jueves, 25 de junio de 2026

JOCELYN POOK: SOBRE ESTA ROCA (Upon this rock, 2001). El lamento del derviche, el lamento de existir.

 

Oh rey, soy tu derviche, 

soy tu derviche con el corazón herido, 

soy a la vez tu extraño y tu pariente, 

soy a la vez tu extraño y tu pariente.

 

Conocí a Jocelyn Pook (Birmingham, Reino Unido, 14 de febrero de 1960) en 1999, cuando, viendo la película de Stanley Kubrick Eyes Wide Shut, me quedé sorprendido por la música que acompañaba la conocida escena del ritual en la mansión Somerton, donde un personaje cubierto con una capa roja y una máscara veneciana, y portando un báculo, está rodeado de un círculo de once mujeres, también con capa y máscara, y de todo un conjunto de observadores, asimismo con capa negra y distintas máscaras venecianas. El ritual sigue hasta llegar a un momento en el que las mujeres se quitan la capa, quedando desnudas. Rápidamente quise saber de quién era aquella pieza: era Masked Ball (Baile de máscaras), de Jocelyn Pook. Me interesé de inmediato por su obra y desde entonces quedó como una de mis compositoras modernas más apreciadas.

Fue dos años después, en 2001, cuando apareció su álbum Untold Things (Cosas no contadas), un maravilloso trabajo que expone la gran sensibilidad de Jocelyn, unida a una extraordinaria creatividad. Todas las piezas de este álbum son excepcionales y una gran muestra de lo que podemos considerar una hipnótica mezcla de música clásica y de vanguardia, junto a cantos tradicionales de Oriente Medio y Asia. De entre todas sus piezas, sentí cómo me estremecía escuchar Upon This Rock (Sobre esta roca), como me sigue estremeciendo cada vez que la escucho. Todo en ella se transforma en “algo” envolvente: las voces que interpretan unos versos dichos en persa, la tonalidad que parte del lamento y acaba en el éxtasis a través de un acompañamiento musical in crescendo, en especial desde las cuerdas…Recuerdo que, para intentar desentrañar este “algo” al que me refiero, escuché la obra en numerosas ocasiones con los ojos cerrados, dejando que simplemente la música se reflejara en mi conciencia, en lo que yo llamo una escucha contemplativa, a la vez que también seguía, de la misma manera, las oscilaciones de mi mundo emocional. Para quienes queráis seguir el comentario con la música, os dejo un vídeo de YouTube con la grabación original de esta pieza:





I. EL LAMENTO  (0-1'52")

El inicio, el largo inicio de la pieza, es una voz que, elevándose sobre el sonido de las cuerdas y, especialmente, del qanun —instrumento de cuerda horizontal propio de Oriente Medio—, nos transmite un profundo lamento, esa expresión que surge de un dolor hondo, de una aflicción del alma. El lamento, en un sentido profundamente existencial, es la percepción de sentirse separado del origen, la añoranza vinculada a la ausencia de algo a lo que sentimos que pertenecemos profundamente y de lo que nos sentimos apartados. Es una experiencia que hallamos, de distintas maneras, en muchas tradiciones espirituales: la noche oscura del alma o el sentirse abandonado por Dios en el cristianismo, el Tzimtzum u ocultamiento de Dios en la tradición judaica, o el dolor del exilio en el islam, del que Rumi es un claro exponente. 

En un sentido más básico, pero no por ello menos importante y existencial —y, en cierta manera, relacionado con los ejemplos de las tradiciones espirituales—, encontramos el llanto del bebé cuando reclama a la madre, espacio contenedor del que se siente expulsado, iniciando esa dinámica con la que nuestra vida empieza: ese sentimiento de ida y vuelta que va de la completud a la incompletud y que quedará como una marca en nuestra psique. En mi escucha personal sentía esa añoranza, esa “expulsión del paraíso”, como una experiencia real del progresivo ocultamiento de la completud que la imagen materna nos ofrece, y que se constituye, desde ese momento inicial del nacimiento, en ese sentirse “arrojado a la existencia” - por decirlo con Heidegger -. Una experiencia básica por la que la existencia se configura como separación de un origen añorado.



El músico Sirio Abdullah Chhadeh tocando el quanun.

Hace ya unos años, y tras escuchar una pieza del intérprete de duduk Levon Minassian, titulada Pourvu que ma mère - Siempre que mi madre -, escribí una serie de poesías titulada Ecos de maternidad. Decía en la primera de ellas —traducida del original en catalán—:

                                           No hables todavía, no digas nada todavía,

                                                sólo abandona tu rostro en el mío,

                                                y deja pesar los párpados sobre tus ojos,

                                                y pesar tus labios... sólo con tu silencio.

                                                Yo no diré nada y sólo te miraré,

                                                así dormida, y yo contemplándote.

 

                                                Sólo tú y yo en el silencio,

                                                sintiendo que a través de tu sueño

                                                quisiera huir y ya no volver más...

                                                Madre, fuera agoniza una tierra herida,

                                                                                      la tierra sangra,

                                                y yo tengo miedo y no querría volver más.


II. LA PALABRA  (1'52-2'42")

Tras el lamento sigue la palabra, la expresión de ese lamento, en versos del poeta y místico sufí del siglo XI) Abu Sa-id Abu'l-khayr, y en el que el derviche experimenta ese dolor del "corazón herido", ese sentimiento de lejanía y cercanía, esa sensación tan particular de extrañeza y parentesco:


                                          Ei Shah, darvishet manan            Oh rey, soy tu derviche, 

                                          Darvish-e del rishet manam          soy tu derviche con el corazón herido, 

                                          Biganeh o khisht manam              soy a la vez tu extraño y tu pariente, 

                                          Biganeh o khisht manam              soy a la vez tu extraño y tu pariente.


En el mundo sufí, los derviches son una hermandad del misticismo del Islam, que se caracteriza por la práctica del ascetismo, la humildad y la pobreza voluntaria. En persa "darvish" significa "pobre", también "mendigo". Nos encontramos una vez más con algo estrechamente relacionado con aquel que busca (el derviche es un buscador) la conexión con lo divino, y cuya separación se experimenta, como dicen los versos, como un "corazón herido", un algo que yo expreso como que para percibir lo grande hay que hacerse pequeño. Lo infinito solo se puede percibirse desde lo ínfimo. La lejanía, paradójicamente, es también cercanía. En este proceso se experimenta esa sensación, como dicen los versos, de ser extraño a la vez que pariente.



Parvin Cox, la gran voz de Upon this rock, cantante iraní especializada 
en la música tradicional y folclórica de la región de Bakthiari y de la mística sufí.

En mi escucha personal, la sentida interpretación a través de la voz de Parvin Cox sobre el fondo más intenso de las cuerdas (violines, celo), me transmitía esa sensación de aflicción angustiante de que el ser arrojado a la existencia me alejaba de una madre que iba más allá de mi madre terrena. Sentía que mi "corazón herido" se relacionaba con una ausencia, con un inasible del que mi madre era una sencilla encarnación, ella también tan humana como yo, tan arrojada a la existencia como yo. Añoraba un estado anterior a la separación, una especie de no-ser entendido como reposo, como pertenencia indiferenciada a un origen.  En ese sentido, esa percepción de lo materno con un estado era justamente lo que sentía extraño y pariente. En mis ecos de maternidad aparecía como "piezas de un rompecabezas que ya no sabría unir". Dicen sus versos:

                                                        Te veo como el reflejo en un cristal,
                                                        vaga y transparente, y me pregunto
                                                        si no serás un espectro de mi imaginación.
                                                        Atraviesa mi mirada tu cuerpo de cristal,
                                                        que se revela ahora roto
                                                        entre hojas verdes y ramas entrecruzadas.
                                                        Te desvanecías entre ellas en fragmentos
                                                        que disgregaban tu imagen como piezas
                                                        de un rompecabezas que yo no sabría unir,
                                                        y así recuperarte.
                                                        Y temía perder tu reflejo en el cristal,
                                                        y quedarme solo, madre, en esta tierra herida,
                                                        en esta tierra sangrienta,
                                                        y yo tenía miedo y ya no querría volver más.

III. LA RESPUESTA (2'42"-4'15")

La búsqueda de la Verdad es la primera etapa para hallarla, después de buscar se advierte que la verdad también ha estado buscando al buscador. (El Camino del Sufí. Idries Shah)

Tras un crescendo de los violines que funciona a modo de advertencia, como anuncio de algo que está por llegar, al lamento de la voz de Parvin Cox se unen otras voces de características muy distintas. Se diría que tienen casi una cualidad de inocencia infantil, y parecen acoger el lamento con un júbilo contenido. Es el momento del encuentro de lo ínfimo con lo infinito, del yo con aquello que lo excede y de lo que, al mismo tiempo, forma parte: del extraño y el pariente. Es un momento importante en el que se comprende que nunca ha existido tal separación, o que esta estaba motivada por un exceso de soberbia y una falta de comprensión: los extraños hemos sido nosotros.

Por eso, en la segunda parte de este fragmento, solo se escuchan esas voces acogedoras y jubilosas, junto al acompañamiento también jubiloso de los violines. Cesa el lamento, y el yo calla y escucha. Ya no busca, ya no indaga, ya no persigue… sencillamente escucha, en ese sentido tan bello de la etimología de escuchar: inclinarse para prestar oído, algo que solo puede acompañarse del callar humilde.


Las vocalistas

En mi escucha personal, sentía con esas voces que la separación es ficticia. O, dicho de otra manera, que solo separado, y como diverso en lo diverso, pertenezco al todo. Que el factor de separación es el que anida en mi vivencia como falta, y que la falta es mía y no del mundo. El yo es ávido con su falta; incluso es ávido en la búsqueda. Es esa misma avidez la que no le deja ser encontrado.

Al mundo ni le falta ni le sobra nada: es como es, y está aquí y ahora. Solo a través de mi avidez era yo el extraño, el que se alejaba de su parentesco con el mundo. En una serie de poesías posteriores escribía los siguientes versos —traducidos del original en catalán—:

                                Poco a poco he ido comprendiendo que la existencia es desequilibrio,
                                y que la conciencia es una oportunidad para el equilibrio.
                                Solo el desequilibrio genera movimiento.,
                                y solo la conciencia que se abandona al silencio equilibrio,
                                la matriz sobre la que todo sucede y en el que todo se revela.

IV. LA CONJUNCIÓN (4'15"-5'12")

La última parte podemos llamarla la conjunción. Las voces y la música se reúnen en un crescendo de júbilo y éxtasis. Cuando escuchaba esa parte, vinieron a mí las imágenes de los primeros derviches giróvagos que vi en Turquía y la impresión que me causaron. Alguien decía de la danza de los derviches que era como un ciclón en el que todo el cuerpo está en movimiento. Es fluido y dinámico, pero en el centro la conciencia observa en silencio, sin alteraciones y sin distracciones.

En la danza derviche se dan la mano, con una misteriosa serenidad, el éxtasis y la armonía, el júbilo y la serenidad, y todo ello recorrido por el centro de la conciencia. En su baile parece recogerse el baile de los átomos que Rumi cantaba en sus versos; y no solo el baile de los átomos, sino también el giro de los astros sobre sí mismos, el giro de los planetas alrededor de las estrellas y el de estas en el seno de las galaxias, un universo danzante en el que se da el encuentro de la armonía con la ley física. La elegancia de la fórmula encontrándose con la elegancia del movimiento. La elegancia como delicada expresión de la reunión del éxtasis y la conciencia, del júbilo con la serenidad.



Jocelyn Pook

En mi experiencia personal, sentía el encuentro del yo con el mundo en toda su extensión, una experiencia que más tarde trasladé a los siguientes versos —traducidos del original en catalán—:

                                                    Cuando la mirada se pierde
                                                    en la lejanía del horizonte y no la ansía,
                                                    cuando la mirada reposa en la línea inalcanzable,
                                                    la conciencia es centro y sincronía entre yo y el mundo.
                                                    Entonces se dibuja una sonrisa ante lo inefable,
                                                    y del anonadamiento surge entonces la compasión
                                                    para sostener también el dolor que,
                                                    entre la vida y la muerte, acompaña el existir.

V. UNA REFLEXIÓN FINAL.


Jocelyn Pook
Esta pieza de Jocelyn Pook pone de relieve que hay un cierto arte —especialmente, para mí, en la música y la poesía— que se erige como un lenguaje que empieza donde acaba el lenguaje de la ciencia y la filosofía, aunque en esta última haya excepciones: Kierkegaard, Nietzsche, algunos pasajes de Schopenhauer, de Heidegger o de Cioran. Es un lenguaje en el que lo general traspasa un límite y entra en lo particular, en lo psicológico, en el encuentro de lo subjetivo con lo objetivo. Este tipo de arte tiene que ver con el encuentro de la conciencia, y también con una conciencia no ordinaria (lo que normalmente se llama inconsciente) con lo inasible, con lo inalcanzable, y que, no por ello, deja de ser expresable. Digamos que el misterio quizá no se puede aclarar, pero sí se puede expresar. La ciencia y la filosofía pretenden explicar; el arte pretende dar significado, generar un puente entre lo finito y lo infinito, aunque este sea un lenguaje muy distinto al de las dos primeras: un lenguaje particular, no general y, no obstante, fundamental para asumir el mundo que nos rodea, un mundo en el que las explicaciones no son suficientes para vivir de acuerdo con él.

Upon This Rock pertenece a ese mundo de encuentros etéreos, donde el sentimiento desplaza a la razón, no como algo superior o irracional, sino dando a entender que cada uno tiene su función y que el conocimiento se adquiere no solo a través de la razón. ¿Subjetividad? Sí. Y, sin embargo, con una gran resonancia significativa. En el primer comentario que abrió este blog, hace ya prácticamente doce años, titulado “Sobre la idea de la resonancia poética”, hablaba de ese encuentro de la poesía con la música y decía:

La música, como compañera de la palabra, sutil contorno del alma de la palabra, acerca más esa alma colectiva a nuestra alma concreta, la tuya o la mía. La música dota a la palabra y al tono de una especial vibración que parece hacer sentir de manera distinta lo que sabemos y, más aún, nos acerca a sentir lo que desconocemos, como si la música dotara en ocasiones a la palabra de una profundidad inconsciente en ella, que la completa y la desborda a la vez. Esa misma profundidad, al final, que le transmite a la palabra poética esa primera y última música que es el silencio, el contorno primero y último del alma.

Upon This Rock es un ejemplo precioso y profundo de estas palabras.











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