sábado, 23 de abril de 2022

J. D. SALINGER: EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO. Sobre la adolescencia.


J. D. Salinger se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose.

Antes de que se publicara el libro, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial con trastorno de estrés postrumático; acabada la guerra nunca dejó de buscar la cura espiritual para sus heridas psíquicas. En la estela del enorme éxito de aquella novela sobre un "chaval de colegio pijo", emergió un mito: Salinger, igual que Holden, era demasiado sensible para el mundo que lo rodeaba, se consideraba por encima de todo. El resto de su vida se lo iba a pasar intentando reconciliar sin éxito estas dos versiones completamente contradictorias de sí mismo: el mito y la realidad.

El guardián entre el centeno ha vendido más de 65 millones de ejemplares y continúa vendiendo más de medio millón al año; es un libro crucial para varias generaciones, sigue siendo un tótem de la adolescencia norteamericana. [1]

El guardián entre el centeno es, junto a Bajo las ruedas, de Hermann Hesse, una de las obras fundamentales sobre esa compleja etapa del ciclo vital que es la adolescencia. Una etapa que se caracteriza por ser la transición que va de la infancia a la adultez. Ambas obras abordan tres aspectos que el adolescente deberá enfrentar en esta fase: penetración en la vida, la relación sexual / afectiva y la adaptación social, y todas ellas tienen un común denominador, una dura crítica al ejercicio del poder abusivo de los padres y de los sistemas educativos. Me parece importante comenzar este punto con las siguientes palabras sobre el trabajo de la psicoanalista infantil François Dolto: 

… se trata de un momento de mutación cuyo futuro se percibe siempre incierto. Insiste en los términos “fragilidad” y “vulnerabilidad” para calificar esta época de metamorfosis. El adolescente es como un bogavante o una langosta en el momento de la muda, afirma; como ya no tiene caparazón, acusa todos los golpes, los cuales dejarán huella bajo la nueva piel. Por consiguiente, resulta esencial mostrarse especialmente atento en el diálogo, sin imponer ni reglas ni comportamientos. 

En El guardián entre el centeno, se cita una frase del psicoanalista Wilhelm Stekel que caracteriza el gran aprendizaje de la adolescencia, y que dice: " Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansia morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella." [2] Sin embargo, y para ello, es necesario que el mundo adulto acompañe este largo proceso que va de la adolescencia a la madurez. D. W. Winnicot lo dice claramente cuando en un artículo titulado “La familia y la madurez emocional” nos dice: 

En el desarrollo sano de un individuo, cualquiera que sea la etapa que se atraviesa, lo que se requiere es una progresión sostenida, es decir, una serie bien graduada de acciones desafiantes iconoclastas, cada una de las cuales es compatible con la conservación de un vínculo inconsciente con la figura o figuras centrales, la madre o los progenitores. [3]

En las primeras páginas del libro aparece uno de los grandes conflictos que la adolescencia implica. Holden Caufield, su protagonista, un joven de diecisiete años, después de ser expulsado del colegio Pencey, y en un diálogo con el Sr. Spencer, su profesor de historia, éste le dice: “La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego." A lo que el joven, a pesar de asentir, reflexiona internamente: “De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.” Lo que en palabras del psicoanalista Luis Kancyper, implica ver la adolescencia como el fin de la ingenuidad:


La adolescencia es una de las etapas más importantes del ciclo vital humano; representa un momento trágico en la vida, "el fin de la ingenuidad".

 

El término ingenuidad denota la inocencia de quien ha nacido en un lugar del cual no se ha movido y, por lo tanto, carece de experiencia […]

 

La adolescencia es un momento trágico, porque en esta fase del desarrollo humano se requiere sacrificar la ingenuidad inherente al período de la inocencia de la sexualidad infantil y el azaroso lugar ignorado del juego enigmático de las identificaciones alienantes e impuestas al niño por los otros. Estas identificaciones deberían ser develadas y procesadas durante este período, para que el adolescente alcance a conquistar un conocimiento, un inédito reordenamiento de lo heredado, y así dar a luz un proyecto propio desiderativo sexual y vocacional. Proyecto que, logrado, estructurará y orientará su identidad, y que, al ser asumido con responsabilidad por él, pondrá fin a su otrora posición: la de una ingenua víctima pasiva de la niñez. [5]


Holden Caulfield representa justamente la dificultad de esta transición: el rechazo al mundo adulto y la añoranza de la infancia. Rechazo que Caulfield recoge cuando con su hermana Phoebe, de 10 años (uno de los personajes más bellos de la novela, y a la que Caulfield admira y quiere profundamente), representante de esa inocencia de la infancia, le dice que a él no le gusta ninguna cosa. Tras un curioso diálogo en el que Caulfield no logra decir nada, y a la insistencia de Phoebe para que diga algo que le guste mucho, dice:

 

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.


Esta es una exacta imagen de la resistencia de un joven a asumir el “fin de la ingenuidad”. Nos encontramos ante el adolescente rebelde, de carácter escéptico e irónico, sarcástico, que detesta el mundo adulto, que no se cree nada. A diferencia de Hermann Heilner, uno de los protagonistas de Bajo las ruedas, que quiere imponer una manera distinta de relacionarse con el mundo, Holden Caufield es un descreído, un delator de la hipocresía adulta pero sin un proyecto personal. Su rebeldía es una rebeldía sin causa, a diferencia de la rebeldía más "revolucionaria"  que Heilner representa en la novela de Hesse.


La dificultad de la adolescencia es el difícil equilibrio entre lo heroico (la búsqueda del propio camino), lo social (la demanda de lo colectivo) y lo afectivo sexual. Kancyper lo expresa tal y como sigue:

 

Lo que caracteriza a la adolescencia es el encuentro del objeto genital exogámico, la elección vocacional más allá de los mandatos parentales y la recomposición de los vínculos sociales y económicos. Y lo que particulariza metapsicológicamente a este período es que representa la etapa de la resignificación retroactiva por excelencia. [6]

 

En Caufield  el descreimiento y el sarcasmo ocultan que no hay elección más allá de los mandatos parentales, ni recomposición de los vínculos sociales y económicos, sino simplemente una rebeldía reactiva que niega, pero que no se reconvierte o adopta un carácter más revolucionario. Donde también observamos la dificultad del “encuentro del objeto genital exogámico”, el efecto del retraimiento de la infancia al respecto, lo encontramos en el crudo encuentro de Holden Caufield con una seca prostituta quien, después de todas las fantasías que se ha hecho, le confronta con el encuentro de un cuerpo genital demasiado abruptamente:


… se puso de pie y empezó a sacarse el vestido por la cabeza.

 

De pronto empecé a notar una sensación rara. Iba todo demasiado rápido. Supongo que cuando una mujer se pone de pie y empieza a desnudarse, uno tiene que sentirse de golpe de lo más cachondo. Pues yo no. Lo que sentí fue una depresión horrible.


El choque excesivo con el mundo adulto se salda con el adolescente alienado, como es el caso de Holden Caufield, a veces prontamente derrotado (como es el caso de Hans Giebenrath, en Bajo las ruedas), como tantos adolescentes que se alienan hoy en día en el mundo de las drogas o de internet en sus múltiples facetas, o en el mundo de los videojuegos, de relaciones afectivo-sexuales complejas, las crisis de identidad y de género, etcétera.  En ese sentido, El Guardián entre el centeno es una de las obras de adolescencia que quizá se adelantó a lo que son los grandes problemas de la adolescencia actuales y de ahí su continua vigencia.



J. D. Salinger con su hijo Matt


También podemos decir con Luis Kancyper que aquello que se silencia en la infancia suele manifestarse a gritos durante la adolescencia”, o como yo mismo suelo decir en ocasiones, la adolescencia es una de las últimas ocasiones de revertir o de flexibilizar algunos de los efectos padecidos en la infancia. Sin embargo, y en este sentido, generalmente el adolescente aun choca más profundamente con los padres, y no sólo con ellos, sino también con la sociedad, generalmente representada por la institución de la escuela. La cuestión en la adolescencia es si familia y sociedad actúan como un verdadero sostén del adolescente en su camino de la inmadurez a la madurez. Nuevamente Winnnicot pone de relieve la importancia del sostenimiento que requiere la inmadurez adolescente en su camino hacia la madurez


Parte de la idea de inmadurez adolescente como elemento esencial de la salud que no requiere otra cura que el paso del tiempo, no implica que no resulte indispensable el sostén de la familia y la sociedad… Si existe una familia que aún puedan usar, los adolescentes la usarán intensamente, y si la familia no está allí para ser usada o dejada de lado (uso negativo), se les deberá proporcionar pequeñas unidades sociales para contener el proceso de crecimiento adolescente. [7]


Sin embargo, el sostén sobre el que es deseable que crezca el adolescente no es siempre un sostén adecuado. El choque intergeneracional del adolescente con el mundo adulto suele ser complejo y deficiente.


Holden Caufield, como decía anteriormente, se corresponde con el adolescente alienado que adopta ante el mundo una posición escéptica y descreída. No es tanto que adopte una posición confrontativa desde una nueva visión que desvela lo absurdo del mundo adulto y del mundo que este ofrece, sino que opta por una especie de fatalismo en el que cualquier proyecto se perderá en ese acceso al mundo adulto. Por eso su visión como "guardián entre el centeno" obedece a evitar la caída en el abismo que supone el paso de la infancia a la adolescencia.


Hollen Caufield, como Hans Giebenrath, como los protagonistas adolescentes de la excelente película "El club de los poetas muertos" (pulsa aquí su comentario en mi blog de cine y psicología), responden a distintos tipos de respuestas de ese deficiente choque intergeneracional en el que la confrontación que su postura supone para el mundo adulto (familia, colegio, sociedad), se manifiesta de la misma manera: mediante el ejercicio abusivo del poder jerárquico, que implica a menudo la vejación psicológica: castigos, expulsiones, prohibiciones, favorecer la acusación, segregación, etcétera. O como también ocurre actualmente con un abandono, desatención y desresponsabilización (a veces bajo la forma de una aparente indulgencia y tolerancia) de la función parental. O también frente a la incongruencia de lo que se dice en las instituciones escolares y la realidad de su práctica, así como de la sociedad que les aguarda. El adolescente confronta al adolescente que un día el padre fue, o los que fueron los directores, maestros y profesores de la escuela y del mismo Estado (como denuncia con claridad Hermann Hesse). La familia y la sociedad reaccionan castigando, despreciando o ignorando el espejo que el adolescente les devuelve sobre, como dice Kancyper, “su humillante fracaso ante el incumplimiento de los ideales y las ilusiones del adolescente que había sido.”  [7]


En todo caso, y en terminología junguiana, en esta fase del ciclo vital, la maduración procede de un delicado equilibrio entre la fuerza que la vida toma en el adolescente, su voluntad de penetración regido por el arquetipo del héroe, su descubrimiento de la sexualidad y el afecto (regido por los arquetipos del anima/animus), junto a su inclusión en el entorno socio-cultural y económico (regido por el arquetipo de la persona). Equilibrio entre  individuación y socialización que comporta por parte de las figuras guías (padres, maestros y otras figuras adultas) otro ajustado equilibrio entre la exploración y el límite; entre la expansión que reclama el adolescente y, al mismo tiempo, con su dependencia; entre la confianza y la responsabilidad, y también el apoyo y el acompañamiento que requiere desde un cierto desapego amoroso, que acompaña ayudando a aprender de la propia experiencia.


- NOTA FINAL: RESONANCIA DE LA OBRA Y SOBRE SALINGER.


Durante toda su vida Salinger, que vivió recluido, lejos del mundo y celoso de su intimidad, recibió miles de cartas de jóvenes y personas de todo el mundo que veían reflejada en su obra su desconcierto. Muchos eran los que querían visitarle perturbando su deseo de soledad. Como indicaban los autores de su muy bien documentada biografía "Salinger" (ver nota 1), hoy en día aun se venden medio millón de ejemplares anuales de la obra. En este sentido, se ofrece el testimonio del periodista, escritor y conferenciante Michael Clarkson quien, en un momento de su vida, se obsesionó con esta obra y su autor. Dice Clarkson:


Fui a ver a Salinger porque sentí que me podría ayudar. No quería necesariamente que me salvara, que detuviera mi caída del acantilado. Yo estaba un poco deprimido, pero no creo que me engañara tanto a mí mismo. Tenía dos niños pequeños y quería preguntarle: ¿Qué hago ahora con mi vida? ¿Cuál es ahora el siguiente paso. Pensé que él podría librarme de una parte del dolor. Y al mismo tiempo yo estaba enamorado emocional-espiritualmente de aquel escritor. [8]


William Faulkner (foto a la izquierda) quedó también impresionado por la obra y por la claridad con la que se mostraba la presión social que impide ser uno mismo:

Creo que lo que vi en ese libro fue a un hombre joven, inteligente, un poco más sensible que la mayoría, que simplemente quería amar a la humanidad [...] Su tragedia es que cuando trató de unirse la humanidad, allí no había ninguna raza humana. [9]


- SOBRE SALINGER.


Creo que para comprender la obra de Salinger es necesario comprender su persona. Esto escapa a los límites de este comentario. Sin embargo, si quisiera destacar doss aspectos de su vida que le determinaron claramente en su llegada a la madurez. 


El primero de ellos, especialmente significativo, fue su participación en la segunda guerra mundial (formaba parte del servicio de contraespionaje del ejército norteamericano) participando en el desembarco de Normandía, así como también en las terribles batallas que ante los nazis libró el ejército norteamericano en el bosque de Hürtgen (llamado el bosque del infierno) y en las Ardenas, donde vivió los horrores de la muerte (fueron verdaderas carnicerías) en extremos que le llevaron al ingreso psiquiátrico por un colapso nervioso por estrés postraumático y que, sin duda, marcaron definitivamente su visión de la humanidad. Fue también determinante en su crisis que Salinger fue de los primeros soldados americanos en entrar en un campo de concentración nazi (él tenía ascendencia judía), concretamente el campo de Kaüfering IV, donde asistió a sus horrores inimaginables (cuerpos quemados, mutilados, destrozados, torturados, etcétera) que debieron quebrantar definitivamente el que ya debía ser, en aquel momento, su ya precario equilibrio psíquico. Más tarde diría: "Nunca consigues deshacerte de ese olor a piel carbonizada” [10]


Fue también para él muy doloroso el abandono que sufrió, también durante la guerra, de su novia Oona O'neil (hija del premio Nobel de literarura Eugene O'neil) para casarse con Charlie Chaplin. Oona dejó de responder, de repente, sin mediar ningún contacto, a sus largas cartas, que escribía de una manera obsesiva, hasta que se enteró por los periódicos que se había casado con Chaplin.


Por decirlo de alguna manera, este es el mundo que se encontró Salinger tras salir de su adolescencia y entrar en la juventud: la decepción amorosa y el horror de la guerra. Leyendo la excelente biografía de Shields y Salerno, tengo la impresión que el alma de Salinger quedó congelada en la guerra y en Oona, sucesos que no logró traspasar en su vida.



Oona O'neil y Charlie Chaplin.



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[1] Shields, David & Salerno, Shane. Salinger. Seix Barral. Introducción , pág. 15
[2] Liodot, Jean Claude. Dolto para padres. Plaza y danés, pág. 121
[3] Las citas de la obra de Salinger corresponden a la versión de la Editorial Alianza.
[4] Winnicot, D. W. La familia y la madurez emocional, en Biblioteca D. W. Winnicot.
[5] Kancyper, Luis. Adolescencia: el fin de la ingenuidad. Ed. Lumen. El tercer milenio, pág. 13.
[6] ídem anterior, pág. 10
[7] Ver nota 4.
[8] Ver nota 1, pág. 119
[9] Faulkner in Virginia, “Undergraduate Writing Class, Tape 1”, 24 de abril de 1958, en:
[10] Ver nota 1, pág. 188

domingo, 23 de enero de 2022

ERNESTO SÁBATO: EL TUNEL. El goce y la pulsión de muerte y el ánima junguiana.


En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. [1]

Con el tiempo me doy cuenta de la importancia de algunas de las lecturas que realicé de joven, lecturas que luego han sido relecturas que me han ido aportando siempre nuevas visiones y comprensiones. Tres autores llenaron mi adolescencia y mi juventud: Hermann Hesse, Franz Kafka y Ernesto Sábato. Todos ellos ya forman parte de alguna entrada de este blog. Quien quiera comprender la importancia que para mí tuvo el escritor argentino Ernesto Sábato puede consultar la entrada "Ernesto Sábato: un acontecimiento sincrónico personal" (pulsa aquí para acceder a entrada) y de como conocí su novela "El túnel" (1948). Mucho se ha escrito de esta primera novela de este físico atómico que trabajo en radiaciones atómicas en el laboratorio Curie en París, y que abandonó la ciencia para dedicarse a la literatura. Historia de un crimen pasional, historia de una obsesión, historia de unos celos patológicos, historia de un anhelo, El túnel nos narra los acontecimientos que llevaron al crimen de María Iribarne por parte del pintor Juan Pablo Castel, que es quien nos cuenta la historia. La novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones sin lograr hacer, ni mucho menos, justicia a la obra. La primera en 1945, dirigida por el director argentino León Klimovsky, y la segunda dirigida por el director español Antonio Drove en 1987 y que contó con actores como Jane Seymour y Peter Weller. Algunas imágenes que utilizaré son de esta última versión.

I. LA ESCENA DEL CUADRO.

Desde mi punto de vista, El túnel es la historia de una soledad, de una profunda soledad y de la ansiedad que la acompaña, la de su protagonista. Para comprender su historia hemos de referirnos al detalle que la desencadenará: un pequeño cuadro dentro de un cuadro. efectivamente, la historia se inicia en una galería donde Juan Pablo expone una obra suya titulada Maternidad, y de la que el pintor nos dice:

Era por el estilo de muchas otros anteriores: como dicen los críticos en su insoportable dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin, los atributos que esos charlatanes encontraban siempre en mis telas, incluyendo "cierta cosa profundamente intelectual". Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventana, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.

Esta pequeña escena, contemplada con detenimiento por una joven mujer, por María Iribarne, llamará la atención de Juan Pablo, quien ansiosamente queda fijado a ella. Tras seguirla y pretender contactar con ella, y entre las dudas del miedo y el deseo, la perderá entre la multitud: "Durante los meses que siguieron, sólo pensé en ella, en la posibilidad de volver a verla."


                                     Imagen del cuadro de la película de Antonio Drove (1987)

Es quizá en esta pequeña escena y en el título del cuadro donde hay que buscar las causas de la neurosis que aqueja a Juan Pablo. ¿Qué representa la imagen de esa mujer en una playa solitaria mirando el mar y que a Juan Pablo le sugiere una soledad ansiosa y absoluta? ¿Qué representa esta escena en el contexto de un cuadro titulado Maternidad? Para ello voy a recurrir a una escena que sucede en el libro, y que parece hablarnos del significado de esta escena del cuadro, puesto que transcurre con sus protagonistas entre unas rocas frente al mar. En este contexto dice María Iribarne:

A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos. Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que eras como yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo.



II. EL BUSCADOR CIEGO Y EL INTERLOCUTOR MUDO

Cuando leí estas palabras me llamó la atención que esa búsqueda de alguien ciegamente fuera definido como la búsqueda de un "interlocutor mudo", alguien que, dicho así, rellenaría un vacío que consume a ese buscador ciego. Me parece interesante la conjunción de ambos personajes en ese lugar como "busco ciegamente un interlocutor mudo". Dicho así, parece que el requerimiento es encontrar al que no veo ni escucho, y cuya función es únicamente el relleno de ese vacío como se observa en Juan Pablo a través de la tortuosa relación que establece con María Iribarne, y que no hace más que confirmar ese "busco ciegamente un interlocutor mudo" y que, en cierta manera, es consecuencia de un deseo de fusión. Dice Juan Pablo desde ese deseo: "me echaba sobre ella, le agarraba los brazos como con tenazas, se los retorcía y le clavaba la mirada en sus ojos, tratando de forzarle garantías de amor, del verdadero amor." Y como él mismo dice: «Debo confesar que yo mismo no sé lo que quiero decir con eso de "amor verdadero"»

Y, sin embargo, el amor verdadero al que se refiere Juan Pablo tiene que ver con el goce, con este más allá del placer de Freud que entronca con el mundo pulsional, y más concretamente con la pulsión de muerte. Una manera de comprender el goce, y su relación con la pulsión de muerte, es a través del concepto de fusión, cuya definición es "unión de dos o más cosas diferentes formando una sola", o su origen etimológico en la palabra latina fusio que significa "acción y efecto de fundir". El amor verdadero que Juan Pablo espera de María Iribarne es una entrega que implicaría esa fusión, ese fundirse el uno con el otro, por otro lado imposible. En varios momentos Juan Pablo define el efecto del goce (ese placer ligado estrechamente al sufrimiento) de manera especialmente clara, y así reflexionando sobre ese supuesto amor verdadero nos dice:

¿Que quería decir? ¿Un amor que incluyera la pasión física? Quizá la buscaba en mi desesperación de comunicarme más firmemente con María. Yo tenía la certeza de que, en ciertas ocasiones, lográbamos comunicarnos, pero en forma tan sutil, tan pasajera, tan tenue, que luego quedaba más desesperadamente solo que antes, con esa imprecisa insatisfacción que experimentamos al querer reconstruir ciertos amores de un sueño. Sé que, de pronto, lográbamos algunos momentos de comunión. Y el estar juntos atenuaba la melancolía que siempre acompaña a esas sensaciones, seguramente causada por la esencial incomunicabilidad de esas fugaces bellezas. Bastaba que nos miráramos para saber que estábamos pensando o, mejor dicho, sintiendo lo mismo.

 

Claro que pagábamos cruelmente esos instantes porque todo lo que sucedía después parecía grosero o torpe. Cualquier cosa que hiciéramos (hablar, tomar café) era doloroso, pues señalaba hasta que punto eran fugaces esos instantes de comunidad. Y, lo que era mucho peor, causaban nuevos distanciamientos porque yo la forzaba, en la desesperación de consolidar de algún modo esa fusión, a unirnos corporalmente; sólo lográbamos confirmar la imposibilidad de prolongarla o consolidarla mediante un acto material. (la negrita es mía)



Dos párrafos en los que queda perfectamente explícito el concepto de goce y en los que se confirma el famoso aforismo de Lacan "no hay relación sexual", y que como decía, explicita muy bien la frase de "busco ciegamente un interlocutor mudo". También Juan Pablo nos pone de relieve la relación del goce con la pulsión de muerte cuando en la misma escena de ambos junto al mar piensa en la muerte como consumación de esta unión imposible:

Sentía que ese momento mágico no se volvería a repetir nunca. "Nunca más, nunca más", pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo.


III. MARÍA IRIBARNE Y LA PROYECCIÓN DEL ÁNIMA.


Ya hemos visto en varias ocasiones el arquetipo del ánima en otras entradas de este blog. Sin embargo, en esta ocasión, me parece interesante observarlo en relación a los efectos de su identificación y proyección en el caso de Juan Pablo y a su relación con el goce y la pulsión de muerte descritos por el psicoanálisis lacaniano. Que María Iribarne es objeto de proyección del ánima por parte de Juan Pablo lo podemos ver ya al principio de la obra. La impresión que causa en él es un claro ejemplo de la cualidad que tiene su proyección arquetípica sobre una mujer:

Físicamente, no aparentaba mucho más de veintiséis años, pero existía en ella algo que sugería edad, algo típico de una persona que ha vivido mucho; no canas ni ninguno de esos indicios puramente materiales, sino algo indefinido y seguramente de orden espiritual.

Que también se halla identificado con el ánima nos lo muestra la propia escena del cuadro, puesto que aquello que dice de la mujer en la playa solitaria es lo mismo que le sucede a él. Recordemos: "Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta." Efectivamente, el personaje de Juan Pablo nos muestra muchas de las características de la identificación con el ánima en el hombre. Las siguientes palabras de Jung son exactas en relación con nuestro personaje:

Cuando el ácima está constelada en mayor medida, afemina el carácter del hombre y lo vuelve susceptible, irritable, de humor cambiante, celoso, fatuo e inadaptado. Tiene malestar y propaga ese malestar en un amplísimo entorno. [2]

Por otro lado la proyección en María Iribarne hace que los sentimientos de Juan Pablo oscilen de una manera radical tanto en el sentido de la proyección positiva, como en el sentido de la proyección negativa. De la visión más espiritual a la más demoníaca. De lo más deseado (codiciado) a lo más odiado. Del deseo de fusión al de destrucción.


Y aquí es donde el título del cuadro Maternidad nos da otra pista sobre la naturaleza del ánima de Juan Pablo. Las figuras parentales, en ese caso la maternal, son uno de los elementos importantes en la configuración del ánima de un individuo, y así el título del cuadro en relación a la pequeña escena de la mujer solitaria, nos harían pensar en alguna falla o déficit materno y que, en virtud de la relación de Juan Pablo con María Iribarne, nos hace pensar en una relación con una madre quizá ambivalente entre el cuidado y el abandono, o también entre las muestras de afecto y rechazo. Efectivamente, María es una figura que se nos muestra escurridiza y ambigua en ciertos sentidos (su peculiar relación con Allende, su esposo, o con Hunter, su primo; sus desapariciones en la Estancia - donde vive Hunter -), y que hace que para Juan Pablo oscile, igual que la figura materna, entre la mujer adorable y la mujer terrible, lo cual acaba desencadenando los aspectos más extremos de la neurosis del protagonista que son los que, finalmente, le llevaran, presa de unos celos patológicos,  a asesinar a María.

Es en la proyección del ánima sobre María donde se articulará en Juan Pablo el goce como deseo de fusión y la pulsión de muerte, así como también otra forma de esta como es la pulsión de destrucción, como nos muestra Juan Pablo de María cuando dice:

Ella decía que éramos seres llenos de fealdad e insignificancia; pero, aunque yo sabía hasta que punto era yo mismo capaz de cosas innobles, me desolaba el pensamiento de que también ella podía serlo, que seguramente lo era. ¿Cómo -pensaba-,  con quiénes, cuándo? Y un sordo deseo de precipitarme sobre ella y destrozarla con las uñas y de apretar su cuello hasta ahogarla y arrojarla al mar iba creciendo en mí.

Por último, quisiera acabar este comentario mostrando una imagen del cuadro Maternidad de la película dirigida en 1952 por León Klimovsky. En ella observamos mejor el contraste entre esa imagen aparentemente amorosa de madre e hijo, aunque también la podríamos contemplar desde una visión edípica (la imagen incluso tiene algunas dimensiones del aspecto fusional al que nos hemos referido) con la pequeña escena de la ventana situada a nuestra derecha.