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... creo que soy el ser más miserable y desgraciado del mundo. Imagínate a un hombre cuya salud nunca volverá a ser la que era y que, de pura desesperación por ello, no hace más que empeorar las cosas en vez de mejorarlas; imagínate a un hombre, te digo, cuyas más luminosas esperanzas se han desvanecido, a quien la felicidad del amor y la amistad no tenga nada que ofrecer salvo dolor, como mucho, cuyo entusiasmo (al menos de tipo estimulante) por todas las cosas bellas amenaza con desaparecer, y te pregunto, ¿no es un ser miserable y desdichado?
Mi paz ha desaparecido, mi corazón está doliente, no la encontraré ya nunca más; bien, puedo cantar todos los días, cada mañana no hace sino recordarme la aflicción de ayer. [3]
Esta vivencia de sí mismo como “el ser más miserable y desgraciado del mundo” recuerda lo que hoy describiríamos como un estado depresivo grave, agravado por la conciencia de una enfermedad incurable y estigmatizante. Desde ahí se entiende que la muerte aparezca en muchos de sus Lieder no solo como final biológico, sino como figura ambivalente: temida y, a la vez, secretamente deseada como descanso.
En medio del resplandor de las espejeantes olas,
se desliza como los cisnes, la oscilante barca.
¡Ay!, sobre las dulces y brillantes olas de la alegría
se desliza el alma como la barca,
pues desde el cielo, sobre las olas
danza el arrebol vespertino alrededor de la barca.
El piano empieza evocando el desplazamiento suave de la barca a través de las alegres olas mientras la voz de la soprano parece surgir de sus profundidades para elevarse hacia el cielo. El rojo intenso, vespertino, nos habla del sol poniente, del rojo de las brasas que lenta, pero inexorablemente se dirigen hacia el fin. El final del camino, anunciado por el arrebol vespertino, parece ser la libración del alma del compositor presa en cuerpo y espíritu dolientes: "así ahora puedo cantar todos los días, pues todas las noches, cuando me voy a dormir, confío en no despertar ya nunca, y cada mañana me anuncia sólo la misma pena del día anterior." Sigue entonces la segunda estrofa:
Sobre las copas de los árboles del bosque que del oeste
nos saluda amistosamente el rojizo resplandor,
bajo las ramas del bosque del oeste
susurra el ácoro en el rojizo resplandor,
la alegría del cielo y la paz del bosque
respira el alma en el rojizo resplandor. [5]
Tras un breve interludio reflexivo, de notas graves del piano, estas ascienden para volver a mecer la barca del tiempo que se dirige hacia ese mítico oeste, donde el sol se pone, destino de toda vida. Y a su vez, la voz de la soprano asciende allí donde ya liberada "respira en el rojizo resplandor", libre del dolor y el sufrimiento que añora la muerte como descanso y paz al paso de los susurros de las ramas de ácoro y la calma y la paz del bosque. Me parecen, en este sentido, muy bellas las palabras que le dedica Graham Johnson a este lied:
Sin embargo, la implicación del compositor con ese mensaje es total. Es una de esas pocas canciones estróficas donde el significado está integrado en las repeticiones: los seres humanos son pasajeros efímeros a bordo de esta barcaza del tiempo, mecidos sin cesar por las aguas uterinas de la vida. La canción parece haber estado siempre resonando en algún lugar, y el compositor la ha extraído del aire, antes de liberarla una vez más hacia el infinito. [6]
En el plano psicológico, este deslizamiento del alma sobre las aguas recuerda la oscilación entre Eros y Thanatos de la que hablará Freud un siglo después: la pulsión de vida que sigue creando belleza y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte que imagina el descanso absoluto. La música convierte esa tensión en algo tolerable, casi gozoso.
Si en Auf dem Wasser zu singen la muerte se dibuja como un horizonte de liberación serena, en nuestro siguiente lied, Das Zügenglöcklein Schubert se detiene en la oscilación entre el apego a la vida y el deseo de descanso definitivo.
... una canción hipnótica que pertenece al apogeo de la madurez de Schubert. Lo que podría resultar incómodamente sentimental y empalagoso por la letra (el poeta Seidl, gran admirador de Goethe, era miembro del círculo y un joven de 22 años) se transforma en una obra de arte gracias a la fuerza arrolladora de la personalidad musical del compositor, que une palabra y sonido en una sola corona circular, principio y fin entrelazados. [8]
La campanilla del viático marca precisamente ese umbral donde se cruzan el anhelo de seguir viviendo y el deseo de acabar con el sufrimiento. Schubert parece escuchar en ese tintinear no solo la llamada religiosa, sino la puesta en juego de dos fuerzas opuestas: el apego a la vida y la tentación del abandono.
Inicia el compositor el lied con una preciosa melodía como suave introducción del piano a la delicadeza y la fragilidad con la que se contempla el contraste entre la vida y la muerte, entre la vida dichosa que anhela seguir en la vida, y la vida dolorosa que anhela acabar con el sufrimiento en la muerte y, finalmente, de la creación de belleza, como hizo Schubert, entre esta tensión. La delicadeza de esta introducción funciona a manera de mini-preludio que nos anuncia la templanza con la que esa tensión requiere ser abordada.
Desde esa templanza y delicadeza, se da entonces la aparición de la voz de la soprano flotando sobre el piano, entre cuyas notas suena la campanilla, para empezar con la primera estrofa de la poesía de Seidl, donde se da a la muerte el sentido de la paz y, a la vez, del equilibrio con el mundo en tanto es en él donde se da el encuentro entre vida y muerte, dolor y placer, soledad y amor, opuestos polares que se necesitan.
¡Suena la noche, suena
brindando dulce paz,
a aquel por quien suenas!
Resuena en la lejanía,
así el peregrino gustosamente
se reconcilia con el mundo. [9]
Como ocurre con el resto de estrofas, tras el último verso, recitado dos veces, el piano se extiende como para cerrar y abrir al mismo tiempo la siguiente estrofa donde se aborda el miedo y la nostalgia de partir hacia ese desconocido viaje con el que se afronta la muerte. Poco a poco, las notas del piano y la voz inician un crescendo para alcanzar su cenit en los dos últimos versos que afrontan ese umbral: "tiembla en el umbral /cuando escucha: «¡Adelante!»"
Pero, ¿quién quiere marchar
hacia los seres queridos
que se fueron antes?
Aquel por el que sonó la campanilla
tiembla en el umbral
cuando escucha: "¡Adelante!"
Las notas del piano despiden esa fusión de miedo y nostalgia y nos preparan para la tercera estrofa donde se nos sugiere la importancia de llegar a ese momento conformado y confiado, antes que maldiciéndolo. La maldición de la llegada de la muerte, el apego rabioso a la vida que se extingue sugieren, en ocasiones, qué ha ocurrido con el tiempo de vida del que hemos dispuesto. La muerte siempre interroga a la vida. En términos heideggerianos, nos recuerda que hemos sido arrojados a una existencia que no hemos elegido, pero de la que sí somos responsables en el “cómo” vivirla. Cada repetición de los últimos versos, subrayada por el crescendo de piano y voz, suena casi como una insistencia: ¿desde qué lugar interior estás llegando tú a ese final?
¡Es válido para el hijo pródigo
para quien todavía maldice el sonido,
porque es sagrado?
No, suena más puro
para el que confía en Dios
y concluye la carrera de su vida.
La cuarta estrofa parece dedicada al propio Schubert, incidiendo en el tema que introdujimos en el comentario al anterior lied, la muerte deseada, el camino que se dirige a ella como liberadora del dolor y el sufrimiento, de la soledad (al que un fiel animal / es el único que la fe / en el mundo no le ha robado) que acaba con ese verso implorante: "¡llámale, Dios, contigo".
Pero si es algo muy cansado,
abandonado por los hermanos,
al que un fiel animal
es el único que la fe
en el mundo no le ha robado,
¡llámale, Dios, contigo!
Estrofa que se abre a la siguiente para implorar justo lo contrario: la concesión de la vida y su continuidad para aquel que disfruta "... en las alegrías del amor y la amistad". Un Schubert que, generoso, no reniega de aquellos a los que la vida se les ha abierto con más generosidad que con la suya. Todo lo contrario, les desea una "larga vida" que nos recuerda los versos de Kavafis en "Viaje a Itaca": "Pide que tu camino sea largo. / Que numerosas sean las mañanas de verano / en que con placer, felizmente arribes a bahías nunca vistas."
Y si es uno de los benditos
que participa en las alegrías
del amor y la amistad,
sigue concediéndole los placeres
bajo este sol
donde vive gustosamente.
Graham Johnson dice de este lied:
El único pensamiento permanente y unificador es el de la muerte y la compasión del observador; todo es una variación de eso. El cantante pinta un cuadro de un mundo tan dulce y hermoso que parece aún más conmovedor que alguien, en algún lugar, esté falleciendo al son de esta campana y sus resonancias schubertianas circundantes. [10]
Os dejo a continuación el lied:
Tal vez por eso estos Lieder nos conmueven aún hoy: porque, detrás de la campanilla que suena por “otro”, Schubert nos hace oír también la pregunta por nuestra propia vida, por aquello que aún queremos hacer con ella antes de que suene “nuestra” campanilla.
2. LA RESPUESTA DE SCHUBERT A LA MUERTE: LA CREACIÓN.
La respuesta de Schubert al sufrimiento y la muerte es la afirmación de la vida a traves de la creatividad. Esta fue el polo que opuso a su otro polo más profundamente melancólico y sombrío. Su actividad creadora en sus últimos cinco años fue de tal número y calidad que Eduard Hanslick, musicólogo y crítico dijo en 1872:
Si los contemporáneos de Schubert contemplaban con justo asombro su poder creativo ¿qué tenemos que hacer los que venimos detrás de él, ya que sin cesar descubrimos obras suyas? El maestro murió hace treinta años y a pesar de ello parece como si siguiera componiendo en la invisibilidad, es imposible mantenerse a su ritmo. [10]
Quisiera cerrar esta entrada con un lied no sobre la muerte sino sobre el amor, un lied bellísimo de amor que también surgió de esta tensión entre la vida y la muerte, el dolor y el placer, la soledad y el amor, la luz y la oscuridad: Du best die Ruh (Tú eres la paz) D776, cia letra pertenece al poema de Friedrich Rückert (1788 - 1866):
el deseo ardiente
y quien lo calma.
Yo te consagro
lleno de dolor y placer,
como morada
de mis ojos y mi corazón.
Penetra en mí
y cierra calladamente
tras de tí
las puertas
Aleja todo dolor
de este pecho,
Que se llene el corazón
de tu alegria.
El templo de mis ojos
por tu resplandor
solamente se ilumina,
¡oh llénalo del todo!
Dice Graham Johnson de este lied: "Du bist die Ruh posee tal serenidad interior que sugiere una experiencia religiosa trascendental que se desarrolla en la solemne y meditativa escala temporal propia de los rituales orientales. La composición es sumamente conmovedora, pero a veces parece estancarse: este tempo (un lento 3/8) confiere a la música un carácter deliberadamente repetitivo, incluso monótono: un canto o mantra, una letanía de paciencia y humildad que ensalza el amor duradero y la serenidad de una relación perdurable." [11]
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NOTAS
______________
[1] Pérez Cárceles, Fernando (traductor del alemán). Los lieder de Schubert (Vol. III). Ediciones Hiperion, pág. 363
[2] Fischer-Dieskau, Dietrich. Los lieder de Schubert. Alianza música. Citado por Pérez Cárceles en nota 1, pág. 163
[3] Gibbs, Cristopher H. Vida de Schubert. Cambridge University Press, pág.125
[4] Johnson, Graham. La muerte y el compositor, Booklet CD 11. Hyperion Schubert Edition págs. 13 y 14 https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33011
[5] Ver nota 1, pág. 363
[6) Ver nota 4, pág. 14
[7] Canetti, Elias. El libro contra la muerte. Galaxia Gutemberg, pág. 164
[8] Ver nota 4, pág. 21
[9] Ver nota 1, pág.
[9] Ver nota 4, pág. 22
[10] Ver nota 3, pág. 177
[11] Johnson, Graham. Schubert 1922-1825, Booklet CD 35. Hyperion Schubert Edition pág. 40
https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33035



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