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domingo, 7 de agosto de 2022

GEORG TRAKL EN CUATRO TIEMPOS: Tragedia, infancia, el mundo caído y la metamorfosis del mal.

un alguien extraño es el alma en la tierra 
(Primavera del alma - G. Trakl)

La sonrisa no fue para él, ni la risa ni la alegría. Georg Trakl, el gran poeta expresionista alemán, nació culpable, y su culpa fue la de ser. Todas sus fotos muestran este rostro tenso, constreñido, de una intensa mirada que era una mirada acusatoria no sólo a él sino a toda la época que le toco vivir, una acusación también a dios. Nuestro poeta entronca con la estirpe de los héroes trágicos que cumplen con decisión su destino, un destino que tiene la muerte como respuesta final a una vida donde el dolor y el sufrimiento fueron su estado anímico permanente. Muerte que cumplió por propia decisión suicidándose de una sobredosis de cocaína a los veintisiete años, probablemente cuando su ya frágil equilibrio psíquico (agravado por su temprana adicción al alcohol y las drogas) se rompió de manera definitiva por el shock traumático que le debió provocar su participación en la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Grodeck, donde como oficial médico se vio en la situación de atender él sólo a más de noventa heridos sin medicina alguna.  

I. TIEMPO I: UN ESPÍRITU TRÁGICO.

Poco antes de suicidarse, Van Gogh pinto su conocido cuadro Campo de trigo con cuervos, que como una premonición anunciaba su ya próxima muerte. No deja de ser significativo, en ese sentido, que uno de los primeros poemas que escribió Trakl llevará ya por título Los cuervos, cuyos versos muy bien podrían figurar al lado del cuadro del pintor holandés:

                                                            Sobre el ángulo negro se van precipitando
                                                            al mediodía los cuervos con negro graznido.
                                                            Sus sombras a la sierva rozan de seguido
                                                            y a veces huraños se les ve descansando. 

                                                            Oh! Como la parda calma van rompiendo 
                                                            en que una haza se siente embelesada, 
                                                            tal hembra en grave presentir cautivada 
                                                            y a veces se les puede oír gruñendo.

                                                            sobre una carroña que olisqueando doquier, 
                                                            y el vuelo pronto dirigen al norte 
                                                            y desaparece tal fúnebre corte 
                                                            en aires que se estremecen de placer. [1]
 
Muy pronto pareció presentir cual iba a ser su destino, y así vuelven los cuervos algunos poemas después:

                                                           Un venado se desangra dulce en la vereda 
                                                           y cuervos chapotean en charcos sangrientos. [2]

Versos que tanto nos recuerdan las palabras que Antonin Artaud escribió en su célebre Van Gogh, El suicidado por la sociedad, sobre los cuervos de su último cuadro:

... ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. [3]

 

Los cuervos de Trakl fueron los cuervos de la culpa de ser: Grande es la culpa del que ha nacido, [4] escribe el poeta, culpa que toma en él la forma de un atormentado espíritu melancólico en un mundo caído y decadente al que fue lanzado desde un estado de perfección y pureza anterior al nacer, y en el que las almas moran en la inocencia. En la poesía de Trakl aparecen con frecuencia los nonatos como representantes de este estado previo al mundo de los caídos. Es, sin embargo, en su Canción de Kaspar Hauser, donde asistimos al no lugar en este mundo para la inocencia del nonato encarnado por el misterioso Kaspar Hauser, el niño salvaje que apareció en Nuremberg el 28 de Mayo de 1828 como un adolescente de unos dieciséis años sin saber hablar ni haber mantenido contacto con otros niños o adultos , y del que se sabe que estuvo cautivo desde la niñez, sin  que nunca se haya podido averiguar su procedencia. Fue asesinado en 1833, a los aproximadamente veintiún años sin tampoco haberse podido determinar ni su asesino ni la causa por la qué fue asesinado. Veamos las cuatro primeras estrofas del poema:

                                            Amaba de verdad el sol que descendía purpúreo la colina, 
                                            los caminos del bosque, el canoro pájaro negro 
                                            y la alegría de lo verde.

                                            Serio era su morar a la sombra del árbol. 
                                            Y puro su rostro. 
                                            Dios dijo una dulce llama a su corazón: 
                                            ¡Hombre!

                                            Silente encontró su paso la ciudad en la tarde; 
                                            la oscura queja de su boca: 
                                            quiero ser un caballero.

                                            Pero le siguieron arbusto y animal,
                                            casa y jardín crepuscular de hombres blancos
                                            y su asesino lo buscaba.

La imagen del venado azul, que en Trakl representa la pureza y la inocencia del alma, representa también, en ocasiones, a su hermana Margarete (Gretl), como también la pureza de la amapola blanca. En todo caso, y como Kaspar Hauser, el venado azul sufre de muerte, de heridas y es presa de cazas, como también es mancillada la amapola blanca. No es la Tierra lugar para las almas inocentes pues, como no podía ser de otra manera, para un nacido culpable el mundo es un infierno.

                                                        Despertar, crecer y otra vez perecer,
                                                        la eterna trágica historia,
                                                        que así representamos sin comprender, 

                                                        cuya nocturna tortura demente
                                                        dla belleza la tan dulce gloria corona, 
                                                        cosmos de espinas sonriente. [5]

Trakl nació para volver a su alma nonata, la intentó buscar en vida pero no la encontró, y el único camino de vuelta era la muerte, el retorno al origen. Como dice Hugo Mujica en su bello, precioso ensayo sobre el poeta: "Trakl miró la vida y vio la muerte, por eso escribió, para vivir. Para dejarnos lo que fue esa vida: su obra." [6] Nuestro poeta sufrió del dolor de haber nacido. La culpa le impidió realizar, como reza un aforismo mio, que "para vivir, primero hay que hacer el duelo de nacer". Él se quedo en la melancolía, en el anhelo del paraíso de los nonatos, donde el alma no encarnada es pura e inocente.  Como dice su traductor de la obra completa, José Luis Reina, "Sólo la melancolía puede sondear totalmente ese destino de los que buscan una patria que no pueden encontrar" [7]. Y así su destino fue una tragedia y, como sabemos, no hay tragedia, ni héroe trágico, sin culpa, sin una arrolladora culpa que tiene, como todo destino trágico, la muerte como final: 

                                                          Somos los caminantes sin destino,
                                                          nubes a las que el viento dispersa, 
                                                          flores que en frío temblor mortecino 
                                                          están esperando la guadaña tersa. [8]

II. TIEMPO II. LA INFANCIA, EL PARAÍSO QUE NUNCA FUE.

Para Trakl los niños son la última frontera entre la inocencia de los nonatos y la caída en el mal del mundo. En muchos de sus poemas aparecen vinculados al juego y a la ensoñación, si bien también aparecen como los niños demacrados o muertos, o como nos relata en Sueño y entenebrecimiento "infancia llena de enfermedad, espanto y tiniebla".

Georg Tralk y sus cinco hermanos. Georg es el cuarto desde la izquierda. Margarete es la pequeña

En la infancia se gesta la que iba a ser su sospechada futura relación incestuosa con Margarete o Gretl, su hermana pequeña. Probablemente su única relación de amor, si bien inevitablemente lastrada por el dolor y la culpa. Efectivamente, la madre de Trakl fue una mujer que se desentendió de sus hijos. Obsesionada con coleccionar antigüedades y labores de artesanía, era además fría y distante. Así nos lo mostrará el poeta a lo largo de sus poesías: el serio semblante de la madre; en oscuras habitaciones se petrificó el rostro de la madre; en la puerta estaba la nocturna figura de su madre; profundo es el adormecimiento en los oscuros venenos, lleno de estrellas y del blanco rostro de la madre, el pétreo; a la madre bajo dolorosas manos el pan volviósele piedra, etcétera, etcétera. Hijo de un gran déficit materno y de un padre que de sus poesías nos llega silente, ausente y, de tanto en tanto, de voz dura, si bien, y mientras vivió, siempre le ayudó económicamente. En todo caso la carencia de afecto parental, la de una infancia criada con institutrices, hizo inevitablemente mella en Trakl: Ángel pálido / entra el hijo en la casa vacía de los padres.[9]

Del frío y la distancia afectiva de la madre deviene el paraíso anhelado que, inexistente, hace que el melancólico introyecte el objeto perdido en sí mismo para buscarlo en sus propios abismos, para perseguir el objeto que se perpetúa como una ausencia que nunca encuentra, lo cual nos explica el suicidio como fin, puesto que el odio hacia la madre ausente se transforma entonces en odio hacia sí mismo. En el caso de Trakl, la ausencia del padre no haría más que engrandecer la gran ausencia materna.

Sin embargo, aquí aparece Margarete, la hermana con quien Trakl desarrolló una relación incestuosa (aun debatida actualmente). Está claro que en esa casa vacía de padres, Margarete fue una presencia en la que Trakl proyectó el objeto perdido y por la que se sintió vivamente atraído en el sentido edípico más transgresor (de la misma manera que le ocurrió a Gretl), lo cual derivó en que esa búsqueda interna del objeto perdido, fue proyectada en su hermana ahora como objeto prohibido. Ni dentro ni fuera pudo Trakl alcanzar el paraíso que nunca fue, que tan sólo es un sueño de paraíso. Gretl es la inocencia, la amapola blanca que al mancillarla también derivo en fuente de su tormento y culpa aunque, como sabemos, ese tormento y culpa del melancólico son también el lugar del goce. A quien desee profundizar en estos conceptos recomiendo leer la entrada dedicada a las kinsderszenen de Schumann (pulsa aquí, o al final de esta entrada en "entradas relacionadas).  Trakl, como Schumann,  también fue uno de esos artistas cuya obra se gesto en el horizonte singular de ese abismo que constituye ese lugar del goce.

Que Gretl surgió en la infancia aparece en algunos de sus poemas, como en Canción de tarde, que evoca la dulzura de nuestra triste infancia

                                                        Cuando tomé tus delgadas manos 
                                                        abriste suavemente tus ojos redondos, 
                                                        esto hace ya tiempo. 
                                                        Pero cuando una oscura armonía aflige al alma,
                                                        apareces tú, blanca, en el paisaje otoñal del amigo.

Momento que, en un ejercicio de alta literatura, el escritor Claude-Louis Combet en su fascinante, delicado y poético libro basado en la relación de los dos hermanos, Hiere, negra espina, es descrito como:

El hermano y la hermana, inseparables, son cómplices del misterio. En cuanto el mayor se levanta, la pequeña se le acerca, desliza su mano en la de él y se deja guiar. El jardín, el sótano, el desván, el cobertizo donde guarda la calesa, el umbroso establo donde el caballo respira pesadamente, rodeado de sus olores... todos esos lugares son escenarios de mudas celebraciones. La niña se siente protegida cuando está cerca de su hermano, pero también como por delante de sí misma, arrastrada a compartir los secretos de un mundo, más vasto que el de la primera infancia.. Y el chiquillo, que no tiene más de diez años, experimenta, en lo más hondo de su corazón, un júbilo sombrío cuando piensa hasta que punto aquella niña le pertenece, y como ella consciente en su sumisión que la hace madurar, la ennoblece. [10]

Júbilo sombrío que con el tiempo adquirirá la dimensión del mal que pervierte la pureza. Aparece aquí en su poesía el tema del "espejo", superficie sobre las que se refleja ese mal:

Purpúrea nube ennubó su cabeza, tal que silente se arrojó sobre su propia sangre e imagen, un rostro lunar; pétreo se hundió en el vacío, cuando en espejo quebrado, jovenzuelo moribundo, la hermana apareció; la noche devoró la estirpe maldita. [11]

Y que nuevamente Claude Louis Combet describe en su novela:

El hermano mayor permanecía junto a su hermana pequeña, frente al espejo. Sin el espejo quizá nada hubiera sido posible. Pues el muchacho podía mirarse al tiempo que la miraba, gracias a ese juego de miradas oblicuas. [12]

TIEMPO III. EL YO Y EL MUNDO CAÍDO.

Introyectada la madre como objeto perdido, proyectada en la hermana como objeto prohibido, prohibición que más tarde transgredió, el mundo fue el infierno, el lugar de las almas caídas, el mundo caído. En su poesía encontramos continuamente la dimensión tenebrosa y oscura, el crepúsculo y el ocaso, la podredumbre y la lepra, la putrefacción de la que el mundo y la vida son portadoras y que, en consecuencia, y como alma caída, él también lo es. En una carta a su protector Ludwig von Ficker escribe:

Demasiado poco amor, demasiado poca justicia y piedad, y siempre demasiado poco amor; demasiada dureza, orgullo y todo tipo de criminalidad — eso soy yo. Sé muy bien que omito el mal sólo por debilidad y cobardía y con ello envilezco aún mi maldad. Anhelo el día en que el alma no podrá ni querrá vivir en este desalmado cuerpo apestado por la melancolía, en que abandonará esta figura ridicula de heces y podredumbre, que sólo es un reflejo demasiado exacto de un siglo sin Dios y maldito. [13]

En su poema en prosa, Revelación y ocaso, así se lo hace decir a su hermana:

En silencio estaba sentado en una taberna abandonada bajo ahumada viguería y solo ante el vino; un cadáver radiante sobre algo oscuro inclinado y un cordero muerto yacía a mis pies. De pútrido azul surgió la pálida figura de la hermana y así habló su boca sangrante: hiere, negra espina. (la negrita es mía)

Hiere, negra espina. Eso era para él mismo Trakl, una negra espina que queriendo alcanzar ese estado perfecto que representa el lugar del goce, es a la vez fuente de tormento, sufrimiento y culpa. Así cargó con el deseo de su hermana y la de su seducción hacia las drogas, con la muerte de su padre, con la mala relación con su madre, a la que, según von Ficker, decía que quería matar. Desde su perspectiva todo lo que tocaba se convertía en oscuridad y podredumbre. Él, como el propio mundo, era oscuridad y podredumbre:

                                                        muriendo bajo el verdor de los árboles
                                                        y siguiendo la sombra de la hermana;
                                                        amor oscuro
                                                        de una estirpe salvaje,
                                                        a quien raudo huye el día en ruedas de oro. 
                                                        Noche silente. [14]

Y también es una negra espina cargado de dolor y sufrimiento el mundo en sí mismo. Como él perdió a su madre en la infancia, el mundo perdió a dios. Como el fue negra espina, la existencia también lo es. Lejos de la perfección del estado nonato, de las almas puras, la encarnación no es más que su caída. Caída en el caos, la degeneración y la decadencia:

                                                    Se hunde el barrio en miseria y hedor cubierto.
                                                    Pasean de largo tonos de violas y acordes
                                                    ante hambrientos en sótanos de rotos bordes. 
                                                    Sentado está en un banco un dulce niño muerto. [15]

Y cuyo último poema, Grodeck, no es más que su constatación final a partir del horror de la guerra: 

                                            En la tarde resuenan los bosques otoñales 
                                            de armas mortales, las áureas llanuras 
                                            y lagos azules, sobre ellos el sol 
                                            rueda más lóbrego; abraza la noche 
                                            murientes guerreros; la queja salvaje 
                                            de sus bocas destrozadas. 
                                            Pero silente se reúne en los prados del valle 
                                            roja nube, allí habita un Dios airado 
                                            la sangre derramada, frescura lunar; 
                                            todos los caminos desembocan en negra putrefacción. 
                                            Bajo el áureo ramaje de la noche y las estrellas 
                                            oscila la sombra de la hermana por la arboleda silenciosa 
                                            al saludar los fantasmas de los héroes, las cabezas sangrantes; 
                                            y suenan suave en el cañar las oscuras flautas del otoño. 
                                            ¡Oh duelo tan orgulloso! Oh altares de bronce, 
                                            a la ardiente llama del espíritu nutre hoy un inmenso dolor, 
                                            los nietos no nacidos.


TIEMPO IV. METAMORFOSIS DEL MAL.

Alguien te abandonó en el cruce y tú miras largamente hacia atrás.

(Metamorfosis del mal)


Trakl intentó redimirse de su dolor y de su culpa a través del arte, de su poesía. Eso le llevó al extremo de hacer bello el mal, o como dice José Luis reina, le llevó a un iluminismo del mal (en la tradición de Rimbaud o Baudelaire). Su redención fue una inmersión aun mayor, si cabe, en la naturaleza caída de su alma y del alma del mundo, una inmersión que a través de esa belleza del mal hace que éste se metamorfosee en ternura, en una mirada compasiva que surge de la contemplación y de la belleza hecha de ese mal a través de la poesía, del estado caído del alma, así como del alma caída del mundo: Pero silente sangra en oscura cuenca tan enmudecida humanidad - escribe en su poema Los enmudecidos -. Eso lleva a nuestro poeta a sostener el dolor y la culpa de ser la negra espina que hiere, a la vez que contemplar la pureza herida, la amapola blanca, la hermana amada y deseada, y sentir la piedad por tan oscura existencia a la que el ser humano es lanzado. A través de su oscuridad intenta poner de relieve la pureza manchada, aunque, en ocasiones, y en sus pocos momentos de paz, la pureza resalta por sí misma, cuando al final de su Revelación y ocaso escribe: 

Cuando fui al jardín crepuscular y la negra figura del mal se había alejado de mí, me rodeó la jacíntea calma de la noche; y atravesé en barca combada el tranquilo estanque y la dulce paz commovió las petrificadas estrellas. Atónito yacía bajo los viejos sauces y alto era el azul cielo sobre mí y lleno de estrellas; y como mirando moría, murieron en mí la angustia y el dolor más profundo; y se alzó la sombra azul del muchacho radiante en lo oscuro, dulce canto; se levantó en alas lunares sobre verdeantes cimas, cristalinas rocas, la blanca faz de la hermana.



Ahora podemos comprender que esa metamorfosis del mal, tal y como se da en Trakl, sólo es posible al borde de ese abismo que es el lugar del goce. Como dice, de nuevo, José Luis Reina:

Sólo una metamorfosis del mal podía dar al yo debilitado la fuerza necesaria para sentirse herido y sostener la visión de su infierno como única vía de purificación; esa metamorfosis es la escritura. Por ella el poeta dignifica algo socialmente injustificado, también cuando temáticamente, como ocurre en «Metamorfosis del mal», lo condena.


Y creo que aquí es necesario traer un párrafo del trabajo realizado con las kinderszenen de Schumann, porque nos permiten entender ese lugar donde abismo, creación y destrucción se encuentran en terrible tensión:

"A ese lugar que, no obstante, también acabó por devorarlo [a Schumann, y también a Trakl], Lacan lo llama el lugar del goce: "Soy el lugar desde donde se vocifera que 'el universo es un defecto en la pureza del no ser'. (cita de Paul Valéry) [...] Ese lugar hace languidecer al ser mismo, se llama el goce, es aquel cuya falta haría vano el universo". [16]. Hay artistas que frecuentan y crean en la frontera con ese abismo, que crean en el horizonte singular bajo la hipnótica atracción del agujero negro que lo representa. Es el logro del poeta en la tensión de este horizonte que le hace vecino de un vacío infinito, tensión de la que extrae, no obstante, perlas como la la inocencia y la ternura, aunque también puede extraer perlas del horror y la angustia (recordemos anteriores entradas: Edvard Munch, Goya, Piranesi) que le asaltan en ese lugar sin que por ello sea menos arte."

V. MÁS ALLÁ DEL TIEMPO, EN LA MUERTE.

                                                               Bajo abetos sombríos

                                                               mezclaron dos lobos su sangre

                                                               en pétreo abrazo; un oro

                                                               se perdió la nube sobre el sendero,

                                                               paciencia y silencio de la infancia.


Georg Trakl se suicidió el 3 de Noviembre de 1914 de una sobredosis de cocaína a los veintisiete años, cuando ya no sostuvo más la tensión de estar en ese horizonte singular que intenta mediar entre el abismo, la creación y la destrucción. Con su suicidio consumó su tragedia. Pero no fue la única tragedia que se consumó. Tras su suicidio Gretl (quien era una pianista prometedora) quedó muy afectada cayendo en una profunda depresión de la que ya no se recuperaría. Casi tres años más tarde, el 21 de septiembre de 1917, ella también se quitó la vida de un disparo en Berlín a los veintiséis años.

Más allá de las especulaciones sobre si el incesto se consumó como relación física o no (los estudiosos están divididos sobre el tema), no hay duda de que su relación era a todas luces la de dos almas que se necesitaban intensamente. En realidad, si hubo o no contacto físico seria lo de menos, porque lo importante era lo que psíquicamente significaban el uno para el otro: la anhelada fusión del deseo edípico, el retorno a una unidad perdida que, sin embargo, es también pulsión de muerte. Es quizá por ello que la novela de Claude Louis Combet es tan bellamente intensa en el sentido más rilkeano, aquel lugar donde lo bello transcurre bajo la sombra de lo siniestro, pues su autor reconoció que escribió la novela porque la historia de los dos hermanos le confrontó con sus propios deseos incestuosos: los que había sentido hacia su madre.

Decía que el retorno a la unidad perdida es, sin embargo, también pulsión de muerte. Así fue para Georg y Gretl, quienes por fin se reunieron más allá del tiempo, en la muerte. Acabaré esta entrada con unas palabras de Combet escritas en el capítulo donde nos describe el encuentro en el que se consuma su relación incestuosa:

El hombre se demoró dentro de la mujer. Habría querido no tener que retirarse nunca, y ella solo soñaba con permanecer así, abierta y poseída hasta que llegara el sueño de la muerte. Así unidos, tenían la vaga conciencia de que el desgarro se dejaría sentir desde el mismo momento en que se separaran, y su abrazo se obstinaba contra el tiempo, pueril, irrisoriamente, en la ceguera de la primera felicidad. Aquí, la calidez del suelo y el torpor de los sentidos les concedían un respiro como nunca antes habían conocido. Aquí les fue dado ese extraño sentimiento de gracia que el mal procura una vez consumado con resolución. Bastaba entonces con un movimiento - ese inexorable movimiento de retirada cuando los cuerpos se separan - para que la angustia acaparara de nuevo sus existencias, y recuperara el terreno que había cedido sólo el tiempo de un espasmo y de una efusión. [17]

Al final, y para ambos, llegó el sueño de la muerte.


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[1] Todas las poesías son de la traducción que José Luis Reina Palazón hizo para Las Obras completas de Trakl publicadas por la editorial Totta.
[2] versos del poema En invierno.
[3] Artaud, Antonin. Van Gogh, el suicidado por la sociedad. Editorial Argonauta, pág. 84
[4] verso del poema Ani
[5] Versos del poema 3 de Tres sueños.
[6] Mujica, Hugo. La pasión según Georg Trakl. Poesía y expiación. Editorial Trotta.
[7] Ver nota 1, pág. 26
[8] Versos del poema Canto a la noche.
[9] Verso del poema Helian.
[10] Combet, Claude Louis. Hiere, negra espina. Editorial Periférica. págs. 18 y 19
[11] de la poema en prosa Sueño y entenebrecimiento.
[12] Ver nota 10, pág. 10 y 11
[13] en cartas (ver nota 1)
[14] Versos del poema Pasión
[15] Versos de poema De camino.
[16] Lacan, Jacques. Escritos 2. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. Siglo XXI editores, pág. 800
[17] Ver nota 10, págs. 78 y 79

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lunes, 1 de enero de 2018

GUSTAV MAHLER Y EL ADAGIETTO DE LA QUINTA SINFONÍA: El Amor y el lamento del goce. Lo trágico.

El adagietto de la quinta sinfonía de Gustav Mahler, página inmortal de la música, y definitivamente inmortalizada por la película de Luchino Visconti "Muerte en Venecia" (1971), a su vez inspirada en la gran novela corta de Thomas Mann (1912),  cuyo personaje lo inspiró en cierta medida Gustav Mahler, corresponde al cuarto movimiento de su quinta sinfonía. Parece ser que este movimiento fue compuesto como una declaración de amor para Alma Schindler, y que luego fue añadida a la sinfonía. A Alma volveremos más tarde. Sea como sea, la quinta sinfonía de Mahler es una obra en la que se aborda la dialéctica de la vida y la muerte en toda su dimensión y que, aun más allá de la muerte, se aborda la dimensión perturbadora de la vida en sí misma o, como yo diría, la dimensión perturbadora que la vida adquiere para un representante de ella que ha devenido consciente. El drama de la vida que para un ser un humano es la vida en tanto en cuanto comprende el dolor, el sufrimiento y la muerte, y el drama de las relaciones humanas en sí mismas.


I. APUNTES SOBRE LA QUINTA SINFONÍA.

Aunque no podemos extendernos en el comentario de toda la sinfonía, si que es necesario hacer algunas breves indicaciones sobre ella, imprescindibles para abordar el adagietto motivo de reflexión en esta entrada. Mahler veía su sinfonía en tres partes: la primera, que la constituyen los dos primeros movimientos; la segunda, con el largo scherzo central, y centro mismo de la sinfonía; y finalmente la tercera parte formada por el cuarto (el adagietto en cuestión) y el quinto movimiento (el Rondo-Finale). Nos centraremos, de momento, en un apunte sobre las dos primeras partes para abordar posteriormente el adagietto y la relación de éste con el último movimiento.

- Primera parte: la oscuridad de la vida. La muerte.

El primer movimiento, que constituye una marcha fúnebre, nos enfrenta a la desesperación y el dolor de la vida en relación al dolor, el sufrimiento y la muerte. Se sienten en sus notas la frágil vulnerabilidad del ser humano, y por ello, junto a los intensos momentos de desesperación, oímos también la tristeza y la melancolía hacerse presentes. En el segundo movimiento (tempestuosamente agitado), asistimos al contraste de estos momentos extremos de agitación con momentos de delicadeza y dulzura, de profunda ternura, y también alguno de exaltación, especialmente al final del movimiento, que ya nos anuncia la llegada del tercero.

- Segunda parte: La dicha de vivir. Encarar la oscuridad de la vida.

El tercer movimiento, un largo scherzo de diecisiete minutos, y centro de la sinfonía, da un giro a la temática que hasta entonces ha predominado, y un ritmo de vals, o de landlër, danza folclórica que se considera su precursor, nos conecta con la intensidad de la dicha de la vida, no tanto como una visión naif, sino como una actitud con la que afrontar la "oscuridad de la vida" descrita en la primera parte de la sinfonía. Una actitud, una manera de enfrentarla que a la vez que la afirma, no por ello deja de ver su dimensión perturbadora.


Adagietto. 5ª Sinfonía de Mahler. Dirección: Claudio Abaddo.

II. EL ADAGIETTO. EL AMOR Y LAMENTO DEL GOCE: LO TRÁGICO.

Quizá hay que encarar esta bellísima pieza musical, compuesta sólo para cuerdas y arpa, tomando dos consideraciones sobre ella que nos transportan a un "algo" que se hace muy presente en su lenta melodía, un "algo" que se percibe en su tono melancólico y que junto a la paz y equilibrio al que parecen apuntar sus notas y que tantos comentaristas destacan, se deja oír también un lamento de fondo que acompaña a la vida ante la presencia del amor y la belleza, un "algo" que se relaciona con un exceso que los torna en dolor y sufrimiento, una dimensión trágica.

En primer lugar haremos notar que las primeras notas de esta pieza hacen referencia a uno de los cinco Lieder-Rucker que Mahler compuso en 1901 sobre poemas de Friedrich Ruckert: Ich ben der Welt abhanden gekomenn (He abandonado el mundo).


Ich ben der Welt abhanden gekomenn (He abandonado el mundo) 
- Claudio Abbado y Magdalena Kozena -

Dicen las estrofas de este poema:

                                                           He abandonado el mundo
                                                     en el que malgasté mucho tiempo,
                                                     hace tanto que no se habla de mi
                                                     ¡que muy bien pueden creer que he muerto!


                                                     Y muy poco me importa
                                                     que me crean muerto;
                                                     no puedo decir nada en contra
                                                     pues ciertamente estoy muerto para el mundo.

                                                     ¡Estoy muerto para el bullicioso mundo
                                                     y reposo en un lugar tranquilo!
                                                     ¡Vivo solo en mi cielo,
                                                     en mi amor, en mi canción!

Tomando este poema como referencia, así como la música y el canto que la acompaña, asistimos a una parecida sensación que nos llega también del adagietto: en ese amor y en esa canción, o en la melodía lenta del adagietto, parece habitar también una profunda melancolía y desesperación. ¿Cuál es ese cielo que está más allá del mundo? ¿Cuál ese amor y esa canción que implica una cierta muerte al mundo? En ocasiones, cuando la belleza y el amor se juntan, parecen adquirir una dimensión paraíso para aquel que las vive. Ese lugar alejado del mundo, donde solo se vive con el cielo, el amor y la canción nos recuerdan que es también un lugar de nombre llamado goce, del goce psicoanalítico, ese lugar donde amor y belleza son, no obstante, también sufrimiento, pues es un lugar que al mismo tiempo que se le canta, también se le suplica, y se le suplica vehementemente y repetidamente (característica de la pulsión), pues algo de él se torna esquivo y nos lanza de nuevo a la insatisfaccn: “si el goce tiene que ver con la pulsión es en la medida en que la pulsión deja un saldo de insatisfacción que anima a la repetición” [1]. En el goce la satisfacción nunca es completa,  y esta no completud establece que la melancolía y la angustia acompañen a aquel que se halla envuelto en esa envolvente atmósfera de "inaccesibilidad". Por eso Lacan, y en relación al goce, creó el neologismo de "suspeorar", síntesis de "suspirar" y de "empeorar", que define que la relación del sujeto con el goce viene determinada por un exceso: el exceso implícito en el deseo de completud. El suspiro determina un ansia, un anhelo... un amor excesivo de algo que no conviene (algo que empeora), es decir, suspirar por algo que nos empeora.

Y es por ello que quisiera destacar el segundo elemento que recorre el adagietto, y que lo emparenta con el "Preludio" de Tristan e Isolda, de Richard Wagner, cuya influencia en Mahler es bien conocida. 





Prelude & Liebestod de Tristan e Isolda (R. Wagner). Director: George Solti

Efectivamente, en algunos pasajes del Adagietto, escuchamos esa melodía característica del Preludio de Tristan e Isolda, en el que la desesperación alcanza altas cotas con ese sonido in crescendo de las cuerdas y vientos de la orquesta, esa desesperación y dolor que transmiten en su esfuerzo por alcanzar lo inalcanzable. Si bien no con esa intensidad, en el adagietto escuchamos, en un tono más grave y melancólico, diría incluso que más sutilmente doloroso, la dimensión trágica que acompaña al ser empeñado en querer alcanzar lo inalcanzable, como ese momento en el que Gustav Aschenbach, el protagonista de "Muerte en Venecia" alcanza su mano para asir lo inasible, mientras Tadzio, el joven polaco de aspecto andrógino del que está enamorado, le señala a lo lejos, en la orilla del mar el horizonte... esa línea inalcanzable que siempre está por delante de nuestros ojos.

Escena final de "Muerte en Venecia".

¿Siempre inalcanzable? Siempre salvo en la muerte, o por lo menos en ciertos tipos de muerte. La muerte aparece como esa meta y ese lugar del que hablan los versos de Ruckert en su poesía, y que Mahler cantará y orquestará. Por eso el goce va tan unido a la pulsión de muerte. Y por eso, como dice Lacan, este asunto del goce y de la pulsión de muerte son asuntos de los que los seres humanos nada queremos saber:

El no querer saber nada de eso, es el estado opaco que divide al sujeto entre la pasión de su ignorancia y el saber sobre la verdad de su goce. [2]

Palabras muy propias para el protagonista de la novela de Thomas Mann y, yo diría aun más, para el de la película de Visconti, quien elige vivir la pasión de su ignorancia. La dirección trágica a la que apunta el adagietto es el destino de "ese no querer saber nada de eso" que justamente nos relaciona con un destino trágico al que no queremos renunciar, un destino que, por ejemplo, nos anuncia "la canción de muerte" de Isolda, el aria final de la ópera de Wagner, en la que la heroína, siguiendo el camino de algunos héroes trágicos, "muere de amor", que no de dolor, tratándose lo suyo de una transformación, de una unión... de una fusión que, en el aria, igual que en el lieder "He abandonado el mundo", se nos pone de relieve aun con mayor profundidad:

                                                      ¿Tan sólo oigo yo esa melodía,
                                                       que tan maravillosa y quedamente,
                                                       suena desde su interior
                                                       en delicioso lamento
                                                       que todo lo revela,
                                                       en tierno consuelo, gentil reconciliación,
                                                       penetrando en mi, elevándose,
                                                       en dulces ecos
                                                       que resuenan en mi?
                                                       Esa clara resonancia que me circunda
                                                       ¿es la ondulación de delicadas brisas?
                                                       ¿Son olas de aromas embriagadores?
                                                       ¡Cómo se dilatan y me envuelven!
                                                       ¿Debo aspirarlas?
                                                       ¿Debo percibirlas?
                                                       ¿Debo beber o sumergirme?
                                                       ¿O fundirme en sus dulces fragancias?
                                                       En el fluctuante torrente,
                                                       en la resonancia armoniosa,
                                                       en el infinito hálito
                                                       del alma universal,
                                                       en el gran Todo...
                                                       perderse, sumergirse...  
                                                       sin consciencia...
                                                       ¡supremo deleite!



Liebestod (Canción de muerte de Isolda). Nina Stemme.

Es porque muere Isolda que accede al goce, ya lo dice el aria: "En el fluctuante torrente, en la resonancia armoniosa, en el infinito hálito del alma universal, en el gran Todo... perderse, sumergirse... sin consciencia... ¡supremo deleite!" Supremo deleite, bien supremo, son nombres del goce, y el acceso a él es sólo posible si el sujeto del deseo muere... si no, la experiencia con el goce es  un más allá del placer, un exceso que se vive como dolor y sufrimiento porque finalmente no hay objeto que lo colme:

algo que precisamente [...] no puede ser ni atribuido a un sujeto, ni puesto en ningún sujeto, es algo que no es susceptible ni de más ni de menos, que no se introduce en ningún comparativo, en ningún signo de mayor o menor, o aún de más pequeño o igual. El goce es algo en donde marca sus rasgos y sus límites el principio de placer... [3]

El adagietto corresponde, desde mi punto de vista, a la versión melancólica y trágica del goce, a diferencia de la versión desesperada y heroica del preludio de Tristán e Isolda, o del aria de la canción de muerte (Liebestod) de Isolda. No obstante, ambas son complementarias en el sentido de que toda melancolía es desesperada y todo héroe, en el concepto clásico, es trágico. Theodor Adorno abunda en esta concepción cuando dice en torno a su música y a esta composición en particular:

Una vez y otra se hace la misma tentativa, como si la música que choca contra el muro abrigase la esperanza de poder traspasarlo alguna vez: «Ah no, yo no me dejé rechazar.» Se melodiza de un modo insaciable [...] El contenido, que no tolera estar encerrado en un espacio circunscrito, en la justificación de lo finito, se adueña, sometiéndolo a sí, del gesto del lenguaje musical, sabotea la norma estética de orden y medida [...] una música insaciable es la resultante de este conflicto [...] Quien es incapaz de contenerse busca refugio en el lenguaje no conceptual, que todavía consiente un llanto sin límites y un amor sin barreras.

A aquel gesto se asocia a veces, en la forma, un peculiar sentimiento del «después»: lo que anhelosamente quiere ir más allá de sí mismo es a la vez un adiós, un recuerdo [...] ese es el modo en que se da vida al tipo motívico de la segunda parte de la frase que en el adagietto de la Quinta tocan los primeros violines y sobre la cual se encuentra la indicación mit Empfindung [con sentimiento] [4]

III. EL ADAGIETTO Y ALMA SHINDLER: EL TEMPO DE EJECUCIÓN.


Alma Schindler
Según diversos opiniones y testimonios, entre ellos la de los directores de orquesta coétaneos de Mahler, Willem Mengelber y Bruno Walter, el adagietto está intrínsicamente unido al amor apasionado de un Mahler de 41 años por una joven diecinueve años más joven, Alma Schindler:

Mahler escribió el Adagietto durante su primer verano con Alma, e incluso los comentaristas inclinados a adoptar un enfoque biográfico directo pueden abandonar sus reservas aquí: es una declaración musical de amor, que Mahler y Alma confirmaron cuando Mengelberg lo interrogó sobre el tema del violonchelo expresivo, línea que constituye el tema principal del movimiento. [5]

Dadas las características de esta pieza se le ha conferido especialmente importancia al tempo con la que es ejecutada, puesto que en tempos muy lentos la dimensión de tristeza adquiere mucha densidad (Leonard Bernstein la ejecutó así en el funeral de Robert Kennedy) y, en principio, diríamos que una declaración de amor no podría ser tan triste. Parece que cuando la obra fue estrenada por Mahler, su interpretación fue con un tempo de aproximadamente 7 minutos, y así la interpretó también Mengelberg, si bien directores como Leonard Bernstein (un claro Mahleriano), en el funeral de Kennedy, lo ejecutó con un tempo de aproximadamente unos 12 minutos. Otros directores como Herbert von Karajan, Claudio Abbado o Simon Rattle han hecho ejecuciones también de tempos muy lentos (entre 9 y 12 minutos). Sin embargo, no creo que esto cambie tanto el sentido final de la obra, en todo caso quizá enfatize su dimensión más triste y melancólica. Creo que un pequeño poema del propio Mahler, que adjuntó a Mengelber en una carta para ilustrar el tema de la línea de violines en la composición, confirma la aproximación que aquí ofrecemos:

                                                         Cuánto te amo, mi sol,
                                                         No puedo decirte eso con palabras.
                                                         Solo puedo lamentarte mi anhelo y amor.

Ahora, y en palabras del propio Mahler, el amor, lo amado es convertido en "mi sol", y a él se unen al lamento y al anhelo y, en consecuencia, ya estamos entrando en el dominio del goce y, por lo tanto ese anhelo, ese amor excesivo se transforma en el suspeorar lacaniano. En todo caso el sufrimiento de Mahler estaba garantizado, pues con Alma iba realmente a "susperorar", ya que a su difícil caracter, se unía el de su "sol", una seductora joven de veintidós años que, como sus propios diarios revelan, tendría efectos devastadores sobre él:

Alma era una femme fatale que todavía estaba en desarrollo. Flirteó incensantemente, un atractivo centro de atención por parte de innumerables hombres jovenes y mayores. Sus diarios dejan claro que eran un volcán erótico, de una sensualidad indomable, una mujer terriblemente atraída por el aspecto animal del amor. Con un grado de detalle que incomodaría seguramente a los lectores modernos, dejó poco a la imaginación al expresar en su diario la constatación de una sexualidad cada vez más ingorbernable. [6] 

Compárese este comentario con la visión que Mahler esperaba de Alma:


Lo que eres para mí, mi Alma, lo que algún día podrías ser para mí, es la parte más alta y querida de mi vida, una compañera fiel y valiente, que me entiende y me impulsa a cosas más altas, una fortaleza inexpugnable, que me protege de todos mis enemigos intrínsecos y extrínsecos, un paraíso, un cielo, en el que siempre puedo sumergirme, recuperarme y reconstituirme a mí mismo. [7] (la negrita es mía). 

La música, y en especial la música romántica, recoge en muchas ocasiones estados anímicos inconscientes. Creo que cuando el adagietto fue compuesto, y más allá del amor apasionado de Mahler por Alma, éste también ya recogía en su composición la imposibilidad de ese paraíso que Mahler requería en Alma, pero no por Alma, o no solo por ella, sino por esa dimensión del goce que hay en esa demanda y que queda condenada a la insatisfacción como hemos estado estableciendo en este trabajo.

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[1] Braunstein, N. Goce. Siglo XXI, 1990, pág. 50
[2] Zapata, Jorge Ivan. El goce: eso que hay que saber. Revista Errancia, la palabra inconclusa:
http://www.iztacala.unam.mx/errancia/index.html
[3] Lacan, Jacques. Seminario 14. La lógica del fantasma. Psikolibro, pág. 103 (206).
[4] Adorno Theodor. Mahler. Una fisiognómica músical. Ediciones Península, pág. 164
[5] Malte Fischer, Jens. Gustav Mahler (translated by Stewart Spencer). Yale University Press, pág. 390. La traducción de los textos de este libro del inglés es mía.
[6] Ídem anterior, pág. 363
[7] Ídem anterior, pág. 375