Dice Hermann Hesse en Bajo las ruedas:
... el colegio tiene que vencer, romper y reducir por la fuerza al hombre natural. Su misión es convertirle, según los principios que acepta la autoridad, en un miembro útil de la sociedad, y despertar en él las cualidades cuyo desarrollo total vendrá a coronar y terminar la cuidadosa disciplina del cuartel. [1]
Hay en estas palabras de Hesse, incluso hoy en día, donde las cosas no parecen ser tan duras como en esos principios del siglo XX, una relación en que la escuela es mostrada como un intermediario entre el individuo y el Estado. En su libro, Hesse nos muestra la adolescencia como el conflicto que se establece entre el arquetipo del héroe y su querer penetrar en la vida, y el arquetipo de la persona en su esfuerzo por colectivizar al joven adolescente, por reducirle a lo que la sociedad, es decir, el Estado – como dice Hesse -, quiere que sea.
I. NACER CON EL DESTINO MARCADO: LA EXPECTATIVA DE LOS OTROS.
En Bajo las ruedas, su protagonista, Hans Giebenrath, es el muchacho dotado e inteligente que, no obstante, ya tiene su destino escrito, y que como se dice en el libro: “… su futuro estaba determinado y decidido. Porque en Suabia, a menos que los padres sean ricos, no hay más que un camino estrecho: el seminario menor a través del landexamen, de allí al seminario de Tubingen, y luego al púlpito o a la catedra”. [2]
Por otro lado, también podemos observar la presión de su entorno para que se saque la plaza que implica este difícil examen. Desde su padre, pasando por el director de la escuela, el párroco, el zapatero, y todo el pueblo en general, Hans está sometido a todo tipo de presiones. La generación de esta expectativa, y el miedo a fracasar, es algo que lleva con gran ansiedad. De la misma manera, y como ocurre, en ocasiones, con niños y adolescentes dotados y brillantes, la segregación, cuando no la burla o el bullying que sufren por parte de sus compañeros es otra conscecuencia a tener en cuenta. Observamos esta presión que sufre Hans en un sueño que nos es narrado un día antes de pasar el landexamen:
Se veía en el examen con los ciento diecisiete compañeros; el examinador se parecía a veces al párroco del pueblo, y otras a su tía, y le ponía delante montones de chocolate que él tenía que comer. Y mientras él lo hacía entre lágrimas, veía a los demás levantarse uno a uno y desaparecer tras una pequeña puerta. Todos habían terminado su montón; el suyo, en cambio, crecía ante sus ojos, desbordándose sobre la mesa y el banco como si fuera a ahogarle. [3]
El material del sueño parte de cómo Hans tiene que comerse el chocolate que le da su tía, cuando en realidad a él no le gusta. Pero es incapaz de decir justamente eso, de decir no. Hans no puede decepcionar, como no puede decepcionar a la exigencia de su padre ni a la del párroco del pueblo ni a la del director de la escuela, todos ellos poniendo sus expectativas sobre él, enfatizando lo importante que es que cumpla con su deber y su destino. Es esa presión del padre y de los profesores lo que le ahoga: fracasar es decepcionarlos a todos.
En el libro de Hesse, Hans tendrá su opuesto dionisíaco en un alumno llamado Hermann Heilner, “el alocado y el sensato, el poeta y el empollón”. En todo caso, Hesse define muy bien lo que sucede en la adolescencia: “el imperceptible desvanecerse del alma infantil, en parte la abundancia aun sin canalizar de energías, ilusiones y deseos, y finalmente el ímpetu oscuro e incomprendido de la pubertad”. [4]
Efectivamente, este último punto es el resultado del choque de la adaptación social y la necesidad de penetrar en la vida del joven adolescente. Heilner representa muy bien el adolescente en ese conflicto, mientras Hans corresponde más al adolescente excesivamente domesticado. Tras suceder un conflicto que los aleja (no por ellos, sino por el miedo que ejerce la institución marcando al rebelde Heilner y segregándolo de sus compañeros), ambos renuevan su amistad. Heilner parece remover en Hans este espíritu rebelde y poco conformista y que, como bien dice Hesse, no suele ser del agrado del mundo institucional, y que en el caso que nos ocupa, asiste a ello con gran preocupación. Hesse hace una descripción demoledora al respecto:
Así se repite, de colegio en colegio, el espíritu de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año, [5]
La relación de Hans con Heilner le lleva a contactar con su parte más dionisíaca, y el “adolescente domesticado” en el que se estaba convirtiendo se rebela y quiere dirigirse, siguiendo a Goethe, hacia las alturas del espíritu. Su rendimiento académico empeora, pero su satisfacción y alegría interna se incrementa. Sin embargo, ni Hans ni Heilner pueden sostener la situación que un Sistema implacable ejerce en estas situaciones y que, en lugar de acompañamiento y guía, sólo ofrece, como se dice en la película El club de los poetas muertos: Tradición (es decir, inmovilismo), Honor (es decir, sometimiento), Disciplina (es decir, obediencia incuestionada) y Grandeza (es decir, ambición). La rebeldía temeraria de Heilner le lleva a su expulsión, mientras que Hans se hunde presa de un conflicto (entre Apolo y Dionisos) que su alma ya no puede sostener:
… el sufrimiento de un alma que se hunde y ahogándose, lanza miradas angustiadas y desesperadas. A ninguno se le ocurría pensar que el colegio y la bárbara ambición de un padre y unos profesores habían llevado a tal situación a un ser tan frágil. ¿Por qué le habían hecho estudiar hasta altas horas de la noche en los que le habían quitado sus conejos, alejado de sus compañeros de colegio, prohibido la pesca y los paseos, e inculcado el ideal vacío y rastrero de una ambición mediocre y devoradora? ¿Por qué no le habían dejado disfrutar ni siquiera después del examen de sus bien merecidas vacaciones? Ahora el espoleado caballito yacía en la cuneta y no servía para nada. [6]
Presa de esta alienación Hans se irá precipitando en el abismo entre un difícil acceso al amor y la sexualidad, reflejado en una corta pero intensa historia con Emma, la sobrina del vecino, el zapatero Flaig, quien siente un genuino aprecio por el muchacho, y una entrada abrupta en el mundo adulto en un taller de mecánica, y en el que en una noche de juerga, no se sabe bien cómo, le llevará a caer en el río y morir ahogado.
El dramático final de Bajo las ruedas, puede entenderse más metafóricamente como la historia de un niño a quien se le arrebató pronto la infancia, llegando a la adolescencia con un peso de responsabilidad y expectativa excesivos para una edad en la que, fundamentalmente, es necesario acompañar al joven en la penetración de la vida y sus límites, entre la exploración curiosa y la responsabilidad reflexionada, no impuesta. Como dice el zapatero Flaig a su padre respecto a todos aquellos que asisten al funeral y quisieron ayudarle a ser “grande”: “Ahí van unos cuantos señores – murmuró – que han ayudado a traerle hasta aquí”.
[1] Hesse, Hermann. Bajo las ruedas. Alianza editorial. Todas las citas del libro corresponden a esta version.
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