jueves, 25 de junio de 2026

JOCELYN POOK: SOBRE ESTA ROCA (Upon this rock, 2001). El lamento del derviche, el lamento de existir.

 

Oh rey, soy tu derviche, 

soy tu derviche con el corazón herido, 

soy a la vez tu extraño y tu pariente, 

soy a la vez tu extraño y tu pariente.

                     (Abu Sa-id Abu'l-khayr)

 

Conocí a Jocelyn Pook (Birmingham, Reino Unido, 14 de febrero de 1960) en 1999, cuando, viendo la película de Stanley Kubrick Eyes Wide Shut, me quedé sorprendido por la música que acompañaba la conocida escena del ritual en la mansión Somerton, donde un personaje cubierto con una capa roja y una máscara veneciana, y portando un báculo, está rodeado de un círculo de once mujeres, también con capa y máscara, y de todo un conjunto de observadores, asimismo con capa negra y distintas máscaras venecianas. El ritual sigue hasta llegar a un momento en el que las mujeres se quitan la capa, quedando desnudas. Rápidamente quise saber de quién era aquella pieza: era Masked Ball (Baile de máscaras), de Jocelyn Pook. Me interesé de inmediato por su obra y desde entonces quedó como una de mis compositoras modernas más apreciadas.

Fue dos años después, en 2001, cuando apareció su álbum Untold Things (Cosas no contadas), un maravilloso trabajo que expone la gran sensibilidad de Jocelyn, unida a una extraordinaria creatividad. Todas las piezas de este álbum son excepcionales y una gran muestra de lo que podemos considerar una hipnótica mezcla de música clásica y de vanguardia, junto a cantos tradicionales de Oriente Medio y Asia. De entre todas sus piezas, sentí cómo me estremecía escuchar Upon This Rock (Sobre esta roca), como me sigue estremeciendo cada vez que la escucho. Todo en ella se transforma en “algo” envolvente: las voces que interpretan unos versos dichos en persa, la tonalidad que parte del lamento y acaba en el éxtasis a través de un acompañamiento musical in crescendo, en especial desde las cuerdas…Recuerdo que, para intentar desentrañar este “algo” al que me refiero, escuché la obra en numerosas ocasiones con los ojos cerrados, dejando que simplemente la música se reflejara en mi conciencia, en lo que yo llamo una escucha contemplativa, a la vez que también seguía, de la misma manera, las oscilaciones de mi mundo emocional. Para quienes queráis seguir el comentario con la música, os dejo un vídeo de YouTube con la grabación original de esta pieza:





I. EL LAMENTO  (0-1'52")

El inicio, el largo inicio de la pieza, es una voz que, elevándose sobre el sonido de las cuerdas y, especialmente, del qanun —instrumento de cuerda horizontal propio de Oriente Medio—, nos transmite un profundo lamento, esa expresión que surge de un dolor hondo, de una aflicción del alma. El lamento, en un sentido profundamente existencial, es la percepción de sentirse separado del origen, la añoranza vinculada a la ausencia de algo a lo que sentimos que pertenecemos profundamente y de lo que nos sentimos apartados. Es una experiencia que hallamos, de distintas maneras, en muchas tradiciones espirituales: la noche oscura del alma o el sentirse abandonado por Dios en el cristianismo, el Tzimtzum u ocultamiento de Dios en la tradición judaica, o el dolor del exilio en el islam, del que Rumi es un claro exponente. 

En un sentido más básico, pero no por ello menos importante y existencial —y, en cierta manera, relacionado con los ejemplos de las tradiciones espirituales—, encontramos el llanto del bebé cuando reclama a la madre, espacio contenedor del que se siente expulsado, iniciando esa dinámica con la que nuestra vida empieza: ese sentimiento de ida y vuelta que va de la completud a la incompletud y que quedará como una marca en nuestra psique. En mi escucha personal sentía esa añoranza, esa “expulsión del paraíso”, como una experiencia real del progresivo ocultamiento de la completud que la imagen materna nos ofrece, y que se constituye, desde ese momento inicial del nacimiento, en ese sentirse “arrojado a la existencia” - por decirlo con Heidegger -. Una experiencia básica por la que la existencia se configura como separación de un origen añorado.



El músico Sirio Abdullah Chhadeh tocando el quanun.

Hace ya unos años, y tras escuchar una pieza del intérprete de duduk Levon Minassian, titulada Pourvu que ma mère - Siempre que mi madre -, escribí una serie de poesías titulada Ecos de maternidad. Decía en la primera de ellas —traducida del original en catalán—:

                                           No hables todavía, no digas nada todavía,

                                                sólo abandona tu rostro en el mío,

                                                y deja pesar los párpados sobre tus ojos,

                                                y pesar tus labios... sólo con tu silencio.

                                                Yo no diré nada y sólo te miraré,

                                                así dormida, y yo contemplándote.

 

                                                Sólo tú y yo en el silencio,

                                                sintiendo que a través de tu sueño

                                                quisiera huir y ya no volver más...

                                                Madre, fuera agoniza una tierra herida,

                                                                                      la tierra sangra,

                                                y yo tengo miedo y no querría volver más.


II. LA PALABRA  (1'52-2'42")

Tras el lamento sigue la palabra, la expresión de ese lamento, en versos del poeta y místico sufí del siglo XI) Abu Sa-id Abu'l-khayr, y en el que el derviche experimenta ese dolor del "corazón herido", ese sentimiento de lejanía y cercanía, esa sensación tan particular de extrañeza y parentesco:


                                          Ei Shah, darvishet manan            Oh rey, soy tu derviche, 

                                          Darvish-e del rishet manam          soy tu derviche con el corazón herido, 

                                          Biganeh o khisht manam              soy a la vez tu extraño y tu pariente, 

                                          Biganeh o khisht manam              soy a la vez tu extraño y tu pariente.


En el mundo sufí, los derviches son una hermandad del misticismo del Islam, que se caracteriza por la práctica del ascetismo, la humildad y la pobreza voluntaria. En persa "darvish" significa "pobre", también "mendigo". Nos encontramos una vez más con algo estrechamente relacionado con aquel que busca (el derviche es un buscador) la conexión con lo divino, y cuya separación se experimenta, como dicen los versos, como un "corazón herido", un algo que yo expreso como que para percibir lo grande hay que hacerse pequeño. Lo infinito solo se puede percibirse desde lo ínfimo. La lejanía, paradójicamente, es también cercanía. En este proceso se experimenta esa sensación, como dicen los versos, de ser extraño a la vez que pariente.



Parvin Cox, la gran voz de Upon this rock, cantante iraní especializada 
en la música tradicional y folclórica de la región de Bakthiari y de la mística sufí.

En mi escucha personal, la sentida interpretación a través de la voz de Parvin Cox (también conocida como Parvin Alipour) sobre el fondo más intenso de las cuerdas (violines, celo), me transmitía esa sensación de aflicción angustiante de que el ser arrojado a la existencia me alejaba de una madre que iba más allá de mi madre terrena. Sentía que mi "corazón herido" se relacionaba con una ausencia, con un inasible del que mi madre era una sencilla encarnación, ella también tan humana como yo, tan arrojada a la existencia como yo. Añoraba un estado anterior a la separación, una especie de no-ser entendido como reposo, como pertenencia indiferenciada a un origen.  En ese sentido, esa percepción de lo materno con un estado era justamente lo que sentía extraño y pariente. En mis ecos de maternidad aparecía como "piezas de un rompecabezas que ya no sabría unir". Dicen sus versos:

                                                        Te veo como el reflejo en un cristal,
                                                        vaga y transparente, y me pregunto
                                                        si no serás un espectro de mi imaginación.
                                                        Atraviesa mi mirada tu cuerpo de cristal,
                                                        que se revela ahora roto
                                                        entre hojas verdes y ramas entrecruzadas.
                                                        Te desvanecías entre ellas en fragmentos
                                                        que disgregaban tu imagen como piezas
                                                        de un rompecabezas que yo no sabría unir,
                                                        y así recuperarte.
                                                        Y temía perder tu reflejo en el cristal,
                                                        y quedarme solo, madre, en esta tierra herida,
                                                        en esta tierra sangrienta,
                                                        y yo tenía miedo y ya no querría volver más.

III. LA RESPUESTA (2'42"-4'15")

La búsqueda de la Verdad es la primera etapa para hallarla, después de buscar se advierte que la verdad también ha estado buscando al buscador. (El Camino del Sufí. Idries Shah)

Tras un crescendo de los violines que funciona a modo de advertencia, como anuncio de algo que está por llegar, al lamento de la voz de Parvin Cox se unen otras voces de características muy distintas. Se diría que tienen casi una cualidad de inocencia infantil, y parecen acoger el lamento con un júbilo contenido. Es el momento del encuentro de lo ínfimo con lo infinito, del yo con aquello que lo excede y de lo que, al mismo tiempo, forma parte: del extraño y el pariente. Es un momento importante en el que se comprende que nunca ha existido tal separación, o que esta estaba motivada por un exceso de soberbia y una falta de comprensión: los extraños hemos sido nosotros.

Por eso, en la segunda parte de este fragmento, solo se escuchan esas voces acogedoras y jubilosas, junto al acompañamiento también jubiloso de los violines. Cesa el lamento, y el yo calla y escucha. Ya no busca, ya no indaga, ya no persigue… sencillamente escucha, en ese sentido tan bello de la etimología de escuchar: inclinarse para prestar oído, algo que solo puede acompañarse del callar humilde.


Las vocalistas

En mi escucha personal, sentía con esas voces que la separación es ficticia. O, dicho de otra manera, que solo separado, y como diverso en lo diverso, pertenezco al todo. Que el factor de separación es el que anida en mi vivencia como falta, y que la falta es mía y no del mundo. El yo es ávido con su falta; incluso es ávido en la búsqueda. Es esa misma avidez la que no le deja ser encontrado.

Al mundo ni le falta ni le sobra nada: es como es, y está aquí y ahora. Solo a través de mi avidez era yo el extraño, el que se alejaba de su parentesco con el mundo. En una serie de poesías posteriores escribía los siguientes versos —traducidos del original en catalán—:

                                Poco a poco he ido comprendiendo que la existencia es desequilibrio,
                                y que la conciencia es una oportunidad para el equilibrio.
                                Solo el desequilibrio genera movimiento.,
                                y solo la conciencia que se abandona al silencio equilibrio,
                                la matriz sobre la que todo sucede y en el que todo se revela.

IV. LA CONJUNCIÓN (4'15"-5'12")

La última parte podemos llamarla la conjunción. Las voces y la música se reúnen en un crescendo de júbilo y éxtasis. Cuando escuchaba esa parte, vinieron a mí las imágenes de los primeros derviches giróvagos que vi en Turquía y la impresión que me causaron. Alguien decía de la danza de los derviches que era como un ciclón en el que todo el cuerpo está en movimiento. Es fluido y dinámico, pero en el centro la conciencia observa en silencio, sin alteraciones y sin distracciones.

En la danza derviche se dan la mano, con una misteriosa serenidad, el éxtasis y la armonía, el júbilo y la serenidad, y todo ello recorrido por el centro de la conciencia. En su baile parece recogerse el baile de los átomos que Rumi cantaba en sus versos; y no solo el baile de los átomos, sino también el giro de los astros sobre sí mismos, el giro de los planetas alrededor de las estrellas y el de estas en el seno de las galaxias, un universo danzante en el que se da el encuentro de la armonía con la ley física. La elegancia de la fórmula encontrándose con la elegancia del movimiento. La elegancia como delicada expresión de la reunión del éxtasis y la conciencia, del júbilo con la serenidad.



Jocelyn Pook

En mi experiencia personal, sentía el encuentro del yo con el mundo en toda su extensión, una experiencia que más tarde trasladé a los siguientes versos —traducidos del original en catalán—:

                                                    Cuando la mirada se pierde
                                                    en la lejanía del horizonte y no la ansía,
                                                    cuando la mirada reposa en la línea inalcanzable,
                                                    la conciencia es centro y sincronía entre yo y el mundo.
                                                    Entonces se dibuja una sonrisa ante lo inefable,
                                                    y del anonadamiento surge entonces la compasión
                                                    para sostener también el dolor que,
                                                    entre la vida y la muerte, acompaña el existir.

V. UNA REFLEXIÓN FINAL.


Jocelyn Pook
Esta pieza de Jocelyn Pook pone de relieve que hay un cierto arte —especialmente, para mí, en la música y la poesía— que se erige como un lenguaje que empieza donde acaba el lenguaje de la ciencia y la filosofía, aunque en esta última haya excepciones: Kierkegaard, Nietzsche, algunos pasajes de Schopenhauer, de Heidegger o de Cioran. Es un lenguaje en el que lo general traspasa un límite y entra en lo particular, en lo psicológico, en el encuentro de lo subjetivo con lo objetivo. Este tipo de arte tiene que ver con el encuentro de la conciencia, y también con una conciencia no ordinaria (lo que normalmente se llama inconsciente) con lo inasible, con lo inalcanzable, y que, no por ello, deja de ser expresable. Digamos que el misterio quizá no se puede aclarar, pero sí se puede expresar. La ciencia y la filosofía pretenden explicar; el arte pretende dar significado, generar un puente entre lo finito y lo infinito, aunque este sea un lenguaje muy distinto al de las dos primeras: un lenguaje particular, no general y, no obstante, fundamental para asumir el mundo que nos rodea, un mundo en el que las explicaciones no son suficientes para vivir de acuerdo con él.

Upon This Rock pertenece a ese mundo de encuentros etéreos, donde el sentimiento desplaza a la razón, no como algo superior o irracional, sino dando a entender que cada uno tiene su función y que el conocimiento se adquiere no solo a través de la razón. ¿Subjetividad? Sí. Y, sin embargo, con una gran resonancia significativa. En el primer comentario que abrió este blog, hace ya prácticamente doce años, titulado “Sobre la idea de la resonancia poética”, hablaba de ese encuentro de la poesía con la música y decía:

La música, como compañera de la palabra, sutil contorno del alma de la palabra, acerca más esa alma colectiva a nuestra alma concreta, la tuya o la mía. La música dota a la palabra y al tono de una especial vibración que parece hacer sentir de manera distinta lo que sabemos y, más aún, nos acerca a sentir lo que desconocemos, como si la música dotara en ocasiones a la palabra de una profundidad inconsciente en ella, que la completa y la desborda a la vez. Esa misma profundidad, al final, que le transmite a la palabra poética esa primera y última música que es el silencio, el contorno primero y último del alma.

Upon This Rock es un ejemplo precioso y profundo de estas palabras.











viernes, 5 de junio de 2026

BAJO LAS RUEDAS (Hermann Hesse, 1906): Adolescente, Educación y Sociedad.

Bajo las ruedas (1906) es una de las primeras obras de Hermann Hesse. De naturaleza autobiográfica, se erige como una crítica demoledora al sistema educativo de su tiempo. A pesar de estar situada a inicios del siglo XX su reflexión es perfectamente vigente en la actualidad en la manera de reflexionar la relación descompensada entre el impulso vital del niño y del adolescente en relacion con las expectativas que hay sobre él, tanto a nivel familiar, como escolar y de su incorporación en la sociedad. 

Dice Hermann Hesse en Bajo las ruedas:


... el colegio tiene que vencer, romper y reducir por la fuerza al hombre natural. Su misión es convertirle, según los principios que acepta la autoridad, en un miembro útil de la sociedad, y despertar en él las cualidades cuyo desarrollo total vendrá a coronar y terminar la cuidadosa disciplina del cuartel. [1]


Hay en estas palabras de Hesse, incluso hoy en día, donde las cosas no parecen ser tan duras como en esos principios del siglo XX, una relación en que la escuela es mostrada como un intermediario entre el individuo y el Estado. En su libro, Hesse nos muestra la adolescencia como el conflicto que se establece entre el arquetipo del héroe y su querer penetrar en la vida, y el arquetipo de la persona en su esfuerzo por colectivizar al joven adolescente, por reducirle a lo que la sociedad, es decir, el Estado – como dice Hesse -, quiere que sea: un individuo domesticado.


I. NACER CON EL DESTINO MARCADO: LA EXPECTATIVA DE LOS OTROS.


En Bajo las ruedas, su protagonista, Hans Giebenrath, es el muchacho dotado e inteligente que, no obstante, ya tiene su destino escrito, y que como se dice en el libro: “… su futuro estaba determinado y decidido. Porque en Suabia, a menos que los padres sean ricos, no hay más que un camino estrecho: el seminario menor a través del landexamen, de allí al seminario de Tubingen, y luego al púlpito o a la catedra”. [2]

 

Por otro lado, también podemos observar la presión de su entorno para que se saque la plaza que implica este difícil examen. Desde su padre, pasando por el director de la escuela, el párroco, el zapatero, y todo el pueblo en general, Hans está sometido a todo tipo de presiones. La generación de esta expectativa, y el miedo a fracasar, es algo que lleva con gran ansiedad.  De la misma manera, y como ocurre, en ocasiones, con niños y adolescentes dotados y brillantes, la segregación, cuando no la burla o el bullying que sufren por parte de sus compañeros es otra conscecuencia a tener en cuenta. Observamos esta presión que sufre Hans en un sueño que nos es narrado un día antes de pasar el landexamen:


Se veía en el examen con los ciento diecisiete compañeros; el examinador se parecía a veces al párroco del pueblo, y otras a su tía, y le ponía delante montones de chocolate que él tenía que comer. Y mientras él lo hacía entre lágrimas, veía a los demás levantarse uno a uno y desaparecer tras una pequeña puerta. Todos habían terminado su montón; el suyo, en cambio, crecía ante sus ojos, desbordándose sobre la mesa y el banco como si fuera a ahogarle. [3]


El material del sueño parte de cómo Hans tiene que comerse el chocolate que le da su tía, cuando en realidad a él no le gusta. Pero es incapaz de decir justamente eso, de decir no. Hans no puede decepcionar, como no puede decepcionar a la exigencia de su padre ni a la del párroco del pueblo ni a la del director de la escuela, todos ellos poniendo sus expectativas sobre él, enfatizando lo importante que es que cumpla con su deber y su destino. Es esa presión del padre y de los profesores lo que le ahoga: fracasar es decepcionarlos a todos.

 

El padre de Hans, el director de la escuela, sus profesores, el párroco, todos ellos se convierten, de una manera más o menos explícita, en “guías” ue imponen su visión a Hans, que le estrechan tanto el camino de exploración y descubrimiento de la vida, que acaban por ahogarle con su demanda de éxito. No hay nada que explorar cuando una vida ya está determinada, cuando ya está escrita: la vida es un deber a cumplir. Ese es el chocolate que tiene que tragarse Hans, y el chocolate que pesa en su interior a través de un superyó demoledor: una demanda sobre él de las expectativas de los mayores que no cesa, y que se ha convertido en su propia demanda. Hans es el adolescente que, bajo la presión social, se identifica excesivamente con la persona, sacrificando ese elemento vital y aventurero de la adolescencia que implica el héroe.

II. APOLO Y DIONISOS: ENTRE LA PERSONA Y EL HÉROE.

En el libro de Hesse, Hans tendrá su opuesto dionisíaco en un alumno llamado Hermann Heilner, “el alocado y el sensato, el poeta y el empollón”. En todo caso, Hesse define muy bien lo que sucede en la adolescencia: “el imperceptible desvanecerse del alma infantil, en parte la abundancia aun sin canalizar de energías, ilusiones y deseos, y finalmente el ímpetu oscuro e incomprendido de la pubertad”. [4]


Efectivamente, este último punto es el resultado del choque de la adaptación social y la necesidad de penetrar en la vida del joven adolescente. Heilner representa muy bien el adolescente en ese conflicto, mientras Hans corresponde más al adolescente excesivamente domesticado. Tras suceder un conflicto que los aleja (no por ellos, sino por el miedo que ejerce la institución marcando al rebelde Heilner y segregándolo de sus compañeros), ambos renuevan su amistad. Heilner parece remover en Hans este espíritu rebelde y poco conformista y que, como bien dice Hesse, no suele ser del agrado del mundo institucional, y que en el caso que nos ocupa, asiste a ello con gran preocupación. Hesse hace una descripción demoledora al respecto:


Así se repite, de colegio en colegio, el espíritu de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año, [5]


La relación de Hans con Heilner le lleva a contactar con su parte más dionisíaca, y el “adolescente domesticado” en el que se estaba convirtiendo se rebela y quiere dirigirse, siguiendo a Goethe, hacia las alturas del espíritu. Su rendimiento académico empeora, pero su satisfacción y alegría interna se incrementa. Sin embargo, ni Hans ni Heilner pueden sostener la situación que un Sistema implacable ejerce en estas situaciones y que, en lugar de acompañamiento y guía, sólo ofrece, como se dice en la película El club de los poetas muertos: Tradición (es decir, inmovilismo), Honor (es decir, sometimiento), Disciplina (es decir, obediencia incuestionada) y Grandeza (es decir, ambición). La rebeldía temeraria de Heilner le lleva a su expulsión, mientras que Hans se hunde presa de un conflicto (entre Apolo y Dionisos) que su alma ya no puede sostener:


… el sufrimiento de un alma que se hunde y ahogándose, lanza miradas angustiadas y desesperadas. A ninguno se le ocurría pensar que el colegio y la bárbara ambición de un padre y unos profesores habían llevado a tal situación a un ser tan frágil. ¿Por qué le habían hecho estudiar hasta altas horas de la noche en los que le habían quitado sus conejos, alejado de sus compañeros de colegio, prohibido la pesca y los paseos, e inculcado el ideal vacío y rastrero de una ambición mediocre y devoradora? ¿Por qué no le habían dejado disfrutar ni siquiera después del examen de sus bien merecidas vacaciones? Ahora el espoleado caballito yacía en la cuneta y no servía para nada. [6]


III. EL COLAPSO: EL HUNDIMIENTO DEL ESPIRITU.

Finalmente Heilner será expulsado presa de un yo dionisíaco carente de límite, soberbio y falto de la prudencia necesaria, mientras que Hans acabará presa de un estado depresivo que lo llevará de vuelta a casa, un Apolo fracasado y un Dionisos enloquecido. Hans andará perdido entre migrañas y una profunda apatía en lo que pasará los días solo animado por su contacto con la Naturaleza. Se nos muestra ya como un adolescente alienado que, como dice Hesse, había perdido algo fundamental en ese momento del ciclo vital: sentido y meta. Hesse utiliza también los sueños para reflejar el estado anímico de Hans.

Presa de esta alienación Hans se irá precipitando en el abismo entre un difícil acceso al amor y la sexualidad, reflejado en una corta pero intensa historia con Emma, la sobrina del vecino, el zapatero Flaig, quien siente un genuino aprecio por el muchacho, y una entrada abrupta en el mundo adulto en un taller de mecánica, y en el que en una noche de juerga, no se sabe bien cómo, le llevará a caer en el río y morir ahogado.


El dramático final de Bajo las ruedas, puede entenderse más metafóricamente como la historia de un niño a quien se le arrebató pronto la infancia, llegando a la adolescencia con un peso de responsabilidad y expectativa excesivos para una edad en la que, fundamentalmente, es necesario acompañar al joven en la penetración de la vida y sus límites, entre la exploración curiosa y la responsabilidad reflexionada, no impuesta. Como dice el zapatero Flaig a su padre respecto a todos aquellos que asisten al funeral y quisieron ayudarle a ser “grande”: “Ahí van unos cuantos señores – murmuró – que han ayudado a traerle hasta aquí”.

 

IV. LA ACTUALIDAD DE BAJO LAS RUEDAS.
 
El animal arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para ser a su vez amo, sin saber que todo  es una fantasía engendrada por un nuevo nudo en el látigo del amo. (Franz Kafka)

Más de un siglo después de su publicación, Bajo las ruedas conserva una sorprendente actualidad. Es cierto que el sistema educativo contemporáneo no se presenta ya, al menos en nuestras sociedades, con la dureza disciplinaria que Hesse describe en la Alemania de comienzos del siglo XX. Sin embargo, la lógica profunda que denuncia la novela no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de rostro. Allí donde antes encontrábamos la severidad del Estado, del seminario, del padre o del director de escuela, encontramos hoy nuevas formas de presión: la exigencia de rendimiento constante, la competitividad temprana, la ansiedad por el futuro, la necesidad de destacar, de acumular méritos, de construir desde muy pronto una identidad eficaz, adaptable y productiva que, además, se ve aumentada por las redes sociales, los influencers, youtubers y demás...

En este sentido, Hans Giebenrath sigue siendo una figura inquietantemente cercana. Su tragedia no consiste únicamente en fracasar académicamente, sino en haber sido reducido demasiado pronto a la función de cumplir expectativas. Hans no es mirado como un ser en formación, sino como una promesa de éxito. No se le acompaña en su crecimiento, básicamente se le empuja y se le exige. Su inteligencia, que podría haber sido un espacio de apertura al mundo, se convierte en una carga. Su sensibilidad, que podría haber sido fuente de creatividad y profundidad, se transforma en fragilidad culpable. Su adolescencia, que debería haber sido un tiempo de búsqueda, tanteo y descubrimiento, queda sometida a una idea estrecha de destino.

Por otro lado, Hermann Heilner es el adolescente cuya energía de penetración en la vida acaba diluyéndose en una rebeldía confrontativa que comparte con la domesticación la falta de sentido y meta (recordemos a Holden Caufield, el protagonista de "El guardian entre el centeno" de J. D. Salinger). El Dionisos enloquecido es la otra cara de la moneda del Apolo fracasado. También nos recuerda a Charles Daton, el joven rebelde de las película "El club de los poetas muertos" .

La actualidad de Bajo las ruedas se deja ver también en la creciente fragilidad psíquica de muchos adolescentes sometidos a una presión que, aunque más invisible que la descrita por Hesse, no por ello resulta menos intensa. Hoy no siempre hace falta un padre autoritario o un profesor implacable. A veces basta con una cultura entera que repite, de formas sutiles, que hay que ser brillante, competitivo, atractivo, resiliente, exitoso y feliz. O de padres que bajo esta presión social creen que eximir al hijo de los límites adecuadamente colocados y manejados que también necesitan, acaban pidiendo a los profesores que aprueben a sus hijo como sea… La antigua disciplina externa se ha convertido, en gran parte, en autoexigencia. El látigo ya no siempre viene de fuera, sino que muchas veces habla desde dentro, incluso entre adolescentes que parecen tomar una dirección contraria bajo el aparente camino de la rebeldía, o ocultada bajo las formas pasivas del pasotismo.

Por eso la historia de Hans y Hermann no pertenece solo al pasado. Nos interpela todavía porque muestra lo que ocurre cuando el alma adolescente no encuentra un espacio suficientemente amplio para desplegar sus contradicciones. Entre Apolo y Dionisos, entre la necesidad de la fiorma social y la necesidad del fondo de la vida, entre la responsabilidad y la exploración, el joven necesita algo más que exigencia: necesita presencia, escucha y acompañamiento. Necesita adultos que no lo conviertan en proyecto, trofeo o reparación narcisista de sus propias frustraciones, sino que sepan sostener la incertidumbre de su crecimiento.

Bajo las ruedas sigue siendo, así, una obra profundamente necesaria. Su denuncia no se dirige solo contra una escuela concreta o contra una época determinada, sino contra toda forma de cultura que, en nombre del éxito, de la utilidad o de la excelencia, olvida que el desarrollo humano no puede reducirse a rendimiento. Hesse nos recuerda que hay jóvenes que no fracasan porque sean débiles, sino porque han sido cargados con un peso que no les correspondía llevar. Y nos obliga a preguntarnos, todavía hoy, cuántos Hans Giebenrath y Hermann Heilner siguen cayendo bajo las ruedas de nuestras mejores intenciones.

NOTAS

[1] Hesse, Hermann. Bajo las ruedas. Alianza editorial. Todas las citas del libro corresponden a esta version.




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J. D. SALINGER: 

EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO. Sobre la adolescencia.











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