrollo del yo y la conciencia, así como sus dinámicas neuróticas. Hofstadter define primero la "extrañeza" como:
  • Lo que denomino «extrañeza» […] proviene exclusivamente del modo en que un sistema parece «fagocitarse a sí mismo» mediante un giro inesperado que viola de manera ostensible lo que aceptábamos como un orden jerárquico inalterable. [4]

Y, en consecuencia, define el núcleo extraño como: 

  • una consecuencia natural de un isomorfismo inesperado entre dos situaciones distintas (la cosa de la que se está hablando, por una parte, y la evolución del propio discurso, por otra). [5]

En términos psicológicos, estaríamos diciendo que el bucle extraño, aplicado al yo, aparece cuando mi historia y mi manera de narrarla empiezan a compartir la misma forma, hasta el punto de que el relato deja de ser un espejo y se convierte en un mecanismo. Ya no “hablo de mí”: el discurso me habla y organiza mi experiencia. Ahí el yo se vuelve autorreferencial: se alimenta de sus propias descripciones, confirma sus propios mandatos y repite su propia lógica.

Desde esta perspectiva, el yo es una narración que asumimos como yo, y que nos recuerda la función de identificación que Perls le daba en el sentido de la narración que se impone: “el yo dice lo que yo soy” hasta el momento en el que se convierte en “yo soy dice lo que es yo”. Entendiendo que entonces una identidad que se organiza como un yo que se cuenta a sí mismo —y que esa narración determina qué es “yo”—, un bucle en el que un símbolo, al hablar de sí, crea la ilusión de un sujeto que se sostiene a sí mismo.



                                                              Figura 7. Manos dibujando (1948)

Manos dibujando (Escher, 1948) constituye un excelente ejemplo de este tipo de bucle extraño, caracterizado por lo que Hofstadter llama una jerarquía enredada (tangled hierarchy), en la que una mano sostiene un lápiz y dibuja otra mano, pero esa otra mano sostiene un lápiz y dibuja la primera. No hay una “primera” mano que empiece; cada una depende de la otra para existir, formando un círculo imposible que parece real y creando un lazo autorreferencial. De la misma manera que lo que empieza como “un yo que dice lo que soy” acaba en un “yo soy dice lo que es yo”, el creador y lo creado se co-constituyen mutuamente sin origen claro.



NOTAS
____________________________

[1] Juan Carlos Flores. M. C. Escher: Juegos mentales del no artista. Exhibición “Realidades Virtuales: El arte de M. C. Escher de la colección de Michael S. Sax”. Museo de Bellas Artes de Houston, Texas. 13/03-5/09 - 2022.

https://www.academia.edu/78628116/M_C_ESCHER_Juegos_mentales_del_No_Artista

[2] Eric Berne. Más allá de juegos y guiones. Cap.  IV. Análisis transaccional: un método nuevo y efectivo de terapia de grupo. Editorial Jeder, pág. 

[3] Jean Laplanche & Jean Bernard Pontalis. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Acepción “compulsión a la repetición)

[4] Douglas Hofstadter. Yo soy ese extraño bucle. Tusquets Editors, 260

[5] Ver nota 4, pág. 260