sábado, 23 de abril de 2022

J. D. SALINGER: EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO. Sobre la adolescencia.


J. D. Salinger se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose.

Antes de que se publicara el libro, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial con trastorno de estrés postrumático; acabada la guerra nunca dejó de buscar la cura espiritual para sus heridas psíquicas. En la estela del enorme éxito de aquella novela sobre un "chaval de colegio pijo", emergió un mito: Salinger, igual que Holden, era demasiado sensible para el mundo que lo rodeaba, se consideraba por encima de todo. El resto de su vida se lo iba a pasar intentando reconciliar sin éxito estas dos versiones completamente contradictorias de sí mismo: el mito y la realidad.

El guardián entre el centeno ha vendido más de 65 millones de ejemplares y continúa vendiendo más de medio millón al año; es un libro crucial para varias generaciones, sigue siendo un tótem de la adolescencia norteamericana. [1]

El guardián entre el centeno es, junto a Bajo las ruedas, de Hermann Hesse, una de las obras fundamentales sobre esa compleja etapa del ciclo vital que es la adolescencia. Una etapa que se caracteriza por ser la transición que va de la infancia a la adultez. Ambas obras abordan tres aspectos que el adolescente deberá enfrentar en esta fase: penetración en la vida, la relación sexual / afectiva y la adaptación social, y todas ellas tienen un común denominador, una dura crítica al ejercicio del poder abusivo de los padres y de los sistemas educativos. Me parece importante comenzar este punto con las siguientes palabras sobre el trabajo de la psicoanalista infantil François Dolto: 

… se trata de un momento de mutación cuyo futuro se percibe siempre incierto. Insiste en los términos “fragilidad” y “vulnerabilidad” para calificar esta época de metamorfosis. El adolescente es como un bogavante o una langosta en el momento de la muda, afirma; como ya no tiene caparazón, acusa todos los golpes, los cuales dejarán huella bajo la nueva piel. Por consiguiente, resulta esencial mostrarse especialmente atento en el diálogo, sin imponer ni reglas ni comportamientos. 

En El guardián entre el centeno, se cita una frase del psicoanalista Wilhelm Stekel que caracteriza el gran aprendizaje de la adolescencia, y que dice: " Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansia morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella." [2] Sin embargo, y para ello, es necesario que el mundo adulto acompañe este largo proceso que va de la adolescencia a la madurez. D. W. Winnicot lo dice claramente cuando en un artículo titulado “La familia y la madurez emocional” nos dice: 

En el desarrollo sano de un individuo, cualquiera que sea la etapa que se atraviesa, lo que se requiere es una progresión sostenida, es decir, una serie bien graduada de acciones desafiantes iconoclastas, cada una de las cuales es compatible con la conservación de un vínculo inconsciente con la figura o figuras centrales, la madre o los progenitores. [3]

En las primeras páginas del libro aparece uno de los grandes conflictos que la adolescencia implica. Holden Caufield, su protagonista, un joven de diecisiete años, después de ser expulsado del colegio Pencey, y en un diálogo con el Sr. Spencer, su profesor de historia, éste le dice: “La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego." A lo que el joven, a pesar de asentir, reflexiona internamente: “De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.” Lo que en palabras del psicoanalista Luis Kancyper, implica ver la adolescencia como el fin de la ingenuidad:


La adolescencia es una de las etapas más importantes del ciclo vital humano; representa un momento trágico en la vida, "el fin de la ingenuidad".

 

El término ingenuidad denota la inocencia de quien ha nacido en un lugar del cual no se ha movido y, por lo tanto, carece de experiencia […]

 

La adolescencia es un momento trágico, porque en esta fase del desarrollo humano se requiere sacrificar la ingenuidad inherente al período de la inocencia de la sexualidad infantil y el azaroso lugar ignorado del juego enigmático de las identificaciones alienantes e impuestas al niño por los otros. Estas identificaciones deberían ser develadas y procesadas durante este período, para que el adolescente alcance a conquistar un conocimiento, un inédito reordenamiento de lo heredado, y así dar a luz un proyecto propio desiderativo sexual y vocacional. Proyecto que, logrado, estructurará y orientará su identidad, y que, al ser asumido con responsabilidad por él, pondrá fin a su otrora posición: la de una ingenua víctima pasiva de la niñez. [5]


Holden Caulfield representa justamente la dificultad de esta transición: el rechazo al mundo adulto y la añoranza de la infancia. Rechazo que Caulfield recoge cuando con su hermana Phoebe, de 10 años (uno de los personajes más bellos de la novela, y a la que Caulfield admira y quiere profundamente), representante de esa inocencia de la infancia, le dice que a él no le gusta ninguna cosa. Tras un curioso diálogo en el que Caulfield no logra decir nada, y a la insistencia de Phoebe para que diga algo que le guste mucho, dice:

 

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.


Esta es una exacta imagen de la resistencia de un joven a asumir el “fin de la ingenuidad”. Nos encontramos ante el adolescente rebelde, de carácter escéptico e irónico, sarcástico, que detesta el mundo adulto, que no se cree nada. A diferencia de Hermann Heilner, uno de los protagonistas de Bajo las ruedas, que quiere imponer una manera distinta de relacionarse con el mundo, Holden Caufield es un descreído, un delator de la hipocresía adulta pero sin un proyecto personal. Su rebeldía es una rebeldía sin causa, a diferencia de la rebeldía más "revolucionaria"  que Heilner representa en la novela de Hesse.


La dificultad de la adolescencia es el difícil equilibrio entre lo heroico (la búsqueda del propio camino), lo social (la demanda de lo colectivo) y lo afectivo sexual. Kancyper lo expresa tal y como sigue:

 

Lo que caracteriza a la adolescencia es el encuentro del objeto genital exogámico, la elección vocacional más allá de los mandatos parentales y la recomposición de los vínculos sociales y económicos. Y lo que particulariza metapsicológicamente a este período es que representa la etapa de la resignificación retroactiva por excelencia. [6]

 

En Caufield  el descreimiento y el sarcasmo ocultan que no hay elección más allá de los mandatos parentales, ni recomposición de los vínculos sociales y económicos, sino simplemente una rebeldía reactiva que niega, pero que no se reconvierte o adopta un carácter más revolucionario. Donde también observamos la dificultad del “encuentro del objeto genital exogámico”, el efecto del retraimiento de la infancia al respecto, lo encontramos en el crudo encuentro de Holden Caufield con una seca prostituta quien, después de todas las fantasías que se ha hecho, le confronta con el encuentro de un cuerpo genital demasiado abruptamente:


… se puso de pie y empezó a sacarse el vestido por la cabeza.

 

De pronto empecé a notar una sensación rara. Iba todo demasiado rápido. Supongo que cuando una mujer se pone de pie y empieza a desnudarse, uno tiene que sentirse de golpe de lo más cachondo. Pues yo no. Lo que sentí fue una depresión horrible.


El choque excesivo con el mundo adulto se salda con el adolescente alienado, como es el caso de Holden Caufield, a veces prontamente derrotado (como es el caso de Hans Giebenrath, en Bajo las ruedas), como tantos adolescentes que se alienan hoy en día en el mundo de las drogas o de internet en sus múltiples facetas, o en el mundo de los videojuegos, de relaciones afectivo-sexuales complejas, las crisis de identidad y de género, etcétera.  En ese sentido, El Guardián entre el centeno es una de las obras de adolescencia que quizá se adelantó a lo que son los grandes problemas de la adolescencia actuales y de ahí su continua vigencia.



J. D. Salinger con su hijo Matt


También podemos decir con Luis Kancyper que aquello que se silencia en la infancia suele manifestarse a gritos durante la adolescencia”, o como yo mismo suelo decir en ocasiones, la adolescencia es una de las últimas ocasiones de revertir o de flexibilizar algunos de los efectos padecidos en la infancia. Sin embargo, y en este sentido, generalmente el adolescente aun choca más profundamente con los padres, y no sólo con ellos, sino también con la sociedad, generalmente representada por la institución de la escuela. La cuestión en la adolescencia es si familia y sociedad actúan como un verdadero sostén del adolescente en su camino de la inmadurez a la madurez. Nuevamente Winnnicot pone de relieve la importancia del sostenimiento que requiere la inmadurez adolescente en su camino hacia la madurez


Parte de la idea de inmadurez adolescente como elemento esencial de la salud que no requiere otra cura que el paso del tiempo, no implica que no resulte indispensable el sostén de la familia y la sociedad… Si existe una familia que aún puedan usar, los adolescentes la usarán intensamente, y si la familia no está allí para ser usada o dejada de lado (uso negativo), se les deberá proporcionar pequeñas unidades sociales para contener el proceso de crecimiento adolescente. [7]


Sin embargo, el sostén sobre el que es deseable que crezca el adolescente no es siempre un sostén adecuado. El choque intergeneracional del adolescente con el mundo adulto suele ser complejo y deficiente.


Holden Caufield, como decía anteriormente, se corresponde con el adolescente alienado que adopta ante el mundo una posición escéptica y descreída. No es tanto que adopte una posición confrontativa desde una nueva visión que desvela lo absurdo del mundo adulto y del mundo que este ofrece, sino que opta por una especie de fatalismo en el que cualquier proyecto se perderá en ese acceso al mundo adulto. Por eso su visión como "guardián entre el centeno" obedece a evitar la caída en el abismo que supone el paso de la infancia a la adolescencia.


Hollen Caufield, como Hans Giebenrath, como los protagonistas adolescentes de la excelente película "El club de los poetas muertos" (pulsa aquí su comentario en mi blog de cine y psicología), responden a distintos tipos de respuestas de ese deficiente choque intergeneracional en el que la confrontación que su postura supone para el mundo adulto (familia, colegio, sociedad), se manifiesta de la misma manera: mediante el ejercicio abusivo del poder jerárquico, que implica a menudo la vejación psicológica: castigos, expulsiones, prohibiciones, favorecer la acusación, segregación, etcétera. O como también ocurre actualmente con un abandono, desatención y desresponsabilización (a veces bajo la forma de una aparente indulgencia y tolerancia) de la función parental. O también frente a la incongruencia de lo que se dice en las instituciones escolares y la realidad de su práctica, así como de la sociedad que les aguarda. El adolescente confronta al adolescente que un día el padre fue, o los que fueron los directores, maestros y profesores de la escuela y del mismo Estado (como denuncia con claridad Hermann Hesse). La familia y la sociedad reaccionan castigando, despreciando o ignorando el espejo que el adolescente les devuelve sobre, como dice Kancyper, “su humillante fracaso ante el incumplimiento de los ideales y las ilusiones del adolescente que había sido.”  [7]


En todo caso, y en terminología junguiana, en esta fase del ciclo vital, la maduración procede de un delicado equilibrio entre la fuerza que la vida toma en el adolescente, su voluntad de penetración regido por el arquetipo del héroe, su descubrimiento de la sexualidad y el afecto (regido por los arquetipos del anima/animus), junto a su inclusión en el entorno socio-cultural y económico (regido por el arquetipo de la persona). Equilibrio entre  individuación y socialización que comporta por parte de las figuras guías (padres, maestros y otras figuras adultas) otro ajustado equilibrio entre la exploración y el límite; entre la expansión que reclama el adolescente y, al mismo tiempo, con su dependencia; entre la confianza y la responsabilidad, y también el apoyo y el acompañamiento que requiere desde un cierto desapego amoroso, que acompaña ayudando a aprender de la propia experiencia.


- NOTA FINAL: RESONANCIA DE LA OBRA Y SOBRE SALINGER.


Durante toda su vida Salinger, que vivió recluido, lejos del mundo y celoso de su intimidad, recibió miles de cartas de jóvenes y personas de todo el mundo que veían reflejada en su obra su desconcierto. Muchos eran los que querían visitarle perturbando su deseo de soledad. Como indicaban los autores de su muy bien documentada biografía "Salinger" (ver nota 1), hoy en día aun se venden medio millón de ejemplares anuales de la obra. En este sentido, se ofrece el testimonio del periodista, escritor y conferenciante Michael Clarkson quien, en un momento de su vida, se obsesionó con esta obra y su autor. Dice Clarkson:


Fui a ver a Salinger porque sentí que me podría ayudar. No quería necesariamente que me salvara, que detuviera mi caída del acantilado. Yo estaba un poco deprimido, pero no creo que me engañara tanto a mí mismo. Tenía dos niños pequeños y quería preguntarle: ¿Qué hago ahora con mi vida? ¿Cuál es ahora el siguiente paso. Pensé que él podría librarme de una parte del dolor. Y al mismo tiempo yo estaba enamorado emocional-espiritualmente de aquel escritor. [8]


William Faulkner (foto a la izquierda) quedó también impresionado por la obra y por la claridad con la que se mostraba la presión social que impide ser uno mismo:

Creo que lo que vi en ese libro fue a un hombre joven, inteligente, un poco más sensible que la mayoría, que simplemente quería amar a la humanidad [...] Su tragedia es que cuando trató de unirse la humanidad, allí no había ninguna raza humana. [9]


- SOBRE SALINGER.


Creo que para comprender la obra de Salinger es necesario comprender su persona. Esto escapa a los límites de este comentario. Sin embargo, si quisiera destacar doss aspectos de su vida que le determinaron claramente en su llegada a la madurez. 


El primero de ellos, especialmente significativo, fue su participación en la segunda guerra mundial (formaba parte del servicio de contraespionaje del ejército norteamericano) participando en el desembarco de Normandía, así como también en las terribles batallas que ante los nazis libró el ejército norteamericano en el bosque de Hürtgen (llamado el bosque del infierno) y en las Ardenas, donde vivió los horrores de la muerte (fueron verdaderas carnicerías) en extremos que le llevaron al ingreso psiquiátrico por un colapso nervioso por estrés postraumático y que, sin duda, marcaron definitivamente su visión de la humanidad. Fue también determinante en su crisis que Salinger fue de los primeros soldados americanos en entrar en un campo de concentración nazi (él tenía ascendencia judía), concretamente el campo de Kaüfering IV, donde asistió a sus horrores inimaginables (cuerpos quemados, mutilados, destrozados, torturados, etcétera) que debieron quebrantar definitivamente el que ya debía ser, en aquel momento, su ya precario equilibrio psíquico. Más tarde diría: "Nunca consigues deshacerte de ese olor a piel carbonizada” [10]


Fue también para él muy doloroso el abandono que sufrió, también durante la guerra, de su novia Oona O'neil (hija del premio Nobel de literarura Eugene O'neil) para casarse con Charlie Chaplin. Oona dejó de responder, de repente, sin mediar ningún contacto, a sus largas cartas, que escribía de una manera obsesiva, hasta que se enteró por los periódicos que se había casado con Chaplin.


Por decirlo de alguna manera, este es el mundo que se encontró Salinger tras salir de su adolescencia y entrar en la juventud: la decepción amorosa y el horror de la guerra. Leyendo la excelente biografía de Shields y Salerno, tengo la impresión que el alma de Salinger quedó congelada en la guerra y en Oona, sucesos que no logró traspasar en su vida.



Oona O'neil y Charlie Chaplin.



_____________________

[1] Shields, David & Salerno, Shane. Salinger. Seix Barral. Introducción , pág. 15
[2] Liodot, Jean Claude. Dolto para padres. Plaza y danés, pág. 121
[3] Las citas de la obra de Salinger corresponden a la versión de la Editorial Alianza.
[4] Winnicot, D. W. La familia y la madurez emocional, en Biblioteca D. W. Winnicot.
[5] Kancyper, Luis. Adolescencia: el fin de la ingenuidad. Ed. Lumen. El tercer milenio, pág. 13.
[6] ídem anterior, pág. 10
[7] Ver nota 4.
[8] Ver nota 1, pág. 119
[9] Faulkner in Virginia, “Undergraduate Writing Class, Tape 1”, 24 de abril de 1958, en:
[10] Ver nota 1, pág. 188

domingo, 23 de enero de 2022

ERNESTO SÁBATO: EL TUNEL. El goce y la pulsión de muerte y el ánima junguiana.


En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. [1]

Con el tiempo me doy cuenta de la importancia de algunas de las lecturas que realicé de joven, lecturas que luego han sido relecturas que me han ido aportando siempre nuevas visiones y comprensiones. Tres autores llenaron mi adolescencia y mi juventud: Hermann Hesse, Franz Kafka y Ernesto Sábato. Todos ellos ya forman parte de alguna entrada de este blog. Quien quiera comprender la importancia que para mí tuvo el escritor argentino Ernesto Sábato puede consultar la entrada "Ernesto Sábato: un acontecimiento sincrónico personal" (pulsa aquí para acceder a entrada) y de como conocí su novela "El túnel" (1948). Mucho se ha escrito de esta primera novela de este físico atómico que trabajo en radiaciones atómicas en el laboratorio Curie en París, y que abandonó la ciencia para dedicarse a la literatura. Historia de un crimen pasional, historia de una obsesión, historia de unos celos patológicos, historia de un anhelo, El túnel nos narra los acontecimientos que llevaron al crimen de María Iribarne por parte del pintor Juan Pablo Castel, que es quien nos cuenta la historia. La novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones sin lograr hacer, ni mucho menos, justicia a la obra. La primera en 1945, dirigida por el director argentino León Klimovsky, y la segunda dirigida por el director español Antonio Drove en 1987 y que contó con actores como Jane Seymour y Peter Weller. Algunas imágenes que utilizaré son de esta última versión.

I. LA ESCENA DEL CUADRO.

Desde mi punto de vista, El túnel es la historia de una soledad, de una profunda soledad y de la ansiedad que la acompaña, la de su protagonista. Para comprender su historia hemos de referirnos al detalle que la desencadenará: un pequeño cuadro dentro de un cuadro. efectivamente, la historia se inicia en una galería donde Juan Pablo expone una obra suya titulada Maternidad, y de la que el pintor nos dice:

Era por el estilo de muchas otros anteriores: como dicen los críticos en su insoportable dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin, los atributos que esos charlatanes encontraban siempre en mis telas, incluyendo "cierta cosa profundamente intelectual". Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventana, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.

Esta pequeña escena, contemplada con detenimiento por una joven mujer, por María Iribarne, llamará la atención de Juan Pablo, quien ansiosamente queda fijado a ella. Tras seguirla y pretender contactar con ella, y entre las dudas del miedo y el deseo, la perderá entre la multitud: "Durante los meses que siguieron, sólo pensé en ella, en la posibilidad de volver a verla."


                                     Imagen del cuadro de la película de Antonio Drove (1987)

Es quizá en esta pequeña escena y en el título del cuadro donde hay que buscar las causas de la neurosis que aqueja a Juan Pablo. ¿Qué representa la imagen de esa mujer en una playa solitaria mirando el mar y que a Juan Pablo le sugiere una soledad ansiosa y absoluta? ¿Qué representa esta escena en el contexto de un cuadro titulado Maternidad? Para ello voy a recurrir a una escena que sucede en el libro, y que parece hablarnos del significado de esta escena del cuadro, puesto que transcurre con sus protagonistas entre unas rocas frente al mar. En este contexto dice María Iribarne:

A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos. Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que eras como yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo.



II. EL BUSCADOR CIEGO Y EL INTERLOCUTOR MUDO

Cuando leí estas palabras me llamó la atención que esa búsqueda de alguien ciegamente fuera definido como la búsqueda de un "interlocutor mudo", alguien que, dicho así, rellenaría un vacío que consume a ese buscador ciego. Me parece interesante la conjunción de ambos personajes en ese lugar como "busco ciegamente un interlocutor mudo". Dicho así, parece que el requerimiento es encontrar al que no veo ni escucho, y cuya función es únicamente el relleno de ese vacío como se observa en Juan Pablo a través de la tortuosa relación que establece con María Iribarne, y que no hace más que confirmar ese "busco ciegamente un interlocutor mudo" y que, en cierta manera, es consecuencia de un deseo de fusión. Dice Juan Pablo desde ese deseo: "me echaba sobre ella, le agarraba los brazos como con tenazas, se los retorcía y le clavaba la mirada en sus ojos, tratando de forzarle garantías de amor, del verdadero amor." Y como él mismo dice: «Debo confesar que yo mismo no sé lo que quiero decir con eso de "amor verdadero"»

Y, sin embargo, el amor verdadero al que se refiere Juan Pablo tiene que ver con el goce, con este más allá del placer de Freud que entronca con el mundo pulsional, y más concretamente con la pulsión de muerte. Una manera de comprender el goce, y su relación con la pulsión de muerte, es a través del concepto de fusión, cuya definición es "unión de dos o más cosas diferentes formando una sola", o su origen etimológico en la palabra latina fusio que significa "acción y efecto de fundir". El amor verdadero que Juan Pablo espera de María Iribarne es una entrega que implicaría esa fusión, ese fundirse el uno con el otro, por otro lado imposible. En varios momentos Juan Pablo define el efecto del goce (ese placer ligado estrechamente al sufrimiento) de manera especialmente clara, y así reflexionando sobre ese supuesto amor verdadero nos dice:

¿Que quería decir? ¿Un amor que incluyera la pasión física? Quizá la buscaba en mi desesperación de comunicarme más firmemente con María. Yo tenía la certeza de que, en ciertas ocasiones, lográbamos comunicarnos, pero en forma tan sutil, tan pasajera, tan tenue, que luego quedaba más desesperadamente solo que antes, con esa imprecisa insatisfacción que experimentamos al querer reconstruir ciertos amores de un sueño. Sé que, de pronto, lográbamos algunos momentos de comunión. Y el estar juntos atenuaba la melancolía que siempre acompaña a esas sensaciones, seguramente causada por la esencial incomunicabilidad de esas fugaces bellezas. Bastaba que nos miráramos para saber que estábamos pensando o, mejor dicho, sintiendo lo mismo.

 

Claro que pagábamos cruelmente esos instantes porque todo lo que sucedía después parecía grosero o torpe. Cualquier cosa que hiciéramos (hablar, tomar café) era doloroso, pues señalaba hasta que punto eran fugaces esos instantes de comunidad. Y, lo que era mucho peor, causaban nuevos distanciamientos porque yo la forzaba, en la desesperación de consolidar de algún modo esa fusión, a unirnos corporalmente; sólo lográbamos confirmar la imposibilidad de prolongarla o consolidarla mediante un acto material. (la negrita es mía)



Dos párrafos en los que queda perfectamente explícito el concepto de goce y en los que se confirma el famoso aforismo de Lacan "no hay relación sexual", y que como decía, explicita muy bien la frase de "busco ciegamente un interlocutor mudo". También Juan Pablo nos pone de relieve la relación del goce con la pulsión de muerte cuando en la misma escena de ambos junto al mar piensa en la muerte como consumación de esta unión imposible:

Sentía que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. "Nunca más, nunca más", pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo.


III. MARÍA IRIBARNE Y LA PROYECCIÓN DEL ÁNIMA.


Ya hemos visto en varias ocasiones el arquetipo del ánima en otras entradas de este blog. Sin embargo, en esta ocasión, me parece interesante observarlo en relación a los efectos de su identificación y proyección en el caso de Juan Pablo y a su relación con el goce y la pulsión de muerte descritos por el psicoanálisis lacaniano. Que María Iribarne es objeto de proyección del ánima por parte de Juan Pablo lo podemos ver ya al principio de la obra. La impresión que causa en él es un claro ejemplo de la cualidad que tiene su proyección arquetípica sobre una mujer:

Físicamente, no aparentaba mucho más de veintiséis años, pero existía en ella algo que sugería edad, algo típico de una persona que ha vivido mucho; no canas ni ninguno de esos indicios puramente materiales, sino algo indefinido y seguramente de orden espiritual.

Que también se halla identificado con el ánima nos lo muestra la propia escena del cuadro, puesto que aquello que dice de la mujer en la playa solitaria es lo mismo que le sucede a él. Recordemos: "Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta." Efectivamente, el personaje de Juan Pablo nos muestra muchas de las características de la identificación con el ánima en el hombre. Las siguientes palabras de Jung son exactas en relación con nuestro personaje:

Cuando el ácima está constelada en mayor medida, afemina el carácter del hombre y lo vuelve susceptible, irritable, de humor cambiante, celoso, fatuo e inadaptado. Tiene malestar y propaga ese malestar en un amplísimo entorno. [2]

Por otro lado la proyección en María Iribarne hace que los sentimientos de Juan Pablo oscilen de una manera radical tanto en el sentido de la proyección positiva, como en el sentido de la proyección negativa. De la visión más espiritual a la más demoníaca. De lo más deseado (codiciado) a lo más odiado. Del deseo de fusión al de destrucción.


Y aquí es donde el título del cuadro Maternidad nos da otra pista sobre la naturaleza del ánima de Juan Pablo. Las figuras parentales, en ese caso la maternal, son uno de los elementos importantes en la configuración del ánima de un individuo, y así el título del cuadro en relación a la pequeña escena de la mujer solitaria, nos harían pensar en alguna falla o déficit materno y que, en virtud de la relación de Juan Pablo con María Iribarne, nos hace pensar en una relación con una madre quizá ambivalente entre el cuidado y el abandono, o también entre las muestras de afecto y rechazo. Efectivamente, María es una figura que se nos muestra escurridiza y ambigua en ciertos sentidos (su peculiar relación con Allende, su esposo, o con Hunter, su primo; sus desapariciones en la Estancia - donde vive Hunter -), y que hace que para Juan Pablo oscile, igual que la figura materna, entre la mujer adorable y la mujer terrible, lo cual acaba desencadenando los aspectos más extremos de la neurosis del protagonista que son los que, finalmente, le llevaran, presa de unos celos patológicos,  a asesinar a María.

Es en la proyección del ánima sobre María donde se articulará en Juan Pablo el goce como deseo de fusión y la pulsión de muerte, así como también otra forma de esta como es la pulsión de destrucción, como nos muestra Juan Pablo de María cuando dice:

Ella decía que éramos seres llenos de fealdad e insignificancia; pero, aunque yo sabía hasta que punto era yo mismo capaz de cosas innobles, me desolaba el pensamiento de que también ella podía serlo, que seguramente lo era. ¿Cómo -pensaba-,  con quiénes, cuándo? Y un sordo deseo de precipitarme sobre ella y destrozarla con las uñas y de apretar su cuello hasta ahogarla y arrojarla al mar iba creciendo en mí.

Por último, quisiera acabar este comentario mostrando una imagen del cuadro Maternidad de la película dirigida en 1952 por León Klimovsky. En ella observamos mejor el contraste entre esa imagen aparentemente amorosa de madre e hijo, aunque también la podríamos contemplar desde una visión edípica (la imagen incluso tiene algunas dimensiones del aspecto fusional al que nos hemos referido) con la pequeña escena de la ventana situada a nuestra derecha.




domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MÚSICA CALLADA DE FREDERIC MOMPOU: LA MÍSTICA DE LA HUMILDAD.


Hace poco veía el anuncio de un coche de gama alta donde se comparaba la vida en función de aburrirse coleccionando sellos o, todo lo contrario, de vivir una vida intensa, la vida como una aventura permanente que hay que exprimir hasta la última gota (con el coche, claro), es decir, la vida al servicio de la adrenalina. Esta triste comparación del anuncio es propia del exceso en el que vivimos. Exceso de inmediatez, exceso de información, exceso de vivir la vida como si se nos escapara a cada instante, exceso de explotación a todos los niveles, y también de auto-explotación y, curiosamente, exceso de vivir la vida también virtualmente a través de plataformas digitales de todo tipo que, mira por dónde, nos distraen de vivir. 

En este tiempo de excesos es más pertinente que nunca poner la atención en una obra como es la Música callada, del compositor catalán Frederic Mompou. Ante estos excesos que nos imponen nuestras sociedades occidentales, nos encontramos con la sobriedad de una obra donde no falta ni sobra nada. Ni muchas ni pocas notas, las justas. Libre de excesos de todo tipo, libre de todo ornamento innecesario. Hace ya muchos años que la conocí y, desde el primer momento, me cautivó.

la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora.

Inspirada en estos versos de San Juan de la Cruz, la Música callada consta de veintiocho piezas para  piano escritas en 4 cuadernos entre 1959 y 1968. Una obra para piano que entra en toda una dimensión anímica y espiritual, otra manera de experimentar la vida y el misterio de la existencia. La noche sosegada, la música callada, la soledad sonora, ¡que impresiones tan alejadas del exceso y la inmediatez actuales con los que vivir se vincula!

Quizás por mi familiaridad con el haiku, la música callada de Mompou se me hace evidente que se compone en esta frontera brumosa entre lo expresable y lo inexpresable, una frontera donde las impresiones sólo se pueden sugerir. Y la poesía, como la música, creo que son dos de los lenguajes más apropiados para el caso. Moverse en esta frontera es, por tanto, moverse en el misterio:

¿La poesía podrá ayudarnos un poco? Si hay Alguien que lo puede —ayudar, nada más que ayudar un poco a descorrer el velo a la vez diáfano y opacísimo—, ese Alguien es sin duda la poesía. O la mística. Mística, música y poesía son un prisma de absoluta unidad y de evidente trinidad de luz que emana y refracta. [1]

Creo que para comprender la Música Callada de Mompou es interesante empezar por algunas etimologías, como la de silencio, del latín sillentium, que significa estar callado. Y también la de escuchar, del latín auscultare, que significa poner la oreja y, según algunas versiones, inclinarse para poner la oreja. Por lo tanto, la música callada es aquella que llega de estar callado y de inclinarse para poner la oreja. Y esta inclinación me parece fundamental, dado que conlleva una actitud de humildad: el receptor se dispone al emisor.

Este acto de callar y escuchar es en soledad, y de ahí la soledad sonora, porque callado, inclinado con la oreja puesta y escuchando, como un radiotelescopio enfocado a la inmensidad del Universo, se reciben, de vez en cuando, impresiones que interiorizadas y reflejadas en el alma llevan a una intuición de sonidos o de palabras por las que se manifiesta el misterio, aunque de una manera siempre huidiza.

Notas que surgen esquivas del alma del compositor como resultante del roce  de la consciencia con el misterio de la existencia. En un poema mío expresaba esta sensación con los siguientes versos:


                                    Ni la fulla ni el vent que l'agita,

                                    la remor. Ni l'onada que trenca

                                    ni la roca colpejada, el so,

                                    igual que l'ànima s’escolta 

                                    en el meu frec amb l'existència. 


                                   (Ni la hoja ni el viento que la agita,

                                    el rumor, Ni la ola que rompe

                                    ni la roca golpeada, el sonido,

                                    igual que el alma se escucha

                                    en mi roce con la existencia)


La música de Mompou nos llega de una vivencia humilde de lo místico: vivir el misterio de la existencia consciente de la imposibilidad de desvelarlo y, no obstante, callado, seguir inclinado con la oreja puesta. Así lo observamos en la interpretación de la primera pieza de la serie. A los que la queráis escuchar, os la dejo (todas las piezas utilizadas en esta entrada están interpretadas por Javier Perianes).



Observamos en ella esa sencillez melancólica que caracteriza su música, una melancolía propia de una cierta mística poco dada a la estridencia, una mística íntima e ínfima que se complace en la etimología de la palabra, que se complace en el misterio, consciente de que tan solo acaricia un horizonte singular que separa lo representable de lo irrepresentable, aquello que persiguiéndose siempre huye y que, precisamente, encuentra ese roce en las resonancias y disonancia que tanto caracterizan su música callada, resonancias a veces largas, muy largas que parecen dirigirnos hacia un silencio que precede al tiempo. Así lo observamos en su pieza número IV:



Mompou recurre también a ciertas melodías infantiles cuyo origen se halla en el folclore catalán (ver piezas III y XIII) para hacer una referencia a esa infancia de la que ya traté en la entrada dedicada a las Kinderszenen (Escenas para niños) de Robert Schuman (pulsa aquí para acceder a la entrada) en relación a la pieza de Traumerei (Ensueño), y que traslado aquí dada su pertinencia:

Un tiempo y callado misterio de amor. Este tiempo y este misterio de amor (¿pues acaso el verdadero amor no requiere de la inocencia) es el lugar de los ensueños al que Schuman, como Tagore, acceden con su mirada de niño mayor. Es el lugar que por ínstantes sentimos como enamorados, momentos en que se parece tocar el paraíso: "Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso", dice Borgues, o lo que es lo mismo desde mi punto de vista: "No pasa un día en que no estemos, un instante, en un eco del sueño del paraíso", Träumerei es el sueño de un niño que a su vez recoge la nostalgia del poeta por el sueño de ese niño. 

Efectivamente, el silencio al que nos dirige Mompou se manifiesta, en ocasiones, como un paraíso que se relaciona con la inocencia, con la infancia, si bien con una inocencia y una infancia también pre-temporales o, como digo en el texto citado, el eco de un sueño del paraíso, lo que, y por una vez más, se relacionaría con la importancia de las disonancias y resonancias en su Música callada. Veamos un ejemplo en la pieza III:



Esa mística de vivir el misterio tiene también sus momentos de duda, momentos depresivos y sus noches oscuras. Momentos y períodos donde se instala la desazón y el sinsentido, donde el Cosmos y el ser humano parecen hundirse en una ciénaga de desesperación, de cansada desesperanza. Y, no obstante, es el necesario "a veces hay que perderse para encontrarse uno mismo" de Kierkegaard, que también podría contemplarse, desde una visión más junguiana, como una nigredo espiritual, como una travesía en el desierto como Jung también destacó en su Libro rojo, un estado de vaciamiento en el camino hacia el desarrollo del alma:

Mi alma me conduce al desierto, al desierto de mi propio sí-mismo. No pensaba que mi sí-mismo era un desierto, un árido, caluroso desierto, polvoriento y sin bebida [...]

¿Porqué mi sí-mismo es un desierto? ¿He vivido demasiado fuera de mí, en los hombres y las cosas? ¿Porqué rehusó de mi sí-mismo? ¿No me apreciaba? Sin embargo, he evitado el lugar de mi alma. [2]

Quizá por eso, dice el mismo Mompou acerca de su obra:

Esta música es callada porque su audición es interna. Contención y reserva. Su emoción es secreta y solamente toma forma sonora en sus resonancias bajo la bóveda de nuestra fría soledad. [3]

Observamos estos momentos en piezas como la V, VII o la XXI. Junto a estos, también escuchamos momentos de duda y de zozobra en piezas como la II, VI o XVIII, aunque también estas se caracterizan, como veremos, por la persistencia a pesar de esa duda y esa zozobra.

Como en el proceso de individuación descrito por Jung, el proceso espiritual no es lineal y progresivo, sino el resultado de dos movimientos que se alternan: uno progresivo y otro regresivo. Al aclaramiento de la consciencia que vemos en el primero, les siguen los períodos de ofuscación y confusión del segundo. En términos de libido también podemos observar que la progresión se caracteriza por un movimiento de extraversión, de proyección sobre el mundo exterior, mientras que la regresión lo hace en un movimiento de introversión psíquica, de vuelta hacia el propio sujeto. En la obra de Mompou parece también darse esa oscilación, y así junto a los momentos de duda y ofuscamiento también escuchamos momentos de claridad, de paz y serenidad. Momentos de luz en la oscuridad (piezas VIII y XXVI), momentos de serenidad y de comprensión, de discriminación (piezas XI, XIX, XXII), momentos de iluminación (piezas XXIII, XXVII y XXVIII). Especialmente bello me parece la pieza XXVIII:



De la obra de Mompou se desprende también una característica de esa relación mística con la existencia: la persistencia, es decir, no declinar en la escucha, estar siempre como un radiotelescopio en la noche oscura, escuchando en silencio, siempre dispuesto a resonar con el silencio sonoro. La persistencia humilde es en sí misma la relación con el misterio, la frontera y horizonte singular en la que lo irrepresentable se manifiesta como efecto sobre el alma humana, de la misma manera que se curva el espacio por efecto de la gravedad. Así parecemos escucharlo en piezas como la II, VI, XIV, XV, XVII o la XXV. 

Y al final del camino siempre está el Amor. El Amor es el sentimiento que resuena finalmente en toda la Música Callada de Mompou. Entre la delicadeza y la melancolía, entre la desesesperanza y la esperanza, entre la depresión y la iluminación, al final, todo el camino lo transcurre el Amor. La presencia de un amor próximo y lejano que acompaña desde esa próxima lejanía.

_______________________

[1] Diego, Gerardo. Introducción al comentario del ciclo integral "Mompou: música para piano". Fundación Joan Mach. Febrero de 1988.
[2] Jung, C. G. El libro Rojo. El hielo de Ariad-Malba-Fundación Constantini. Edición castellana a cargo de Bernardo Nante, pág. 234
[3] Janés, Clara. La vida callada de Federico Mompou. Visa Roto ediciones, pág. 250



domingo, 18 de julio de 2021

WALT WITHMAN Y EL CANTO ENIGMÁTICO: UNA LECTURA PSICOANALÍTICA Y UNA LECTURA JUNGUIANA. (SOBRE EL FALO Y EL EJE YO-SÍ-MISMO)

Volvemos a Walt Whitman en este blog. En esta ocasión para comentar uno de sus poemas de la última época, pues pertenece al grupo de poemas recogidos en Del mediodía a la noche estrellada, y que lleva por título Canto enigmático.

Para introducir este comentario es necesario recordar el concepto de Sí-mismo procedente de Jung, que ya ha sido introducido en algunas entradas de este blog, como por ejemplo en Demian de Hermann Hesse (pulsa aquí para acceder a la entrada), o Dios deseado y desecante de Juan Ramón Jiménez (pulsa aquí para acceder a la entrada). No obstante, y para centrar el comentario, haré la siguiente indicación:

El Sí-mismo junguiano es un Sí-mismo que incluye la consciencia y lo inconsciente, así como lo trascendente en el que el Sí-mismo no es uno mismo (no es el yo). Su ámbito se extiende más allá del sujeto y "mancomuna el sujeto con el mundo, con las estructuras del Ser. En el sí  mismo el sujeto y el objeto, el yo y el otro, están unidos en un campo de estructura y energía común" [1]. En relación al Sí-mismo, el yo puede considerarse como una parte de él en el que radica la consciencia o capacidad de percatarse o darse cuenta, y la percepción de éste del Sí-mismo es parecida a la percepción del ser humano en relación a lo divino, es decir, el Sí-mismo es a la vez lo interior y lo totalmente otro, lo familiar a la vez que lo más extraño. Jung llamó proceso de individuación al proceso por el que yo, a través de ampliar su consciencia, tiende a la realización del Sí-mismo. Veamos ahora el poema en cuestión:

                            Aquello que se esquiva de este poema y de cualquier otro
                                    poema,
                            inadvertido por el oído más fino, sin forma para los ojos más
                                    penetrantes, o para la inteligencia más sagaz,
                            que. no es ni ciencia, ni fama, ni felicidad, ni riquezas
                            y, no obstante, es el latido incesante de todos los corazones y
                                    de todas las vidas del mundo,
                            que tú y yo, y todos, perseguimos siempre sin alcanzarlo,
                            manifiesto pero secreto, lo real de lo real, una ilusión,
                            sin coste, otorgado a todos, sin que hombre alguno lo posea,
                            que los poetas se esfuerzan en vano por ponerlo en verso y los
                                   historiadores en prosa,
                            que ningún escultor ha esculpido jamás, ni lo ha pintado pintor
                                    alguno.
                            que ningún cantor lo ha cantado nunca, ni lo ha expresado
                                    orador ni actor alguno,
                            lo invoco aquí y lo solicito para este canto.

                            ¡Cuánto ardor por ello!
                            ¡Cuántos navíos han zarpado y zozobrado por ello!
                            ¡Cuántos viajeros salieron de su casa para no regresar jamás!
                            ¡Cuántos genios lo arriesgaron todo y se perdieron por ello!
                            ¡Que incalculables reservas de belleza y de amor se han
                                    aventurado por ello!
                            ¡Cómo todos los hechos más sublimes, desde el comienzo de
                            las edades, pueden atribuirse a ello - y podrán ser
                            atribuidos a ello hasta el fin!
                            ¡Cómo todos los martirios heroicos vienen de ello!
                            ¡Cómo ello justifica todos los horrores, males, contiendas de la
                                    tierra!
                            Cómo sus llamas vivas, ondulantes, fascinadoras, han atraído
                            en todas las épocas y en todos los países las miradas de
                            los hombres,
                            opulentas como una puesta de sol en la costa de Noruega,
                            como el cielo, las islas y los peñascos
                            o las luces boreales de medianoche, silenciosas, intensas,
                                    inaccesibles,
                            acaso sea este el enigma de Dios, tan vago y sin embargo tan
                                    cierto,
                            para el alma y el universo visible,
                            y el cielo al fin para él. [2]

El poema esta divididos en dos partes. La primera hace referencia a la presencia indeterminada del Sí-mismo, que se puede sentir a través de los sueños, la imaginación y la creación, pero que no se puede aprehender, como bien indica en sus versos: 
sin coste, otorgado a todos, sin que hombre alguno lo posea, al paso que también nos habla de su naturaleza. Una cree poder escuchar a Jung cuando admite su paradoja: es el latido incesante de todos los corazones y / de todas las vidas del mundo, / que tú y yo, y todos, perseguimos siempre sin alcanzarlo, / manifiesto pero secreto; lo real de lo real, una ilusión. Es interesante este último verso, lo real de lo real, una ilusiónpues nos introduce en un campo siempre complejo como es el campo de la subjetividad y que, en relación con el Sí-mismo, podemos decir que no se tiene, que no se aprehende, sino que se siente.

Y eso nos abre a la importancia de la segunda parte del poema, pues nos abre a una doble dimensión del Sí-mismo, la dimensión en la que el ser humano lo acepta con todo su misterio y admite su guía, o por el contrario aquella actitud en la que no se le sigue sino que se le persigue, y esta segunda parte es la que se caracteriza por toda una galería de proyecciones, alienaciones e inflaciones del Sí-mismo y que, como dice el poeta: ¡Cuánto ardor por ello! Y ardor en lo sublime y en lo siniestro, en la bello y lo cruel, y en el horror también: ¡Cómo ello justifica todos los horrores, males, contiendas de la tierra! 

Esta es la diferencia entre seguir al Sí-mismo, aceptar su guía, o perseguirlo, quererlo poseer. Esta última actitud nos permite reflexionar sobre dos maneras de ver cuatro conceptos psicoanalíticos relacionados, y especialmente desarrollados por Lacan: el falo, la cosa y ‘el objeto a’, y la pulsión de muerte. El psicoanálisis los pone en juego en su especial hincapié en lo que podríamos llamar la actitud perseguidora hacia el Sí-mismo y que es dirigida por la pulsión, a diferencia de la proposición de Jung, que lleva hacia la guía, hacia la orientación. La una se orienta a su posesión, o a la desesperación por no poseerlo, la otra al reconocimiento de su naturaleza esquiva, inalcanzable:  Aquello que se esquiva de este poema y de cualquier otro /poema, / inadvertido por el oído más fino, sin forma para los ojos más / penetrantes, o para la inteligencia más sagaz, / que no es ni ciencia, ni fama, ni felicidad, ni riquezas, pero que la reconoce, como hemos dicho, en su calidad de guía y de orientación. Aunque no es este el lugar para extenderme en el tema, si indicar someramente el punto de vista que caracteriza cada posición. Para el psicoanálisis el falo es el significante de la unión imposible. Cuando lo que se busca es esa unión,  que es de carácter fusional, el Sí-mismo es transformado por el buscador en “la cosa” (Das ding), es decir, la madre como objeto perdido. Por lo tanto, “la cosa” psicoanalítica es la proyección del Sí-mismo sobre la imagen materna como aquello que completa, que colma la falta, la carencia. Sin embargo, “la cosa”, como madre primordial, es a la vez madre terrible,  madre devoradora, pues la unión con ella, el acceso a su reintegración, la fusión, significaría la pérdida de la identidad. Y, por otro lado, su acceso está también vedado por la represión a causa del tabú del incesto. La manera de sortear esa dimensión de lo terrible y del tabú, es el objeto a, objeto llamado por Lacan como causa de deseo, y que es siempre un objeto parcial, una parte del otro, o lo otro, a la que se le atribuye esa posibilidad de completud sin que, por ello, la identidad se vea comprometida. 

Justamente, el Sí-mismo junguiano empieza cuando ya no hay búsqueda, cuando ya no hay objeto, cuando el Sí-mismo ya no es “la cosa” ni ningún “objeto a”. En ese momento, el falo deja de ser el significante de la unión imposible para contemplarse como el eje a través del cual el yo rota (o circumanbula) alrededor del Sí-mismo que, desde ese momento, le guía en su camino hacia la individuación. La fusión es substituida por la individuación, la búsqueda (el perseguir) por el dejarse guiar, a la vez que se es consciente de lo inaccesible del misterio del Sí-mismo. Y, como consecuencia de lo dicho, la pulsión de muerte, implícita en la relación del yo con la cosa y el “objeto a”, es substituida por la realización del Sí-mismo como tendencia. El goce doloroso es substituido por la dicha contemplativa de la existencia.



Justamente, Walt Whitman es un claro ejemplo de esa celebración del todo contemplado desde el individuo. Whitman siente que el Sí-mismo nos es otorgado a todos, pero que nadie lo posee, y toda la obra de Hojas de hierba, no es más que la comprensión que Whitman va alcanzando hasta devenir en sabiduría, como consecuencia de dejarse guiar por el Sí-mismo. Whitman se limita a dejar sentir su presencia en su subjetividad y a dejarse llevar por él. Cerca ya del final de su vida Whitman manifiesta poéticamente lo mismo que Jung dijo hacia el final de la suya, y así nos dice en el poema Grandioso es lo visible, del último grupo de poemas titulado Adiós, mi fantasía:

                                    Grandioso es lo visible, la luz, para mi - grandiosos son el cielo
                                            y las estrellas,
                                    grandiosa es la tierra, y grandiosos y perdurables el tiempo y
                                            el espacio,
                                    y grandiosas sus leyes, tan multiformes, desconcertantes,
                                            evolucionarias;
                                    pero más grandiosa, mucho más, el alma mía invisible, que
                                            abarca, enriquece todas estas cosas,
                                    que ilumina a la luz, al cielo y a las estrellas, que penetra en
                                            la tierra, que navega en los mares
                                    (¿qué sería todo eso, en verdad, sin ti, alma invisible? ¿de qué
                                            valor sin ti?
                                    ¡más evolucionaria, vasta, desconcertante, oh, alma mía!
                                    más multiforme aún - más perdurable tú que todas ellas.

El poeta nos transmite el valor de la contemplación, cuya etimología une al observador con lo observado (prefijo con) en la acción de observar-se en la existencia (prefijo ción) como algo sagrado (palabra templum), de la serenidad con la que se despide de la vida afirmándola, amándola hasta el último instante:

                                    ... cuando declina la vida y se apaciguan todas las pasiones
                                            turbulentas
                                    cuando se cubre el cielo de la tarde de colores viscosos, etereos,

                                            silenciosos,

                                    cuando se nos inunda el cuerpo de dulzura, plenitud, sosiego,

                                            como de un aire refrescante y balsámico,

                                    cuando los días se visten de una luz más suave, y la manzana 

                                            prende al fin del árbol, lograda, indolente, madura,

                                    ¡entonces los días son fecundos, apacibles, los más felices de

                                               todos

                                    ¡Los días tranquilos de la dulce meditación y la dicha!


Sus últimas obras están llenas de pasajes en los que se nos muestra la serenidad de la “dulce meditación y la dicha”. Así empiezan muchos de sus versos en conocidos poemas como Canción de la puesta de Sol, o Después del deslumbramiento del día, o La voz de la lluvia, o Puesta del sol en la pradera, o Crepúsculo, etcétera.




[1] Stein, Murray. El Mapa del alma según Jung. Ediciones Luciérnaga, pág. 202.

[2] Los poemas citados en esta entrada corresponden a la edición de Whitman, Walt. Hojas de Hierba Del mediodía a la noche estrellada. El Canto enigmático. Traducción De Francisco Seguí. Editors, s.a.