sábado, 31 de enero de 2015

LA MIRADA DE WALT WHITMAN: EXISTENCIA Y MUERTE.


Dedicado a mi amiga Fina...
quién ya ha atravesado el portal de la muerte,
rumbo a "sus dominios soberanos, oscuros, ilimitados".

Hace ya varios años que monté un video (lo podéis ver al final de estas palabras) que he mostrado en diferentes ocasiones en un pequeño taller de poesía y música y que parte de un pequeño trabajo sobre unos versos de Walt Whitman, a partir de ahora Walt, y del rapto de mi atención por una foto del poeta... más concretamente por su mirada. Recordé en aquellos momentos, justamente por el tema de la mirada, unos versos de Hojas de Hierbadel conjunto de poemas correspondientes a "A la vera del camino" y que dicen:

ME SIENTO A CONTEMPLAR

Me siento a contemplar todos los dolores del mundo, y toda la
            opresión y la vergüenza,
oigo los sollozos convulsivos, secretos, de los jóvenes en
            conflicto con ellos mismos, arrepentidos de sus actos,
veo en el arroyo a la madre ultrajada por sus hijos, que muere
            abandonada, extenuada, desesperada,
veo a la mujer ultrajada por su marido, veo al infame seductor
            de las jóvenes,
observo el encono de los celos y del amor desdeñado que intenta
            ocultarse, veo estos espectáculos sobre la tierra,
veo los efectos de las batallas, de la peste, de la tiranía, veo a
            los mártires y prisioneros,
observo el hambre en el mar y a los marineros echando suertes
            para ver cual morirá para salvar la vida de los otros,
observo las humillaciones y degradaciones impuestas por los
            orgullosos a los obreros, a los pobres, a los negros;
todas estas cosas, todas las vilezas y agonías sin fin me siento
            a contemplar,
a ver, a oír, y permanezco mudo. [1]

Relacionado con este poema, y unos pocos versos antes, nos encontramos con los conocidos de "Oh mi yo!, ¡Oh vida! y que dicen:

¡Oh mi yo! ¡Oh vida! de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas
            de necios,
de mí mismo, que me reprocho siempre (pues, ¿quién es más
            necio que yo, ni más desleal?),
de los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
            despreciables, de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo, de la multitudes afanosas y
            sórdidas que me rodean,
de los años vacíos e inútiles de los demás, yo entrelazado con
            los demás,
la pregunta ¡Oh mi yo!, la pregunta triste que vuelve - ¿qué
            de bueno hay en medio de estas cosas, oh, mi yo, oh 
            vida?

Respuesta

Que estás aquí - que existen la vida y la identidad,
que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con 
            un verso.

La mirada de Walt, como la misma mirada del doctor Borg, de la película Fresas salvajes en nuestro comentario dedicado a los poemas últimos de Hölderlin, es esa mirada que identifico con la  mirada compasiva, la mirada que finalmente parece profundizar en la complejidad de la condición humana, la mirada que se alcanza con la experiencia vital y la conciencia abierta, siempre abierta a esa experiencia. La mirada que comprende y finalmente aprehende la dificultad del ser humano arrojado a los avatares de la existencia, partícipe del "poderoso drama" al final de la cual nos aguarda la siempre misteriosa y aterradora muerte. La misma mirada que, no obstante, se extasia cuando contempla la no menos misteriosa y majestuosa creación de la cual formamos intrínsecamente parte y de la que el privilegio de la consciencia nos ofrece su contemplación. Así, muy poco antes de morir, Walt escribió los siguientes versos:

GRANDIOSO ES LO VISIBLE.

Grandioso es lo visible, la luz, para mí - grandiosos son el cielo
             y las estrellas,
grandiosa es la tierra, y grandiosos y perdurables el tiempo y
             el espacio,
y grandiosas sus leyes, tan multiformes, desconcertantes,
             evolucionarias,
pero más grandiosa, mucho más, el alma mía invisible, que
             abarca, que enriquece todas esas cosas,
que ilumina a la luz, al cielo y las estrellas, que penetra
             en la tierra, que navega en los mares
(¿qué sería todo eso, en verdad, sin ti, alma invisible?, ¿de qué
             valor sin ti?)
Más evolucionaria, vasta, desconcertante, oh, alma mía!
más multiforme aún - más perdurable tú que todas ellas -.

Al final de su vida el poeta escribe Murmullos de una muerte celestial, y desde entonces escribe a menudo sobre la muerte. A éste este conjunto poético le siguen los Del mediodía a la noche estrellada, Cantos de despedida, Horas de un septuagenario y finalmente Adiós mi fantasía. Walt mira a la muerte con la misma mirada que mantuvo en su vida y la mira como sólo se puede mirar la muerte, la mira en su totalidad, con el terror implícito en el fin, más también como el retorno a aquello de lo que se surgió y, así, la mirada de Walt mira la muerte también de una manera maternal. Por un lado el terror y la nostalgia del abandono de la vida:


AL ACERCARSE LA HORA.

Al acercarse la hora se enlobreguece una nube,
y un terror de no se de qué me cubre con su sombra.

Partiré, atravesaré los Estados un instante, pero no puedo decir hacia
              dónde o cuanto tiempo,
acaso pronto, un día o una noche, estando yo cansado, se
              apagará de súbito mi voz.

¡Oh libro, Oh cantos! ¿No han de llegar las cosas si no a esto?
¿Tenemos que llegar apenas a este comienzo nuestro? y, sin
               embargo, esto basta, oh alma.
¡Oh, alma!, nos hemos aparecido sin duda - eso basta.



Y por otro, esa entrada en lo materno, el retorno al seno del cual surgimos:

A TU PORTAL VENGO, MUERTE.

A tu portal, vengo, muerte,
quiero penetrar en sus dominios soberanos, oscuros, ilimitados,
llegar a los recuerdos de mi madre, a la identidad divina, a la
               maternidad...

PORTALES.

Para que son los portales de lo conocido, sino para ascender
               y penetrar en lo desconocido'
¿Y para qué los de la Vida, sino para la Muerte?

La mirada de Walt, esa mirada compasiva con la experiencia del existir del ser humano, con sus dificultades, horrores y belleza, es la mirada que aprehende la totalidad de la existencia, o dicho en otras palabras, la creación animada por el alma, es la mirada de la indiferencia entendida como la entendemos en Gestalt, la mirada de la indiferencia creativa que tan certeramente describe el poeta Joan Margaritquien de alguna manera vuelve a Hölderlin en la cuestión de la distancia y la profundidad de campo:

La vida nos acostumbra, más allá del mezzo del cammin, a la presencia de lejanías, tanto si miramos hacia atrás, como si lo hacemos hacia adelante. A medida que vamos envejeciendo eso se acusa, claro está, hasta que un día nos damos cuenta que las lejanías ha ido desapareciendo y que, mires donde mires, todo es igual de cercano. No es una sensación en absoluto desagradable, porque significa que, después de jugar toda la vida en contra de tantas fuerzas, uno empieza a tener de su banda una de las más poderosas del universo, que es la indiferencia. Pero indiferencia en el sentido de una falta de sentimiento a favor o en contra, y aplicable entonces, tanto a una persona como a una estrella. No indiferencia en el sentido de falta de interés, contigua con el significado de la palabra egoísmo. La indiferencia a la que me refiero ahorra la angustia por lo que no es fundamental, y para lo que es ineluctable, aquello que siendo importante, incluso trascendente, no podrá cambiar nunca. Vecina de la lucidez, nos libera justamente de aquello que es superfluo y de lo que es inútil. [2] - traducido del catalán -

Amiga, no sé si tu alma estará en algún cielo o se reencarnará (se que te gustaría hacerlo en gato), no sé si se unirá al Tao original o si habrá alcanzado algún nirvana, no lo sé, pero yo sigo con mi querido Walt y prefiero imaginar tu alma como una ligera pluma suspendida en el vacío, sorprendiéndose ante el continuo misterio que te aguarda ahora, al cruzar el portal de la muerte:





Esta es tu hora, oh, alma, tu libre vuelo hacia lo inefable,
lejos de los libros, lejos del arte, abolido el día, concluida la
              lección,
sales y te muestras silenciosa, contemplativa a meditar en los
              temas que más amas,
la noche, el sueño, la muerte y las estrellas.









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[1] Todos los poemas de Walt Whitman corresponden a la traducción de Francisco Seguí de Hojas de hierba para Editors, S. A.
[2] Margarit, Joan. Des d'on tornar a estimar. Editorial Proa, pág. 103

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VIDEO RELACIONADO


domingo, 25 de enero de 2015

LOS PROLOGUILLOS DE LEÓN FELIPE: MEDITACIONES

 

Los prologuillos de León Felipe inician su libro Versos y oraciones del caminante (1920), y como primer libro del poeta esos prologuillos son toda una declaración acerca de las fuentes de la poesía para él. Su lectura me impactó desde el primer momento en que los leí - ya hace muchos años -. y desde entonces me acompañan en mi diálogo, como cito más adelante, con las tres heridas con las que todos llegamos y que Miguel Hernández cantó con sus versos: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Vayan entonces aquí las meditaciones que a lo largo de estos años me han procurado la lectura y relectura de sus versos.

                                                1  Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen
Dios.

¿A qué tanto saber, a qué tanta información, si les falta el alma? ¿A qué tanto saber, a qué tanta información, si la imaginación se ahoga? La poesía nos reta con sus versos a responder a estas preguntas. “Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol…  y un camino virgen Dios”. Nos retan los versos de León Felipe cuestionándonos si queremos abrir nuestra alma al sol para reconocer el rayo nuevo; si queremos abrirla a Dios, sea aquello que Dios sea para cada uno, y reconocer así el camino virgen. En tiempos de rentabilidad, de resultado a corto plazo, de fórmulas y soluciones hemos vendido el alma a dudosos flautistas de hamelin. La poesía, como el sol o el Dios de León Felipe, nos reclama nuestra alma, quizá por eso la poesía nos cuesta, no por su dificultad, sino por la entrega que nos requiere. La poesía reclama que la descubramos y para ello no queda más que descubrirnos ante ella… La poesía como palabra desnuda requiere la desnudez del alma que a ella se dirige,  recibiéndola siempre como rayo nuevo, como camino virgen.

                                                  2 POESÍA
 Tristeza y honda ambición del alma…
 ¡cuándo te darás a todos… a todos,
 al príncipe y al paria,
 a todos…
 sin ritmo y sin palabras!

Cuándo, pregunta el poeta, te darás a todos. Y yo me pregunto cuando nosotros nos daremos a la poesía. Dice Joan Margarit, uno de los poetas catalanes que más me impresionan del momento actual: “El poema es ponerse delante de una partitura que se llama poema que ha escrito un compositor que se llama poeta y tú, con tu instrumento, interpretar el poema, por eso hay pocos lectores de poesía… ¿Con qué instrumento? Con un instrumento que no manejará nadie mejor que usted, que es el suyo. Sus esperanzas, sus frustraciones, sus odios, sus amores, todo esto es su instrumento”. Y añade Margarit: “Este también hay que aprenderlo a tocar”. Aprender a tocar este instrumento es querer aprender a tocar nuestra alma… quererla tocar en toda su variedad de sonidos: esperanzas, frustraciones, odios, amores. Tristeza y honda ambición del alma dice León Felipe acerca de la POESÍA, puesto que la poesía nos muestra la tristeza del alma ignorada y su ambición, su deseo de ser escuchada. Y, cierto es, que esta escucha del alma, este acto de profunda intimidad con uno mismo, está más allá del ritmo y de las palabras de las que estas son vagas aproximaciones.

                                                  3 No quiero el verbo raro
 ni la palabra extraña;
 quiero que todas,
 todas mis palabras
 - fáciles siempre
 a los que aman –
 vayan ungidas
 con mi alma.

- Fáciles siempre a los que aman -. Abrir el alma es esencialmente un acto de amor hacia uno mismo, y el poema el espejo en el que ese amor se refleja, un alma que se refleja en otra alma nos dice Yorgos Seferis: “Y un alma si quiere conocerse a sí misma en un alma ha de mirarse;  al extranjero y al enemigo le vimos en el espejo”. Es el poema un intento de un alma por llegar a otra y eso es el amor, un amor que es sobretodo acercamiento. Aun cuando el poema se escriba desde la desesperación o el tedio, desde los abismos del alma como lo hicieron Baudelaire,  Poe  o Trakl,  por citar los primeros que pasan por mi recuerdo, siempre conllevan el deseo del encuentro. El encuentro primero de uno mismo con su alma, y desde ahí hacia otras almas. El poeta no escribe para el público, escribe para las almas.

                                                  4 Y quiero que mi traje,
                                                     el traje de mis versos,
                                                     sea cortado
 del mismo paño recio,
 del mismo paño
 eterno,
 que el manto de Manrique
 - como el de Hamlet, negro –
 amoldado a la usanza de este tiempo
 y, además,
 con un gesto
 mío,
 nuevo.

Son los temas del hombre los temas de siempre, “del mismo paño recio, del mismo paño eterno”, del mismo paño que las tres heridas de Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte y la del amor. Desde tiempos inmemoriales todo gira alrededor de ellas y sobre ellas se escribe y se pinta, se esculpe y se hace música, se filosofa en busca de sus esencias como la ciencia intenta desmenuzarlas en moléculas y átomos en un vano esfuerzo de comprensión. Y así el misterio continúa, o como diría Whitman continúa el “poderoso drama” al que podemos contribuir con un gesto siempre nuevo, nuestro gesto hecho verso.

                                                 5 Que hay un verso que es mío, sólo mío,
como es mía, sólo mía,
mi voz. Un verso que está en mí
y en mí siempre encuentra su medida;
un verso que en mí mismo
acorda su armonía
al ritmo de mi sangre,
al compás de mi vida,
y al vuelo de mi alma
en las horas santas de ambiciones místicas.
Quiero ganar mi verso, este verso
Lejos de todo ruido y granjería.

El verso surge y se escribe en el retiro momentáneo de la agitación de la existencia para que reflejada en el silencio se torne palabra poética. Es una escucha sensible del roce de nuestra alma con la existencia, la escucha atenta del susurro de las hojas agitadas por la brisa, de las olas que rompen en la orilla de la costa. El alma se manifiesta en el sonido. Ni la hoja ni el viento, ni la ola que rompe ni la tierra que la acoge… el sonido. Armonía, ritmo, compás son las palabras utilizadas por León Felipe. Es la palabra musical que eleva al alma en su vuelo. Es en el murmullo del mar que Juan Ramón Jiménez reconoce esa vibración del alma: Rumor del mar que no te oyes tú mismo, mar, pero que te oigo yo con este oír a que he llegado en mi Dios deseante y deseado y que, con él, escucho como él”.

                                                 6 Quiero ganar mi verso,
Este verso;
y quiero
que se vaya quedo,
raudo y sereno
como un dardo certero,
al corazón del pueblo
de todos los pueblos,
al corazón del Universo.

¿Tiene corazón el Universo? El verso quedo, raudo y sereno de León Felipe ambiciona alcanzarlo. ¿Dónde suena el latido al que aspira a llegar?  ¿Que escucha anhela el verso de la inmensidad? El astro orbita, indiferente como la  estrella y la galaxia brillan en la oscuridad de la noche. El verso es un dardo en la noche del mundo, el alma conmovida ante el misterio. Un rayo de luz que trata de iluminar la oscuridad, una nave que quiere alcanzar lo inalcanzable, una mano que intenta asir lo inasible. Es el verso el asombro y la conmoción del alma ante la existencia. El sonido que late en el silencio. El corazón del universo es el misterio y la existencia su latido.

                                                 7 Y
quiero
que sea un cauce sin riberas,
sin presas y sin diques de hierro…
Que mi alma vaya por él
como un río sin frenos…
y suba hasta los montes
o se esconda en el suelo.

El verso, el poema, como el sueño no tiene límites. Ni el tiempo ni el espacio lo encarcelan, la gravedad no lo sujeta, ni la lógica ni la razón le someten. Atraviesa los barrotes de cualquier cárcel, es su exploración la inmensidad, la totalidad su aspiración. Es el verso expansivo de Whitman, su canto a la existencia que León Felipe tanto admiraba y tradujo, el verso que llega a todo sin excepción como el Canto cósmico de Ernesto Cardenal, el verso que ilumina el más recóndito lugar y lo hace objeto de canto y desvelo, de asombro y contemplación. Es el Universo el gran espejo de nuestra alma, la infinita pantalla en la que nuestra alma se refleja buscando alcanzar su propio misterio, buscando escuchar su propio latido.

                                                 8 Y
quiero
que sea superior a mí mismo
y extraño a mi cerebro…
Que no sepa yo nunca
cómo y por qué lo he hecho;
que ignore siempre
eso que llaman manera
o procedimiento.
No
quiero
estar
en el secreto
del arte nunca;
quiero
que el arte siempre
que guarde su secreto;
no quiero domar a la belleza
con mi hierro,
que venga a mi,
quiero,
como una gracia
del cielo.

Elegir el asombro antes que la respuesta. La conmoción antes que la explicación. La contemplación antes que el entendimiento. Una vez más atender el roce antes que la hoja o la brisa, que la ola o la orilla. El roce del alma con la existencia sencillamente nos pide abertura, estar siempre abiertos para dejarnos sorprender por ella. No es sólo la conciencia que busca sino la conciencia que se deja sorprender. No es sólo el anhelo sino el abandono. ¿No es acaso el abandono el destino final del anhelo? El anhelo, siempre deseo insatisfecho, siempre alma herida, ya no es un roce sino también una herida impuesta a la realidad. El abandono, no obstante, es entrega sin espera… Ni la hoja ni la brisa, ni la ola del mar ni la orilla de la tierra buscan nada la una de la otra y, sin embargo, ambas se afectan, y de su encuentro surge un sonido que a las dos les pertenece. LA POESÍA que León Felipe invoca es poesía del abandono, es la POESÍA que, paradójicamente anhela, es la poesía de la gracia a la que también se llega por la poesía del anhelo, la poesía de la herida. Para llegar al roce del encuentro atravesamos primero la herida del encuentro, también ya herido por nuestro anhelo.

                                                 9 ¿No ha de ir más alto mi verso
Que el canto de ruiseñor?
¿Se ha de quedar en la tierra
Sin llegar a ti, Señor,
Perdido, como en el bosque,
El canto del ruiseñor?

¿No se respira el anhelo en estos versos? ¿No es acaso la gran conmoción de nuestra alma el anhelo de su búsqueda? ¿Se quedarán perdidos los versos como el canto del ruiseñor, en el bosque perdido? La primera voz de la poesía es la del alma herida, la del alma que se siente sola y temerosa. ¿No hay nadie en ese bosque que escuche mis versos? León Felipe aspira a ser escuchado por Dios… nada más ni nada menos. Y la poesía no es sólo intento de llegar a Dios, o a la amada o al amado, al pueblo o a los pueblos, o a la vida o a la muerte o aquello a lo que sus versos se dirijan, sino de llegar a uno mismo. ¿Cómo buscar ser escuchado si a mí mismo no me oigo? El anhelo es sordera con uno mismo y, no obstante, es el primer llamado de nuestra alma para ser oída. Es el fuego que arde y nos quema y que nos lleva a la búsqueda hasta que por fin, en el largo camino, nos encontremos a nosotros mismos, cuando por fin el abandono sigue al anhelo. Sólo el abandono logra que nuestro yo roce con nuestra alma, y los ojos y oídos y manos que tanto buscaron fuera se vuelvan hacia dentro.

                                             10 Yo te veo, Señor, con un hierro encendido
Quemándome la carne hasta los huesos…
Sigue, Señor,
Que de ese hierro
Han salido
Mis alas y mi verso.

¿Cuál es ese hierro encendido en el que se quema la carne del poeta hasta sus huesos? Es la ausencia (cuya etimología es separación o alejamiento del ser). El anhelo se construye sobre una ausencia a la que sentimos pertenecer y que nos pertenece y de la que fuimos expulsados como Adán y Eva lo fueron del Edén. Es esa ausencia la que conmueve nuestra alma. Es ese roce del alma con la ausencia el anhelo, ese fuego que arde y nos consume, ese hierro encendido del que surgen los versos del poeta. Acaso sea éste el enigma de Dios, tan vago y, sin embargo, tan cierto, para él el alma, y para él el Universo visible, y el cielo al fin para él”, dice Whitman en su Canto enigmático. Más cuando al anhelo le sigue el abandono, cuando a la infructuosa búsqueda le sigue la humilde entrega nos llegan también los versos nuevamente de Juan Ramón Jiménez diciéndonos: Todos mis moldes estuvieron, llenos estuvieron de ti; pero tú, ahora, no tienes molde, estás sin molde, eres la gracia que no admite sostén,  que no admite corona,  que corona y sostiene siendo ingrave. Cuando en el abandono el alma roza nuestro yo, la ausencia se torna presencia en su pura ausencia… es a lo sumo un silencio, un silencio sonoro en el que la ausencia no es vacío. La ausencia como un silencio, como un brillo, como un aroma…

                                            11  MAS bajo, poetas, más bajo…
No lloréis tan alto,
No gritéis tanto…
Más bajo, más bajo, hablad más bajo.
Si para quejaros
Acercáis la bocina a vuestros labios,
Parecerá vuestro llanto,
Como el de las plañideras, mercenario.


                                             12 DESHACED ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma…
Aventad las palabras…
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía.

¿Qué
importa
que la estrella
esté remota
y desecha
la rosa…?
Aún tendremos
El brillo y el aroma.

Antes que la hoja y la brisa, antes que la ola y la orilla ya era el sonido del roce. Finalizo así  mis meditaciones con unos versos de Ernesto Cardenal:

                        Antes del espacio tiempo,
antes que hubiera antes,
al principio, cuando ni siquiera había principio,
al principio,
                       era la realidad de la palabra.
Cuando todo era noche, cuando
todos los seres estaban aún oscuros, antes de ser seres,
existía una voz, una palabra clara,
                                   un canto en la noche.

Y así dejamos que los versos de León Felipe, según su propio deseo, los guie Dios:

                                        
13 ¡QUE OS GUIE DIOS!...

¡Oh pobres versos míos,
hijos de mi corazón,
que os vais ahora solos y a la ventura por el mundo…
que os guíe Dios!
Que os guie Dios y os libre
de la declamación:
Que os guie Dios y os libre
de la engolada voz;
que os guie Dios y os libre
del campanudo vozarrón;
que os guie Dios y os libre
de caer en los labios sacrílegos de un histrión.
¡Que os guie Dios!... Y Él que os sacara
de mi corazón
os lleve
              de corazón
              en corazón.


domingo, 4 de enero de 2015

SOBRE LOS ÚLTIMOS POEMAS DE HÖLDERLIN: EL OSCURECIMIENTO LUMINOSO.

El hombre no habita el cielo, en donde todo carece de distancia. No obstante tiene el cielo ante él, cuya evidencia lo mide. Y a lo que se arriesga poéticamente es a volverse hacia él con sus "pupilas en alerta", una mirada exacta, infinita, en el momento preciso, en el momento perfectamente calculado: en cualquier instante, puesto que él es el instante de tal cálculo:

                                Y, si puedes, dirige hacia esta luz
                                Tus ojos, ¡a la luz que lo ve todo!

La mirada exacta no se apropia de su visión. La mirada mira aquello que la ve, desde cada vez más lejos en la unidad de todo. La mirada toca este deslumbramiento, su inminencia, su tránsito ínfimo, inaprehensible, nunca seguro y, sin embargo, tan claro y real. Jean-Luc Nancy [1]




Friedrich Hölderlin fue un poeta en el que me adentré tardíamente, a los treinta y siete años y, sin embargo, mi primer trabajo de poesía y terapia lo realicé con sus poemas. Como muchas cosas en mi caso empezaron por un título que me llamó la atención, "Poemes de l'entenebriment", que se traduce al castellano como Poemas del oscurecimiento. Este libro cuenta con una maravillosa traducción de Manuel Carbonell al catalán en "Quaderns Crema" de la poesía tardía de este poeta romántico alemán escrita desde su reclusión, a sus treinta y siete años, por una enfermedad psíquica de tipo psicótico (probablemente una esquizofrenia hebefrénica), en el torreón de la casa del ebanista Zimmer en Tubingen, quien lo tomó a su cuidado durante treinta y seis años  - sufragados los costes por la madre de Hölderlin -. Scardanelli es el nombre con el que esos versos fueron escritos por el poeta desde la ventana de aquel torreón.

Su lectura me dejó atónito. Desde el primer momento me di cuenta de que la mirada desde la que se escribían aquellos versos era una mirada hasta entonces desconocida para mí. ¿Enfermo? - pensé -. Tan sorprendido quedé que no dudé que tenía que hacer algo con la belleza que se desprendía de ellos. Así medité hacer mi primer trabajo de poesía y terapia con Hölderlin, y así, de paso, llegué a una sorpresa aún más profunda para mí. Cuando empezaba a recitar aquellos versos en voz alta, invariablemente, una vez tras otra, no tardaba mucho tiempo en llorar... en llorar con un lloro profundo que, en aquellos momentos, no sabía de donde surgía, sólo sabía que tenía que ver con aquella belleza que emanaban de sus versos al ser pronunciadas por mi voz. ¿Era su fuente aquel enigma al que Hölderlin se refería en uno de sus poemas?

Imágenes que a la plenitud del día a los hombres muestran,
En el verdor de la llana lejanía,
Antes de que la luz decline en el crepúsculo,
Y la tenue claridad dulcemente serene los sonidos del día.

Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,
Sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,
Más el esplendor de la Naturaleza alegra sus días
Y lejana yace la oscura pregunta de la duda. [2] [I]

(Abajo, en números romanos, (I) de la entrada tenéis la traducción de Manuel Carbonell al catalán, a mi entender más sutil y bella que la castellana).

¿A qué enigma, a qué pregunta se refiere el poeta? ¿Era el enigma del sentido que me hacía llorar cuando en voz alta recitaba los versos de Hölderlin? Poco a poco fui comprendiendo lo que Jean-Luc Nancy expresa tan bellamente en el texto extraído de su ensayo dedicado a Hölderlin y que encabeza esta reflexión. Se me hizo claro que los versos de Hölderlin transmitían no aquello que su mirada veía, sino aquella mirada con la que la suya se sentía vista al mirar (Y, si puedes, dirige hacia esa luz tus ojos, / ¡A la luz que lo ve todo!). Cuando recitaba sus versos sentía eso exactamente, yo me sentía mirado por sus versos y sabía que a través de ellos era otra mirada la que me llegaba: sus versos eran el intermediario. ¿Qué era aquello que me miraba? Poco a poco algunos poemas, algunos versos por aquí y por allá, leídos y recitados una y otra vez, daban pequeñas respuestas al enigma...

Otorgado en su interior es a los hombres el sentido,
Hacia lo mejor él ha de guiarlos,
Esa es la meta, la verdadera vida,
Ante la cual más espiritualmente los años van contando. [II]

Cita Hölderlin aquí "el sentido" casi como lo hacen los taoístas. Los poemas del oscurecimiento parecen ajustarse a ese ritmo que Lao Tzé da al Tao en su Tao te King:

EL SENTIDO siempre está fluyendo.
Pero cuando actúa, jamás se desborda.
Es un abismo, como el origen de las cosas.
Desenreda las confusiones.
Suaviza las aristas.
Modera el brillo.
Se une con el polvo.
Es profundo, y aun así, parece real.
No sé de quien es hijo.
Parece anterior a Dios. [3]

En todo caso, los poemas de Hölderlin nos sugieren que "el sentido" requiere distancia, una distancia que, a su vez, y paradójicamente, nos aproxima a él.  Sólo esa distancia nos ofrece la mirada de este sentido desde el mundo contemplado como un cuadro, como un Todo.  Y esa mirada que deviene del cuadro nos hace sentir ese íntimo sentido en nosotros mismos y de nosotros mismos con el mundo, de repente, aun de lejos, nos incluye en el cuadro. Sólo esa lejanía nos acerca al ritmo del sentido que nos marca con su mirada:

Pasan los días con susurros de apacibles vientos,
Más cuando sus nubes arrebatan el esplendor de los campos,
El confín de los valles se une al crepúsculo de las montañas,
Allí, donde las olas de la corriente caen confundiéndose.

Alrededor se muestran las sombras de los bosques,
Por ella se desliza lejano un arroyo,
Y la lejanía ofrécese como un cuadro en las horas,
En las que el hombre a sí mismo se encuentra. [III]

El torreón de la casa de los Zimmer
en la actualidad restaurado.
Hay un enorme parecido entre esta sensación que describo y las reflexiones que Lacan hiciera en su seminario X (Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis) en relación al concepto de la mirada. Dice al respecto:

No soy simplemente ese ser punctiforme que determina su ubicación en el punto geometral desde donde se capta la perspectiva. En el fondo de mi ojo, sin duda, se pinta el cuadro. El cuadro, es cierto, está en mi en ojo. Pero yo estoy en el cuadro.

Lo que es luz me mira y, gracias a esta luz, en el fondo de mi ojo algo se pinta - que no es simplemente la relación construida, el objeto sobre el cual el filósofo se demora - sino impresión, chorro que mana de una superficie que no está para mí, de antemano, situada a su distancia. Esto hace intervenir lo que está elidido en la relación geometral - la profundidad de campo, con todo lo que presenta de ambiguo, de variable, de no dominado por mí en absoluto. Ella es más bien la que se apodera de mí, la que me solicita a cada instante, y hace del paisaje algo diferente a una perspectiva... [4]

Y es así que los poemas de Hölderlin eligen una profundidad de campo desde el que la luz que le mira incluye el sentido para el ser humano en los ritmos de la vida en la Naturaleza y en la visión de los cambios que comportan. Es ese ritmo de la naturaleza el ritmo recogido en los versos de Hölderlin para, a través de sus palabras, manifestar su "íntimo sentido":

La vida es la tarea del hombre en este mundo,
Y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más
          Alto avanzan,
Así como el cambio existe, así
En el paso de los años se alcanza la permanencia;
La perfección se logra en esta vida
Acomodándose a ella la noble ambición de los hombres. [IV]

Dice Heidegger en uno de sus estudios sobre Hölderlin y su poesía (La tierra y el cielo en Hölderlin):

Para el ánimo tranquilo y dichoso del poeta, tanto tierra y cielo como los dioses escondidos en lo sagrado, todo está presente en el conjunto de la naturaleza que se levanta y surge originariamente. Ella se le aparece al poeta bajo la forma de una luz especial.

[...] Esta luz es esa misma claridad que en la mentada capacidad de devolver los rayos de luz o reflejar la aparición, es decir, en la fuerza de reflexión,  otorga a todo lo que viene a la presencia la claridad de la presencia.  [5]

Y así vivir la vida en los ritmos de la Naturaleza parece un lento despojarse de uno mismo y dejar que esa luz que nos mira, esa claridad de la presencia, al mirarla nos vaya esculpiendo de una manera distinta. Es una rendición a la vez que una entrega. Dice María Zambrano:

... el corazón del hombre contiene por su parte el anhelo de ver y ser visto; de amar y ser amado. Y es ansia lógica pues sólo la visión será perfecta cuando ninguna oscuridad haya sido abandonada a su propia suerte, cuando lo más sombrío de la caverna que es el corazón humano ascienda a la luz también. Y el cuerpo mismo transfigurado pueda entrar, sin dejar de ser cuerpo, en el replandor de la luz y pueda ser traspasado por ella sin haber dejado de ser cuerpo. Entonces el reino de la Visión, del Dios que ve, estará logrado. [6]

Y quizá por ello Hölderlin nos advierte que para ello "hay que vivir", asumir el riesgo de querer vivir. Y ello significa que hay que afrontar las dificultades que nos deparamos nosotros mismos en ese largo camino más allá de aquellas que la vida nos depara. Avenirse con el sentido es un proceso de despojamiento que se alcanza con la experiencia de vivir y de mantener "las pupilas en alerta". No es tarea para temerosos dice el poeta:

Cuando ya más allá de todo un hombre
Contempla y entiende el curso de la vida,
Ser feliz logra; más aquel que ante los peligros tiembla
Es como un hombre que por vientos y tempestades fuera
       Dominado. [V]

Versos que nos recuerdan los célebres de su Himno a Patmos: "Cercano está el dios y difícil es captarlo. / Pero donde hay peligro crece lo que nos salva".

Fue así, verso tras verso, como comprendí que mi lloro procedía de mi propia voz y de algo que formando parte de ella no era de ella. De repente comprendí - parodiando el texto de Lacan arriba citado - que al recitar aquellos versos mi voz era tomada por su ritmo definiendo un tono, el tono de mi voz al recitarlos. Mi voz es mi voz, los versos son los versos, pero el tono es el espacio intermedio que comparten y en el que se determinan, la profundidad de campo. Nunca había experimentado tal cosa. Mi voz era tomada por los versos como estos lo eran por el ritmo del sentido al que Hölderlin se refería constantemente:

La vida es en la armonía de las estaciones,
Naturaleza y Espíritu al sentido escoltan,
Y Una es la perfección en el Espíritu,
Así mucho se encuentra, y en la Naturaleza la mayor parte. [VI]

Con los poemas de Hölderlin, con su belleza y el sosiego de sus ritmos, sucede algo que describe una vez más Lacan acerca de la contemplación de un cuadro:

La mirada opera en una suerte de descendimiento, descendimiento de deseo, sin duda [...] Modificando la fórmula que doy del deseo en tanto que inconsciente - el deseo del hombre es el deseo del Otro - diré que se trata del deseo al Otro, en cuyo extremo está el dar-a-ver.

¿En qué sentido procura sosiego ese dar-a-ver - a no ser en el sentido de que existe en quien mira un apetito del ojo? Este apetito del ojo al que hay que alimentar da su valor de encanto a la pintura. Valor que hemos de buscar en un plano mucho menos elevado del que se supone, que hemos de buscar en lo que pertenece a la verdadera función del ojo en tanto órgano, el ojo voraz que es el ojo malo, el mal de ojo. [6]

Y pasa a sí a relacionar ese "mal de ojo" con la envidia (in-videre: poner la mirada sobre algo) a la que, a su vez, pone en relación a la observación de la completitud: Hace que el sujeto se ponga pálido, ¿ante qué? - ante la imagen de una completitud que se cierra. [7]

La mirada de Hölderlin recogía esa completitud que desde la distancia de su torreón plasmaba en sus poemas, y que a modo de cuadros era como se le mostraban los ritmos de las estaciones, los ritmos de la Naturaleza. Quizá desde el oscurecimiento al que le postró su enfermedad, cuando su mirada se dirigía a través de la ventana a la Naturaleza esta se le daba-a-ver y era arrebatado por su luz (¡a la luz que lo ve todo!) y por su profundidad [de campo] que le daba a su mente oscurecida una visión de repente luminosa, clara y despejada, profunda en su sencillez: el era uno formando parte del todo.                                                                                                                
                                                                               
El poema: esa vacilación prolongada entre el sonido y el sentido.  (Paul Valéry)

¿Y qué decir de mí al leer primero sus poemas y recitarlos después? ¿Me ocurría, como dice Lacan, que "hay que llegar a este registro de ojo desesperado por la mirada para captar el fondo civilizador, el factor de sosiego y encantador de la función del cuadro" [8]? No se me hace fácil describirlo pues es obvio que se trata de una experiencia muy subjetiva, pero sí había algo de esa desesperación a la que Lacan, y también María zambrano, se refieren. En la discordancia que Lacan define en la dialéctica del ojo con la mirada pone el ejemplo de la insatisfacción de la mirada en el amor: Nunca me miras desde donde yo te veo, o formulado a la inversa, lo que miro nunca es lo que quiero ver. Sin embargo, mi experiencia con los poemas de Hölderlin era justamente la inversa, y acaso aquí está el núcleo central de la experiencia. Lo que yo percibía era que desde sus poemas "soy mirado desde dónde yo nunca me veo", o el inverso que diría "nunca miro la mirada que me quiere ver"... Ciertamente en mi emoción estaba implícita la belleza de sus poemas y la completitud que transmitían y, no obstante, había algo más, algo que tenía que ver intrínsecamente con "la mirada", la mirada que yo sentía recibir sobre mí a través de mi tono de voz cuando los recitaba  - en ese asunto la voz y su tono fue fundamental - , un algo que me llegaba con especial intensidad. Completitud si, belleza si... y no solo eso. Pude precisar poco a poco que lo que me llegaba a través de recitar aquellos versos, a través del tono con que los recitaba, era compasión. Es ahí donde me sentía mirado, desde dónde yo nunca me veía, aquello que no me permitía ver. La lectura de estos poemas me tomó por sorpresa y, de repente, me sentí mirado por aquello que yo esquivaba, la compasión me encontró a mi, su mirada sorprendió la mía. La compasión se me daba-a-ver y ponía de relieve el deseo que yo tenía de esa mirada, una mirada que era no deseo de deseo, sino deseo de compasión, también de comprensión. Mirada que finalmente confería existencia y que otorgaba libertad. Ese era el origen de la profundidad de mi lloro. De repente, con mi experiencia, comprendí algo importante: la compasión es el sentido, o mejor dicho, la compasión unge de sentido.

                                                                             Vivimos en la mitad de la noche. Y desde hace años a mi solo me
                                                                             ilumina en la noche la luz de Hölderlin. (Walter Benjamin)

A modo de final, quiero comentar que hay una mirada que representa mi experiencia particular con los poemas últimos de Hölderlin, una mirada que coincide con el tono de voz, una mirada protagonizada por el actor Victor Sjöström en su maravilloso y entrañable papel del octogenario doctor Isak Borg en la película Fresas Salvajes (Ingmar Bergman, 1957). Es en la escena final de la película, cuando después de un largo y difícil "darse cuenta" en un largo recorrido por su vida (la profundidad de campo), paralelo al viaje que realiza desde su casa a la Universidad que le otorga un "doctor honoris causa", recoge esa mirada de comprensión y esa compasión por la que finalmente halla el sosiego y la paz. Acabaremos así con el rostro del doctor Borg y su mirada en esta reflexión a todas luces incompleta y un tanto inconexa sobre un hecho que, no obstante, fue muy importante para mi.

La mirada de Isak Borg (Victor Sjöström)


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[1] Nancy, Jean-Luc. Lugares divinos y Cálculo del poeta. Arena Libros, pág. 114
[2] Hölderlin, Friedrich. Poemas de la locura. Ediciones Hiperión.
[3] Tzé, Lao. Tao Te King (versión de Richard Wilhelm).  Edhasa.
[4] Lacan, Jacques. Seminario X. Lo cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.  Paidós, pág. 103
[5] Heidegger, Martin. Aclaraciones a la poesía de Hölderlin. Alianza editorial, pág. 179
[6] Zambrano, María. El hombre y lo divino. Breviarios FCE, pág. 132
[7] Ver nota 4, págs. 121 y 122
[8] Ídem anterior, pág. 122
[9] Ídem anterior, pág. 123

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[I]                                                                  
El dia obert lluu clar amb imatges per a l'home
I el verd es mostra des de rases llunyanies,
Abans de pondre's el crepuscle llum del vespre,
I resplandor mitigui dolç el clam del dia.
Sovint el dins del mon es veu reclòs, hermètic,    
El pensament de l'home, ple d'enuigs, de dubtes,
L'espléndida natura li asserena els dies
I lluny del dubte hi ha l'obscur enigma.

[II]
El seny ha estat donat el cor dels homes,
Perquè el millor, reconeguts, s'inclinin,
Que valgui com a fita n'és la vera vida.
Davant seu anys de vida en esperit s'acreixen.

[III]
Els dies van passant amb brums de dolces brises,
Quan amb els núvols esbarrien camps magnífics,
La vall extrema ateny crepuscles de muntanyes,
Allà on gorga avall el fil dl riu es trena.

Del bosc hom veu esteses al voltant les ombres,
Enllà dellà on el torrent també s'escola,
I es veu la imatge del llunyá en les hores,
Quan l'home hi ha trobat sentit en ella.

[IV] 
LLançats estan en aquest mon els homes a la vida,
Com són els anys, com més amunt els temps aspiren,
I com el canvi, molt de ver es perdurable,
Que el llarg del anys alló que dura arriba a ésser;
Perfecció s'espleta així en aquesta vida,
I s'hi junyeix el más noble aspirar dels homes.

[V]
Quan vida enllá un home pot trobar-se
I aixó comprendre, com la via es fa sensible,
Es bo; però qui del perilla s'esquitlla,
Es com un home batut per vents i tempestas.

[VI]
Es de l'acord dels temps que neix la vida,
Que sempre el seny natura i esperit escorten,
I en l'esperit perfecció es Una,
Així neix molt, i quasi tot, de la natura.