viernes, 5 de junio de 2026

BAJO LAS RUEDAS (Hermann Hesse, 1906): Adolescente, educación y sociedad

Bajo las ruedas (1906) es una de las primeras obras de Hermann Hesse. De naturaleza autobiografica, se erige como una crítica demoledora al sistema educativo de su tiempo. A pesar de estar situada a inicios del siglo XX su reflexión es perfectamente vigente en la actualidad en la manera de reflexionar la relación descompensada entre el impulso vital del niño y del adolescente en relacion con las expectativas que hay sobre él, tanto a nivel familiar, como escolkar y de su incorporación en la sociedad. 


Dice Hermann Hesse en Bajo las ruedas:


... el colegio tiene que vencer, romper y reducir por la fuerza al hombre natural. Su misión es convertirle, según los principios que acepta la autoridad, en un miembro útil de la sociedad, y despertar en él las cualidades cuyo desarrollo total vendrá a coronar y terminar la cuidadosa disciplina del cuartel. [1]


Hay en estas palabras de Hesse, incluso hoy en día, donde las cosas no parecen ser tan duras como en esos principios del siglo XX, una relación en que la escuela es mostrada como un intermediario entre el individuo y el Estado. En su libro, Hesse nos muestra la adolescencia como el conflicto que se establece entre el arquetipo del héroe y su querer penetrar en la vida, y el arquetipo de la persona en su esfuerzo por colectivizar al joven adolescente, por reducirle a lo que la sociedad, es decir, el Estado – como dice Hesse -, quiere que sea.


I. NACER CON EL DESTINO MARCADO: LA EXPECTATIVA DE LOS OTROS.


En Bajo las ruedas, su protagonista, Hans Giebenrath, es el muchacho dotado e inteligente que, no obstante, ya tiene su destino escrito, y que como se dice en el libro: “… su futuro estaba determinado y decidido. Porque en Suabia, a menos que los padres sean ricos, no hay más que un camino estrecho: el seminario menor a través del landexamen, de allí al seminario de Tubingen, y luego al púlpito o a la catedra”. [2]

 

Por otro lado, también podemos observar la presión de su entorno para que se saque la plaza que implica este difícil examen. Desde su padre, pasando por el director de la escuela, el párroco, el zapatero, y todo el pueblo en general, Hans está sometido a todo tipo de presiones. La generación de esta expectativa, y el miedo a fracasar, es algo que lleva con gran ansiedad.  De la misma manera, y como ocurre, en ocasiones, con niños y adolescentes dotados y brillantes, la segregación, cuando no la burla o el bullying que sufren por parte de sus compañeros es otra conscecuencia a tener en cuenta. Observamos esta presión que sufre Hans en un sueño que nos es narrado un día antes de pasar el landexamen:


Se veía en el examen con los ciento diecisiete compañeros; el examinador se parecía a veces al párroco del pueblo, y otras a su tía, y le ponía delante montones de chocolate que él tenía que comer. Y mientras él lo hacía entre lágrimas, veía a los demás levantarse uno a uno y desaparecer tras una pequeña puerta. Todos habían terminado su montón; el suyo, en cambio, crecía ante sus ojos, desbordándose sobre la mesa y el banco como si fuera a ahogarle. [3]


El material del sueño parte de cómo Hans tiene que comerse el chocolate que le da su tía, cuando en realidad a él no le gusta. Pero es incapaz de decir justamente eso, de decir no. Hans no puede decepcionar, como no puede decepcionar a la exigencia de su padre ni a la del párroco del pueblo ni a la del director de la escuela, todos ellos poniendo sus expectativas sobre él, enfatizando lo importante que es que cumpla con su deber y su destino. Es esa presión del padre y de los profesores lo que le ahoga: fracasar es decepcionarlos a todos.

 

El padre de Hans, el director de la escuela, sus profesores, el párroco, todos ellos se convierten, de una manera más o menos explícita, en “guías” ue imponen su visión a Hans, que le estrechan tanto el camino de exploración y descubrimiento de la vida, que acaban por ahogarle con su demanda de éxito. No hay nada que explorar cuando una vida ya está determinada, cuando ya está escrita: la vida es un deber a cumplir. Ese es el chocolate que tiene que tragarse Hans, y el chocolate que pesa en su interior a través de un superyó demoledor: una demanda sobre él de las expectativas de los mayores que no cesa, y que se ha convertido en su propia demanda. Hans es el adolescente que, bajo la presión social, se identifica excesivamente con la persona, sacrificando ese elemento vital y aventurero de la adolescencia que implica el héroe.

II. APOLO Y DIONISOS: ENTRE LA PERSONA Y EL HÉROE.

En el libro de Hesse, Hans tendrá su opuesto dionisíaco en un alumno llamado Hermann Heilner, “el alocado y el sensato, el poeta y el empollón”. En todo caso, Hesse define muy bien lo que sucede en la adolescencia: “el imperceptible desvanecerse del alma infantil, en parte la abundancia aun sin canalizar de energías, ilusiones y deseos, y finalmente el ímpetu oscuro e incomprendido de la pubertad”. [4]


Efectivamente, este último punto es el resultado del choque de la adaptación social y la necesidad de penetrar en la vida del joven adolescente. Heilner representa muy bien el adolescente en ese conflicto, mientras Hans corresponde más al adolescente excesivamente domesticado. Tras suceder un conflicto que los aleja (no por ellos, sino por el miedo que ejerce la institución marcando al rebelde Heilner y segregándolo de sus compañeros), ambos renuevan su amistad. Heilner parece remover en Hans este espíritu rebelde y poco conformista y que, como bien dice Hesse, no suele ser del agrado del mundo institucional, y que en el caso que nos ocupa, asiste a ello con gran preocupación. Hesse hace una descripción demoledora al respecto:


Así se repite, de colegio en colegio, el espíritu de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año, [5]


La relación de Hans con Heilner le lleva a contactar con su parte más dionisíaca, y el “adolescente domesticado” en el que se estaba convirtiendo se rebela y quiere dirigirse, siguiendo a Goethe, hacia las alturas del espíritu. Su rendimiento académico empeora, pero su satisfacción y alegría interna se incrementa. Sin embargo, ni Hans ni Heilner pueden sostener la situación que un Sistema implacable ejerce en estas situaciones y que, en lugar de acompañamiento y guía, sólo ofrece, como se dice en la película El club de los poetas muertos: Tradición (es decir, inmovilismo), Honor (es decir, sometimiento), Disciplina (es decir, obediencia incuestionada) y Grandeza (es decir, ambición). La rebeldía temeraria de Heilner le lleva a su expulsión, mientras que Hans se hunde presa de un conflicto (entre Apolo y Dionisos) que su alma ya no puede sostener:


… el sufrimiento de un alma que se hunde y ahogándose, lanza miradas angustiadas y desesperadas. A ninguno se le ocurría pensar que el colegio y la bárbara ambición de un padre y unos profesores habían llevado a tal situación a un ser tan frágil. ¿Por qué le habían hecho estudiar hasta altas horas de la noche en los que le habían quitado sus conejos, alejado de sus compañeros de colegio, prohibido la pesca y los paseos, e inculcado el ideal vacío y rastrero de una ambición mediocre y devoradora? ¿Por qué no le habían dejado disfrutar ni siquiera después del examen de sus bien merecidas vacaciones? Ahora el espoleado caballito yacía en la cuneta y no servía para nada. [6]


III. EL COLAPSO: EL HUNDIMIENTO DEL ESPIRITU.

Finalmente Heilner será expulsado presa de un yo dionisíaco carente de límite, soberbio y falto de la prudencia necesaria, mientras que Hans acabará presa de un estado depresivo que lo llevará de vuelta a casa, un Apolo fracasado y un Dionisos enloquecido. Hans andará perdido entre migrañas y una profunda apatía en lo que pasará los días solo animado por su contacto con la Naturaleza. Se nos muestra ya como un adolescente alienado que, como dice Hesse, había perdido algo fundamental en ese momento del ciclo vital: sentido y meta. Hesse utiliza también los sueños para reflejar el estado anímico de Hans.


Presa de esta alienación Hans se irá precipitando en el abismo entre un difícil acceso al amor y la sexualidad, reflejado en una corta pero intensa historia con Emma, la sobrina del vecino, el zapatero Flaig, quien siente un genuino aprecio por el muchacho, y una entrada abrupta en el mundo adulto en un taller de mecánica, y en el que en una noche de juerga, no se sabe bien cómo, le llevará a caer en el río y morir ahogado.


El dramático final de Bajo las ruedas, puede entenderse más metafóricamente como la historia de un niño a quien se le arrebató pronto la infancia, llegando a la adolescencia con un peso de responsabilidad y expectativa excesivos para una edad en la que, fundamentalmente, es necesario acompañar al joven en la penetración de la vida y sus límites, entre la exploración curiosa y la responsabilidad reflexionada, no impuesta. Como dice el zapatero Flaig a su padre respecto a todos aquellos que asisten al funeral y quisieron ayudarle a ser “grande”: “Ahí van unos cuantos señores – murmuró – que han ayudado a traerle hasta aquí”.

 

IV. LA CTUALIDAD DE BAJO LAS RUEDAS.
 
El animal arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para ser a su vez amo, sin 
saber que todo  es una fantasía engendrada por un nuevo nudo en el látigo del amo. (Franz Kafka)

Más de un siglo después de su publicación, Bajo las ruedas conserva una sorprendente actualidad. Es cierto que el sistema educativo contemporáneo no se presenta ya, al menos en nuestras sociedades, con la dureza disciplinaria que Hesse describe en la Alemania de comienzos del siglo XX. Sin embargo, la lógica profunda que denuncia la novela no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de rostro. Allí donde antes encontrábamos la severidad del Estado, del seminario, del padre o del director de escuela, encontramos hoy nuevas formas de presión: la exigencia de rendimiento constante, la competitividad temprana, la ansiedad por el futuro, la necesidad de destacar, de acumular méritos, de construir desde muy pronto una identidad eficaz, adaptable y productiva que, además, se ve aumentada por las redes sociales, los influencers, youtubers y demás...

En este sentido, Hans Giebenrath sigue siendo una figura inquietantemente cercana. Su tragedia no consiste únicamente en fracasar académicamente, sino en haber sido reducido demasiado pronto a la función de cumplir expectativas. Hans no es mirado como un ser en formación, sino como una promesa de éxito. No se le acompaña en su crecimiento, básicamente se le empuja y se le exige. Su inteligencia, que podría haber sido un espacio de apertura al mundo, se convierte en una carga. Su sensibilidad, que podría haber sido fuente de creatividad y profundidad, se transforma en fragilidad culpable. Su adolescencia, que debería haber sido un tiempo de búsqueda, tanteo y descubrimiento, queda sometida a una idea estrecha de destino.

Por otro lado, Hermann Heilner es el adolescente cuya energía de penetración en la vida acaba diluyéndose en una rebeldía confrontativa que comparte con la domesticación la falta de sentido y meta (recordemos a Holden Caufield, el protagonista de "El guardian entre el centeno" de J. D. Salinger). El Dionisos enloquecido es la otra cara de la moneda del Apolo fracasado. También nos recuerda a Charles Daton, el joven rebelde de las película "El club de los poetas muertos" .

La actualidad de Bajo las ruedas se deja ver también en la creciente fragilidad psíquica de muchos adolescentes sometidos a una presión que, aunque más invisible que la descrita por Hesse, no por ello resulta menos intensa. Hoy no siempre hace falta un padre autoritario o un profesor implacable. A veces basta con una cultura entera que repite, de formas sutiles, que hay que ser brillante, competitivo, atractivo, resiliente, exitoso y feliz. O de padres que bajo esta presión social creen que eximir al hijo de los límites adecuadamente colocados y manejados que también necesitan, acaban pidiendo a los profesores que aprueben a sus hijo como sea… La antigua disciplina externa se ha convertido, en gran parte, en autoexigencia. El látigo ya no siempre viene de fuera, sino que muchas veces habla desde dentro, incluso entre adolescentes que parecen tomar una dirección contraria bajo el aparente camino de la rebeldía, o ocultada bajo las formas pasivas del pasotismo.

Por eso la historia de Hans y Hermann no pertenece solo al pasado. Nos interpela todavía porque muestra lo que ocurre cuando el alma adolescente no encuentra un espacio suficientemente amplio para desplegar sus contradicciones. Entre Apolo y Dionisos, entre la necesidad de la fiorma social y la necesidad del fondo de la vida, entre la responsabilidad y la exploración, el joven necesita algo más que exigencia: necesita presencia, escucha y acompañamiento. Necesita adultos que no lo conviertan en proyecto, trofeo o reparación narcisista de sus propias frustraciones, sino que sepan sostener la incertidumbre de su crecimiento.

Bajo las ruedas sigue siendo, así, una obra profundamente necesaria. Su denuncia no se dirige solo contra una escuela concreta o contra una época determinada, sino contra toda forma de cultura que, en nombre del éxito, de la utilidad o de la excelencia, olvida que el desarrollo humano no puede reducirse a rendimiento. Hesse nos recuerda que hay jóvenes que no fracasan porque sean débiles, sino porque han sido cargados con un peso que no les correspondía llevar. Y nos obliga a preguntarnos, todavía hoy, cuántos Hans Giebenrath y Hermann Heilner siguen cayendo bajo las ruedas de nuestras mejores intenciones.

NOTAS

[1] Hesse, Hermann. Bajo las ruedas. Alianza editorial. Todas las citas del libro corresponden a esta version.




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J. D. SALINGER: 

EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO. Sobre la adolescencia.











EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS: la relación maestro-discípulo.


 

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