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jueves, 19 de marzo de 2026

FRANZ SCHUBERT: Imágenes de la muerte (Segunda parte)

PULSA AQUÍ PARA VER LA PRIMERA PARTE 

Mis canciones existen por el conocimiento de la música y mi propio dolor. (Franz Schubert)

Seguimos con la segunda parte de los lieder de Schubert acerca de la muerte que recoge el CD de Brigitte Fassbaender y Graham Johnson al respecto.

El dolor y el sufrimiento de la enfermedad, así como la perspectiva de la muerte, fueron prematuras presencias en la vida de Schubert, que a los 26 años, en 1823, ingresó en el Hospital General de Viena aquejado de lo que parece ser una enfermedad venérea. Se supone que fue sífilis, aunque las limitaciones diagnósticas de la época hacen difícil afirmarlo con seguridad. En todo caso, y a partir de este momento, Schubert tuvo fuertes recaídas durante los siguientes cinco años hasta el momento de su muerte en 1828. A pesar de este sufrimiento, y del más que posible rechazo social, Schubert siguió componiendo, y como nos dice Fernando Pérez Cárceles, el traductor de las poesías que Schubert musicalizó: "Este es el coraje de Schubert, hacer música al margen de su vida, regalarnos la belleza como un bien imperecedero." [1]

Es por ello, y como muestra de estas últimas palabras que vamos a empezar con un lied, compuesto poco después de su salida del hospital, del que otro de sus grandes intérpretes (Dietrich Fischer-Dieskau) y conocedores nos dice: "Nada ha sido inventado que logre resultar a un mismo tiempo tan íntimo y despreocupado, tan efusivo y distendido". [2]

I. LA MUERTE COMO LIBERACIÓN DEL ALMA.

Desde ese abismo interior, Schubert transforma el dolor en música, nace de esa tensión entre desesperanza y trascendencia. Escribe un Schubert desesperado a su amigo Leopold Kuppelweiser: 

... creo que soy el ser más miserable y desgraciado del mundo. Imagínate a un hombre cuya salud nunca volverá a ser la que era y que, de pura desesperación por ello, no hace más que empeorar las cosas en vez de mejorarlas; imagínate a un hombre, te digo, cuyas más luminosas esperanzas se han desvanecido, a quien la felicidad del amor y la amistad no tenga nada que ofrecer salvo dolor, como mucho, cuyo entusiasmo (al menos de tipo estimulante) por todas las cosas bellas amenaza con desaparecer, y te pregunto, ¿no es un ser miserable y desdichado? 


Mi paz ha desaparecido, mi corazón está doliente, no la encontraré ya nunca más; bien, puedo cantar todos los días, cada mañana no hace sino recordarme la aflicción de ayer. [3]


Esta vivencia de sí mismo como “el ser más miserable y desgraciado del mundo” recuerda lo que hoy describiríamos como un estado depresivo grave, agravado por la conciencia de una enfermedad incurable y estigmatizante. Desde ahí se entiende que la muerte aparezca en muchos de sus Lieder no solo como final biológico, sino como figura ambivalente: temida y, a la vez, secretamente deseada como descanso.


I.1.  Para cantar sobre el agua (D 774): El camino gozoso hacia la muerte.

Como hemos dicho antes, Schubert crea belleza a pesar de experimentar su vida como un tormento. Este lied, Auf Dem Waser Zu Singen (Para cantar sobre el agua)es un claro ejemplo de este fuerte contraste. Canción compuesta a partir de los versos de Friedrich Leopold Stolberg, al modo de una barcarola, en la que una fluida interpretación del piano, al estilo de un impromptus, nos pinta "el suave vaivén de las olas, el movimiento ondulante del barco sobre la marejada, el susurro de los juncos en la orilla" [4] Dicen les versos de la primera estrofa:

                                                    En medio del resplandor de las espejeantes olas,

                                                    se desliza como los cisnes, la oscilante barca. 

                                                    ¡Ay!, sobre las dulces y brillantes olas de la alegría 

                                                    se desliza el alma como la barca, 

                                                    pues desde el cielo, sobre las olas 

                                                    danza el arrebol vespertino alrededor de la barca.


El piano empieza evocando el desplazamiento suave de la barca a través de las alegres olas mientras la voz de la soprano parece surgir de sus profundidades para elevarse hacia el cielo. El rojo intenso, vespertino, nos habla del sol poniente, del rojo de las brasas que lenta, pero inexorablemente se dirigen hacia el fin. El final del camino, anunciado por el arrebol vespertino, parece ser la libración del alma del compositor presa en cuerpo y espíritu dolientes: "así ahora puedo cantar todos los días, pues todas las noches, cuando me voy a dormir, confío en no despertar ya nunca, y cada mañana me anuncia sólo la misma pena del día anterior." Sigue entonces la segunda estrofa:


                                                    Sobre las copas de los árboles del bosque que del oeste

                                                    nos saluda amistosamente el rojizo resplandor,

                                                    bajo las ramas del bosque del oeste

                                                    susurra el ácoro en el rojizo resplandor,

                                                    la alegría del cielo y la paz del bosque

                                                    respira el alma en el rojizo resplandor. [5]


Tras un breve interludio reflexivo, de notas graves del piano, estas ascienden para volver a mecer la barca del tiempo que se dirige hacia ese mítico oeste, donde el sol se pone, destino de toda vida. Y a su vez, la voz de la soprano asciende allí donde ya liberada "respira en el rojizo resplandor", libre del dolor y el sufrimiento que añora la muerte como descanso y paz al paso de los susurros de  las ramas de ácoro y la calma y la paz del bosque. Me parecen, en este sentido, muy bellas las palabras que le dedica Graham Johnson a este lied:


Sin embargo, la implicación del compositor con ese mensaje es total. Es una de esas pocas canciones estróficas donde el significado está integrado en las repeticiones: los seres humanos son pasajeros efímeros a bordo de esta barcaza del tiempo, mecidos sin cesar por las aguas uterinas de la vida. La canción parece haber estado siempre resonando en algún lugar, y el compositor la ha extraído del aire, antes de liberarla una vez más hacia el infinito. [6]



En el plano psicológico, este deslizamiento del alma sobre las aguas recuerda la oscilación entre Eros y Thanatos de la que hablará Freud un siglo después: la pulsión de vida que sigue creando belleza y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte que imagina el descanso absoluto. La música convierte esa tensión en algo tolerable, casi gozoso. Os dejo a continuación el lied:


En el plano psicológico, este deslizamiento del alma sobre las aguas recuerda la oscilación entre Eros y Thanatos de la que hablará Freud un siglo después: la pulsión de vida que sigue creando belleza y, al mismo tiempo, la pulsión de muerte que imagina el descanso absoluto. La música convierte esa tensión en algo tolerable, casi gozoso.

 

Si en Auf dem Wasser zu singen la muerte se dibuja como un horizonte de liberación serena, en nuestro siguiente lied,  Das Zügenglöcklein Schubert se detiene en la oscilación entre el apego a la vida y el deseo de descanso definitivo.


I.2. La campanilla del viático (D871):  Anhelo de vida y muerte.

                                                             Es muy importante lo que un hombre se propone aún hacer al final. 
                                                             Da la medida de la injusticia de su muerte. (Elias Canetti) [7]

Das Zügenglöckein (La campanilla del viático),  creada a partir de la poesía de Johann Gabriel Seidl (1804-1875), y tomando como figura la campanilla del viático, que se tocaba en las parroquias austriacas cuando un fiel está muriendo y se llama a sus compañeros a rezar por él, es según Graham Johnson:

... una canción hipnótica que pertenece al apogeo de la madurez de Schubert. Lo que podría resultar incómodamente sentimental y empalagoso por la letra (el poeta Seidl, gran admirador de Goethe, era miembro del círculo y un joven de 22 años) se transforma en una obra de arte gracias a la fuerza arrolladora de la personalidad musical del compositor, que une palabra y sonido en una sola corona circular, principio y fin entrelazados. [8]


La campanilla del viático marca precisamente ese umbral donde se cruzan el anhelo de seguir viviendo y el deseo de acabar con el sufrimiento. Schubert parece escuchar en ese tintinear no solo la llamada religiosa, sino la puesta en juego de dos fuerzas opuestas: el apego a la vida y la tentación del abandono.


Inicia el compositor el lied con una preciosa melodía como suave introducción del piano a la delicadeza y la fragilidad con la que se contempla el contraste entre la vida y la muerte, entre la vida dichosa que anhela seguir en la vida, y la vida dolorosa que anhela acabar con el sufrimiento en la muerte y, finalmente, de la creación de belleza, como hizo Schubert, entre esta tensión. La delicadeza de esta introducción funciona a manera de mini-preludio que nos anuncia la templanza con la que esa tensión requiere ser abordada.


Desde esa templanza y delicadeza, se da entonces la aparición de la voz de la soprano flotando sobre el piano, entre cuyas notas suena la campanilla, para empezar con la primera estrofa de la poesía de Seidl, donde se da a la muerte el sentido de la paz y, a la vez, del equilibrio con el mundo en tanto es en él donde  se da el encuentro entre vida y muerte, dolor y placer, soledad y amor, opuestos polares que se necesitan.


                                                                    ¡Suena la noche, suena

                                                                    brindando dulce paz,

                                                                    a aquel por quien suenas!

                                                                    Resuena en la lejanía,

                                                                    así el peregrino gustosamente

                                                                    se reconcilia con el mundo. [9]


Como ocurre con el resto de estrofas, tras el último verso, recitado dos veces, el piano se extiende como para cerrar y abrir al mismo tiempo la siguiente estrofa donde se aborda el miedo y la nostalgia de partir hacia ese desconocido viaje con el que se afronta la muerte. Poco a poco, las notas del piano y la voz inician un crescendo para alcanzar su cenit  en los dos últimos versos que afrontan ese umbral: "tiembla en el umbral /cuando escucha: «¡Adelante!»"


                                                                    Pero, ¿quién quiere marchar

                                                                    hacia los seres queridos

                                                                    que se fueron antes?

                                                                    Aquel por el que sonó la campanilla

                                                                    tiembla en el umbral

                                                                    cuando escucha: "¡Adelante!"


Las notas del piano despiden  esa fusión de miedo y nostalgia y nos preparan para la tercera estrofa donde se nos sugiere la importancia de llegar a ese momento conformado y confiado, antes que maldiciéndolo. La maldición de la llegada de la muerte, el apego rabioso a la vida que se extingue sugieren, en ocasiones, qué ha ocurrido con el tiempo de vida del que hemos dispuesto. La muerte siempre interroga a la vida. En términos heideggerianos, nos recuerda que hemos sido arrojados a una existencia que no hemos elegido, pero de la que sí somos responsables en el “cómo” vivirla. Cada repetición de los últimos versos, subrayada por el crescendo de piano y voz, suena casi como una insistencia: ¿desde qué lugar interior estás llegando tú a ese final?


                                                                    ¡Es válido para el hijo pródigo

                                                                    para quien todavía maldice el sonido,

                                                                    porque es sagrado?

                                                                    No, suena más puro

                                                                    para el que confía en Dios

                                                                    y concluye la carrera de su vida.


La cuarta estrofa parece dedicada al propio Schubert, incidiendo en el tema que introdujimos en el comentario al anterior lied, la muerte deseada, el camino que se dirige a ella como liberadora del dolor y el sufrimiento, de la soledad (al que un fiel animal / es el único que la fe / en el mundo no le ha robado) que acaba con ese verso implorante: "¡llámale, Dios, contigo". 


                                                                    Pero si es algo muy cansado,

                                                                    abandonado por los hermanos,

                                                                    al que un fiel animal

                                                                    es el único que la fe

                                                                    en el mundo no le ha robado,

                                                                    ¡llámale, Dios, contigo!


Estrofa que se abre a la siguiente para implorar justo lo contrario: la concesión de la vida y su continuidad para aquel que disfruta "... en las alegrías del amor y la amistad". Un Schubert que, generoso, no reniega de aquellos a los que la vida se les ha abierto con más generosidad que con la suya. Todo lo contrario, les desea una "larga vida" que nos recuerda los versos de Kavafis en "Viaje a Itaca": "Pide que tu camino sea largo. / Que numerosas sean las mañanas de verano / en que con placer, felizmente arribes a bahías nunca vistas."


                                                                    Y si es uno de los benditos

                                                                    que participa en las alegrías

                                                                    del amor y la amistad,

                                                                    sigue concediéndole los placeres

                                                                    bajo este sol

                                                                    donde vive gustosamente.


Graham Johnson dice de este lied: 


El único pensamiento permanente y unificador es el de la muerte y la compasión del observador; todo es una variación de eso. El cantante pinta un cuadro de un mundo tan dulce y hermoso que parece aún más conmovedor que alguien, en algún lugar, esté falleciendo al son de esta campana y sus resonancias schubertianas circundantes. [10]


Os dejo a continuación el lied:



Tal vez por eso estos Lieder nos conmueven aún hoy: porque, detrás de la campanilla que suena por “otro”, Schubert nos hace oír también la pregunta por nuestra propia vida, por aquello que aún queremos hacer con ella antes de que suene “nuestra” campanilla.


2. LA RESPUESTA DE SCHUBERT A LA MUERTE: LA CREACIÓN.


La respuesta de Schubert al sufrimiento y la muerte es la afirmación de la vida a traves de la creatividad. Esta fue el polo que opuso a su otro polo más profundamente melancólico y sombrío. Su actividad creadora en sus últimos cinco años fue de tal número y calidad que Eduard Hanslick, musicólogo y crítico dijo en 1872:


Si los contemporáneos de Schubert contemplaban con justo asombro su poder creativo ¿qué tenemos que hacer los que venimos detrás de él, ya que sin cesar descubrimos obras suyas? El maestro murió hace treinta años y a pesar de ello parece como si siguiera componiendo en la invisibilidad, es imposible mantenerse a su ritmo. [10]


Quisiera cerrar esta entrada con un lied no sobre la muerte sino sobre el amor, un lied bellísimo de amor que también surgió de esta tensión entre la vida y la muerte, el dolor y el placer, la soledad y el amor, la luz y la oscuridad: Du best die Ruh (Tú eres la paz) D776, cia letra pertenece al poema de Friedrich Rückert (1788 - 1866):

                                                                                                                                                                      
                                                                    Tú eres la paz
                                                                    el dulce sosiego,

                                                                    el deseo ardiente

                                                                    y quien lo calma.


                                                                    Yo te consagro

                                                                    lleno de dolor y placer,

                                                                    como morada

                                                                    de mis ojos y mi corazón.


                                                                    Penetra en mí

                                                                    y cierra calladamente

                                                                    tras de tí

                                                                    las puertas


                                                                    Aleja todo dolor

                                                                    de este pecho,

                                                                    Que se llene el corazón

                                                                    de tu alegria.


                                                                    El templo de mis ojos

                                                                    por tu resplandor

                                                                    solamente se ilumina,

                                                                    ¡oh llénalo del todo!




Dice Graham Johnson de este lied: "Du bist die Ruh posee tal serenidad interior que sugiere una experiencia religiosa trascendental que se desarrolla en la solemne y meditativa escala temporal propia de los rituales orientales. La composición es sumamente conmovedora, pero a veces parece estancarse: este tempo (un lento 3/8) confiere a la música un carácter deliberadamente repetitivo, incluso monótono: un canto o mantra, una letanía de paciencia y humildad que ensalza el amor duradero y la serenidad de una relación perdurable." [11]


PULSA AQUÍ PARA VER LA PRIMERA PARTE


NOTAS

______________


[1] Pérez Cárceles, Fernando (traductor del alemán). Los lieder de Schubert (Vol. III). Ediciones Hiperion, pág. 363

[2] Fischer-Dieskau, Dietrich. Los lieder de Schubert. Alianza música. Citado por Pérez Cárceles en nota 1, pág. 163

[3] Gibbs, Cristopher H. Vida de Schubert. Cambridge University Press, pág.125

[4] Johnson, Graham. La muerte y el compositor, Booklet CD 11. Hyperion Schubert Edition  págs. 13 y 14 https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33011

[5] Ver nota 1, pág. 363

[6) Ver nota 4, pág. 14

[7] Canetti, Elias. El libro contra la muerte. Galaxia Gutemberg, pág. 164

[8] Ver nota 4, pág. 21

[9] Ver nota 1, pág.

[9] Ver nota 4, pág. 22

[10] Ver nota 3, pág. 177

[11] Johnson, Graham. Schubert 1922-1825, Booklet CD 35. Hyperion Schubert Edition pág. 40 

https://www.hyperion-records.co.uk/dc.asp?dc=D_CDJ33035

domingo, 7 de agosto de 2022

GEORG TRAKL EN CUATRO TIEMPOS: Tragedia, infancia, el mundo caído y la metamorfosis del mal.

un alguien extraño es el alma en la tierra 
(Primavera del alma - G. Trakl)

La sonrisa no fue para él, ni la risa ni la alegría. Georg Trakl, el gran poeta expresionista alemán, nació culpable, y su culpa fue la de ser. Todas sus fotos muestran este rostro tenso, constreñido, de una intensa mirada que era una mirada acusatoria no sólo a él sino a toda la época que le toco vivir, una acusación también a dios. Nuestro poeta entronca con la estirpe de los héroes trágicos que cumplen con decisión su destino, un destino que tiene la muerte como respuesta final a una vida donde el dolor y el sufrimiento fueron su estado anímico permanente. Muerte que cumplió por propia decisión suicidándose de una sobredosis de cocaína a los veintisiete años, probablemente cuando su ya frágil equilibrio psíquico (agravado por su temprana adicción al alcohol y las drogas) se rompió de manera definitiva por el shock traumático que le debió provocar su participación en la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Grodeck, donde como oficial médico se vio en la situación de atender él sólo a más de noventa heridos sin medicina alguna.  

I. TIEMPO I: UN ESPÍRITU TRÁGICO.

Poco antes de suicidarse, Van Gogh pinto su conocido cuadro Campo de trigo con cuervos, que como una premonición anunciaba su ya próxima muerte. No deja de ser significativo, en ese sentido, que uno de los primeros poemas que escribió Trakl llevará ya por título Los cuervos, cuyos versos muy bien podrían figurar al lado del cuadro del pintor holandés:

                                                            Sobre el ángulo negro se van precipitando
                                                            al mediodía los cuervos con negro graznido.
                                                            Sus sombras a la sierva rozan de seguido
                                                            y a veces huraños se les ve descansando. 

                                                            Oh! Como la parda calma van rompiendo 
                                                            en que una haza se siente embelesada, 
                                                            tal hembra en grave presentir cautivada 
                                                            y a veces se les puede oír gruñendo.

                                                            sobre una carroña que olisqueando doquier, 
                                                            y el vuelo pronto dirigen al norte 
                                                            y desaparece tal fúnebre corte 
                                                            en aires que se estremecen de placer. [1]
 
Muy pronto pareció presentir cual iba a ser su destino, y así vuelven los cuervos algunos poemas después:

                                                           Un venado se desangra dulce en la vereda 
                                                           y cuervos chapotean en charcos sangrientos. [2]

Versos que tanto nos recuerdan las palabras que Antonin Artaud escribió en su célebre Van Gogh, El suicidado por la sociedad, sobre los cuervos de su último cuadro:

... ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. [3]

 

Los cuervos de Trakl fueron los cuervos de la culpa de ser: Grande es la culpa del que ha nacido, [4] escribe el poeta, culpa que toma en él la forma de un atormentado espíritu melancólico en un mundo caído y decadente al que fue lanzado desde un estado de perfección y pureza anterior al nacer, y en el que las almas moran en la inocencia. En la poesía de Trakl aparecen con frecuencia los nonatos como representantes de este estado previo al mundo de los caídos. Es, sin embargo, en su Canción de Kaspar Hauser, donde asistimos al no lugar en este mundo para la inocencia del nonato encarnado por el misterioso Kaspar Hauser, el niño salvaje que apareció en Nuremberg el 28 de Mayo de 1828 como un adolescente de unos dieciséis años sin saber hablar ni haber mantenido contacto con otros niños o adultos , y del que se sabe que estuvo cautivo desde la niñez, sin  que nunca se haya podido averiguar su procedencia. Fue asesinado en 1833, a los aproximadamente veintiún años sin tampoco haberse podido determinar ni su asesino ni la causa por la qué fue asesinado. Veamos las cuatro primeras estrofas del poema:

                                            Amaba de verdad el sol que descendía purpúreo la colina, 
                                            los caminos del bosque, el canoro pájaro negro 
                                            y la alegría de lo verde.

                                            Serio era su morar a la sombra del árbol. 
                                            Y puro su rostro. 
                                            Dios dijo una dulce llama a su corazón: 
                                            ¡Hombre!

                                            Silente encontró su paso la ciudad en la tarde; 
                                            la oscura queja de su boca: 
                                            quiero ser un caballero.

                                            Pero le siguieron arbusto y animal,
                                            casa y jardín crepuscular de hombres blancos
                                            y su asesino lo buscaba.

La imagen del venado azul, que en Trakl representa la pureza y la inocencia del alma, representa también, en ocasiones, a su hermana Margarete (Gretl), como también la pureza de la amapola blanca. En todo caso, y como Kaspar Hauser, el venado azul sufre de muerte, de heridas y es presa de cazas, como también es mancillada la amapola blanca. No es la Tierra lugar para las almas inocentes pues, como no podía ser de otra manera, para un nacido culpable el mundo es un infierno.

                                                        Despertar, crecer y otra vez perecer,
                                                        la eterna trágica historia,
                                                        que así representamos sin comprender, 

                                                        cuya nocturna tortura demente
                                                        dla belleza la tan dulce gloria corona, 
                                                        cosmos de espinas sonriente. [5]

Trakl nació para volver a su alma nonata, la intentó buscar en vida pero no la encontró, y el único camino de vuelta era la muerte, el retorno al origen. Como dice Hugo Mujica en su bello, precioso ensayo sobre el poeta: "Trakl miró la vida y vio la muerte, por eso escribió, para vivir. Para dejarnos lo que fue esa vida: su obra." [6] Nuestro poeta sufrió del dolor de haber nacido. La culpa le impidió realizar, como reza un aforismo mio, que "para vivir, primero hay que hacer el duelo de nacer". Él se quedo en la melancolía, en el anhelo del paraíso de los nonatos, donde el alma no encarnada es pura e inocente.  Como dice su traductor de la obra completa, José Luis Reina, "Sólo la melancolía puede sondear totalmente ese destino de los que buscan una patria que no pueden encontrar" [7]. Y así su destino fue una tragedia y, como sabemos, no hay tragedia, ni héroe trágico, sin culpa, sin una arrolladora culpa que tiene, como todo destino trágico, la muerte como final: 

                                                          Somos los caminantes sin destino,
                                                          nubes a las que el viento dispersa, 
                                                          flores que en frío temblor mortecino 
                                                          están esperando la guadaña tersa. [8]

II. TIEMPO II. LA INFANCIA, EL PARAÍSO QUE NUNCA FUE.

Para Trakl los niños son la última frontera entre la inocencia de los nonatos y la caída en el mal del mundo. En muchos de sus poemas aparecen vinculados al juego y a la ensoñación, si bien también aparecen como los niños demacrados o muertos, o como nos relata en Sueño y entenebrecimiento "infancia llena de enfermedad, espanto y tiniebla".

Georg Tralk y sus cinco hermanos. Georg es el cuarto desde la izquierda. Margarete es la pequeña

En la infancia se gesta la que iba a ser su sospechada futura relación incestuosa con Margarete o Gretl, su hermana pequeña. Probablemente su única relación de amor, si bien inevitablemente lastrada por el dolor y la culpa. Efectivamente, la madre de Trakl fue una mujer que se desentendió de sus hijos. Obsesionada con coleccionar antigüedades y labores de artesanía, era además fría y distante. Así nos lo mostrará el poeta a lo largo de sus poesías: el serio semblante de la madre; en oscuras habitaciones se petrificó el rostro de la madre; en la puerta estaba la nocturna figura de su madre; profundo es el adormecimiento en los oscuros venenos, lleno de estrellas y del blanco rostro de la madre, el pétreo; a la madre bajo dolorosas manos el pan volviósele piedra, etcétera, etcétera. Hijo de un gran déficit materno y de un padre que de sus poesías nos llega silente, ausente y, de tanto en tanto, de voz dura, si bien, y mientras vivió, siempre le ayudó económicamente. En todo caso la carencia de afecto parental, la de una infancia criada con institutrices, hizo inevitablemente mella en Trakl: Ángel pálido / entra el hijo en la casa vacía de los padres.[9]

Del frío y la distancia afectiva de la madre deviene el paraíso anhelado que, inexistente, hace que el melancólico introyecte el objeto perdido en sí mismo para buscarlo en sus propios abismos, para perseguir el objeto que se perpetúa como una ausencia que nunca encuentra, lo cual nos explica el suicidio como fin, puesto que el odio hacia la madre ausente se transforma entonces en odio hacia sí mismo. En el caso de Trakl, la ausencia del padre no haría más que engrandecer la gran ausencia materna.

Sin embargo, aquí aparece Margarete, la hermana con quien Trakl desarrolló una relación incestuosa (aun debatida actualmente). Está claro que en esa casa vacía de padres, Margarete fue una presencia en la que Trakl proyectó el objeto perdido y por la que se sintió vivamente atraído en el sentido edípico más transgresor (de la misma manera que le ocurrió a Gretl), lo cual derivó en que esa búsqueda interna del objeto perdido, fue proyectada en su hermana ahora como objeto prohibido. Ni dentro ni fuera pudo Trakl alcanzar el paraíso que nunca fue, que tan sólo es un sueño de paraíso. Gretl es la inocencia, la amapola blanca que al mancillarla también derivo en fuente de su tormento y culpa aunque, como sabemos, ese tormento y culpa del melancólico son también el lugar del goce. A quien desee profundizar en estos conceptos recomiendo leer la entrada dedicada a las kinsderszenen de Schumann (pulsa aquí, o al final de esta entrada en "entradas relacionadas).  Trakl, como Schumann,  también fue uno de esos artistas cuya obra se gesto en el horizonte singular de ese abismo que constituye ese lugar del goce.

Que Gretl surgió en la infancia aparece en algunos de sus poemas, como en Canción de tarde, que evoca la dulzura de nuestra triste infancia

                                                        Cuando tomé tus delgadas manos 
                                                        abriste suavemente tus ojos redondos, 
                                                        esto hace ya tiempo. 
                                                        Pero cuando una oscura armonía aflige al alma,
                                                        apareces tú, blanca, en el paisaje otoñal del amigo.

Momento que, en un ejercicio de alta literatura, el escritor Claude-Louis Combet en su fascinante, delicado y poético libro basado en la relación de los dos hermanos, Hiere, negra espina, es descrito como:

El hermano y la hermana, inseparables, son cómplices del misterio. En cuanto el mayor se levanta, la pequeña se le acerca, desliza su mano en la de él y se deja guiar. El jardín, el sótano, el desván, el cobertizo donde guarda la calesa, el umbroso establo donde el caballo respira pesadamente, rodeado de sus olores... todos esos lugares son escenarios de mudas celebraciones. La niña se siente protegida cuando está cerca de su hermano, pero también como por delante de sí misma, arrastrada a compartir los secretos de un mundo, más vasto que el de la primera infancia.. Y el chiquillo, que no tiene más de diez años, experimenta, en lo más hondo de su corazón, un júbilo sombrío cuando piensa hasta que punto aquella niña le pertenece, y como ella consciente en su sumisión que la hace madurar, la ennoblece. [10]

Júbilo sombrío que con el tiempo adquirirá la dimensión del mal que pervierte la pureza. Aparece aquí en su poesía el tema del "espejo", superficie sobre las que se refleja ese mal:

Purpúrea nube ennubó su cabeza, tal que silente se arrojó sobre su propia sangre e imagen, un rostro lunar; pétreo se hundió en el vacío, cuando en espejo quebrado, jovenzuelo moribundo, la hermana apareció; la noche devoró la estirpe maldita. [11]

Y que nuevamente Claude Louis Combet describe en su novela:

El hermano mayor permanecía junto a su hermana pequeña, frente al espejo. Sin el espejo quizá nada hubiera sido posible. Pues el muchacho podía mirarse al tiempo que la miraba, gracias a ese juego de miradas oblicuas. [12]

TIEMPO III. EL YO Y EL MUNDO CAÍDO.

Introyectada la madre como objeto perdido, proyectada en la hermana como objeto prohibido, prohibición que más tarde transgredió, el mundo fue el infierno, el lugar de las almas caídas, el mundo caído. En su poesía encontramos continuamente la dimensión tenebrosa y oscura, el crepúsculo y el ocaso, la podredumbre y la lepra, la putrefacción de la que el mundo y la vida son portadoras y que, en consecuencia, y como alma caída, él también lo es. En una carta a su protector Ludwig von Ficker escribe:

Demasiado poco amor, demasiado poca justicia y piedad, y siempre demasiado poco amor; demasiada dureza, orgullo y todo tipo de criminalidad — eso soy yo. Sé muy bien que omito el mal sólo por debilidad y cobardía y con ello envilezco aún mi maldad. Anhelo el día en que el alma no podrá ni querrá vivir en este desalmado cuerpo apestado por la melancolía, en que abandonará esta figura ridicula de heces y podredumbre, que sólo es un reflejo demasiado exacto de un siglo sin Dios y maldito. [13]

En su poema en prosa, Revelación y ocaso, así se lo hace decir a su hermana:

En silencio estaba sentado en una taberna abandonada bajo ahumada viguería y solo ante el vino; un cadáver radiante sobre algo oscuro inclinado y un cordero muerto yacía a mis pies. De pútrido azul surgió la pálida figura de la hermana y así habló su boca sangrante: hiere, negra espina. (la negrita es mía)

Hiere, negra espina. Eso era para él mismo Trakl, una negra espina que queriendo alcanzar ese estado perfecto que representa el lugar del goce, es a la vez fuente de tormento, sufrimiento y culpa. Así cargó con el deseo de su hermana y la de su seducción hacia las drogas, con la muerte de su padre, con la mala relación con su madre, a la que, según von Ficker, decía que quería matar. Desde su perspectiva todo lo que tocaba se convertía en oscuridad y podredumbre. Él, como el propio mundo, era oscuridad y podredumbre:

                                                        muriendo bajo el verdor de los árboles
                                                        y siguiendo la sombra de la hermana;
                                                        amor oscuro
                                                        de una estirpe salvaje,
                                                        a quien raudo huye el día en ruedas de oro. 
                                                        Noche silente. [14]

Y también es una negra espina cargado de dolor y sufrimiento el mundo en sí mismo. Como él perdió a su madre en la infancia, el mundo perdió a dios. Como el fue negra espina, la existencia también lo es. Lejos de la perfección del estado nonato, de las almas puras, la encarnación no es más que su caída. Caída en el caos, la degeneración y la decadencia:

                                                    Se hunde el barrio en miseria y hedor cubierto.
                                                    Pasean de largo tonos de violas y acordes
                                                    ante hambrientos en sótanos de rotos bordes. 
                                                    Sentado está en un banco un dulce niño muerto. [15]

Y cuyo último poema, Grodeck, no es más que su constatación final a partir del horror de la guerra: 

                                            En la tarde resuenan los bosques otoñales 
                                            de armas mortales, las áureas llanuras 
                                            y lagos azules, sobre ellos el sol 
                                            rueda más lóbrego; abraza la noche 
                                            murientes guerreros; la queja salvaje 
                                            de sus bocas destrozadas. 
                                            Pero silente se reúne en los prados del valle 
                                            roja nube, allí habita un Dios airado 
                                            la sangre derramada, frescura lunar; 
                                            todos los caminos desembocan en negra putrefacción. 
                                            Bajo el áureo ramaje de la noche y las estrellas 
                                            oscila la sombra de la hermana por la arboleda silenciosa 
                                            al saludar los fantasmas de los héroes, las cabezas sangrantes; 
                                            y suenan suave en el cañar las oscuras flautas del otoño. 
                                            ¡Oh duelo tan orgulloso! Oh altares de bronce, 
                                            a la ardiente llama del espíritu nutre hoy un inmenso dolor, 
                                            los nietos no nacidos.


TIEMPO IV. METAMORFOSIS DEL MAL.

Alguien te abandonó en el cruce y tú miras largamente hacia atrás.

(Metamorfosis del mal)


Trakl intentó redimirse de su dolor y de su culpa a través del arte, de su poesía. Eso le llevó al extremo de hacer bello el mal, o como dice José Luis reina, le llevó a un iluminismo del mal (en la tradición de Rimbaud o Baudelaire). Su redención fue una inmersión aun mayor, si cabe, en la naturaleza caída de su alma y del alma del mundo, una inmersión que a través de esa belleza del mal hace que éste se metamorfosee en ternura, en una mirada compasiva que surge de la contemplación y de la belleza hecha de ese mal a través de la poesía, del estado caído del alma, así como del alma caída del mundo: Pero silente sangra en oscura cuenca tan enmudecida humanidad - escribe en su poema Los enmudecidos -. Eso lleva a nuestro poeta a sostener el dolor y la culpa de ser la negra espina que hiere, a la vez que contemplar la pureza herida, la amapola blanca, la hermana amada y deseada, y sentir la piedad por tan oscura existencia a la que el ser humano es lanzado. A través de su oscuridad intenta poner de relieve la pureza manchada, aunque, en ocasiones, y en sus pocos momentos de paz, la pureza resalta por sí misma, cuando al final de su Revelación y ocaso escribe: 

Cuando fui al jardín crepuscular y la negra figura del mal se había alejado de mí, me rodeó la jacíntea calma de la noche; y atravesé en barca combada el tranquilo estanque y la dulce paz commovió las petrificadas estrellas. Atónito yacía bajo los viejos sauces y alto era el azul cielo sobre mí y lleno de estrellas; y como mirando moría, murieron en mí la angustia y el dolor más profundo; y se alzó la sombra azul del muchacho radiante en lo oscuro, dulce canto; se levantó en alas lunares sobre verdeantes cimas, cristalinas rocas, la blanca faz de la hermana.



Ahora podemos comprender que esa metamorfosis del mal, tal y como se da en Trakl, sólo es posible al borde de ese abismo que es el lugar del goce. Como dice, de nuevo, José Luis Reina:

Sólo una metamorfosis del mal podía dar al yo debilitado la fuerza necesaria para sentirse herido y sostener la visión de su infierno como única vía de purificación; esa metamorfosis es la escritura. Por ella el poeta dignifica algo socialmente injustificado, también cuando temáticamente, como ocurre en «Metamorfosis del mal», lo condena.


Y creo que aquí es necesario traer un párrafo del trabajo realizado con las kinderszenen de Schumann, porque nos permiten entender ese lugar donde abismo, creación y destrucción se encuentran en terrible tensión:

"A ese lugar que, no obstante, también acabó por devorarlo [a Schumann, y también a Trakl], Lacan lo llama el lugar del goce: "Soy el lugar desde donde se vocifera que 'el universo es un defecto en la pureza del no ser'. (cita de Paul Valéry) [...] Ese lugar hace languidecer al ser mismo, se llama el goce, es aquel cuya falta haría vano el universo". [16]. Hay artistas que frecuentan y crean en la frontera con ese abismo, que crean en el horizonte singular bajo la hipnótica atracción del agujero negro que lo representa. Es el logro del poeta en la tensión de este horizonte que le hace vecino de un vacío infinito, tensión de la que extrae, no obstante, perlas como la la inocencia y la ternura, aunque también puede extraer perlas del horror y la angustia (recordemos anteriores entradas: Edvard Munch, Goya, Piranesi) que le asaltan en ese lugar sin que por ello sea menos arte."

V. MÁS ALLÁ DEL TIEMPO, EN LA MUERTE.

                                                               Bajo abetos sombríos

                                                               mezclaron dos lobos su sangre

                                                               en pétreo abrazo; un oro

                                                               se perdió la nube sobre el sendero,

                                                               paciencia y silencio de la infancia.


Georg Trakl se suicidió el 3 de Noviembre de 1914 de una sobredosis de cocaína a los veintisiete años, cuando ya no sostuvo más la tensión de estar en ese horizonte singular que intenta mediar entre el abismo, la creación y la destrucción. Con su suicidio consumó su tragedia. Pero no fue la única tragedia que se consumó. Tras su suicidio Gretl (quien era una pianista prometedora) quedó muy afectada cayendo en una profunda depresión de la que ya no se recuperaría. Casi tres años más tarde, el 21 de septiembre de 1917, ella también se quitó la vida de un disparo en Berlín a los veintiséis años.

Más allá de las especulaciones sobre si el incesto se consumó como relación física o no (los estudiosos están divididos sobre el tema), no hay duda de que su relación era a todas luces la de dos almas que se necesitaban intensamente. En realidad, si hubo o no contacto físico seria lo de menos, porque lo importante era lo que psíquicamente significaban el uno para el otro: la anhelada fusión del deseo edípico, el retorno a una unidad perdida que, sin embargo, es también pulsión de muerte. Es quizá por ello que la novela de Claude Louis Combet es tan bellamente intensa en el sentido más rilkeano, aquel lugar donde lo bello transcurre bajo la sombra de lo siniestro, pues su autor reconoció que escribió la novela porque la historia de los dos hermanos le confrontó con sus propios deseos incestuosos: los que había sentido hacia su madre.

Decía que el retorno a la unidad perdida es, sin embargo, también pulsión de muerte. Así fue para Georg y Gretl, quienes por fin se reunieron más allá del tiempo, en la muerte. Acabaré esta entrada con unas palabras de Combet escritas en el capítulo donde nos describe el encuentro en el que se consuma su relación incestuosa:

El hombre se demoró dentro de la mujer. Habría querido no tener que retirarse nunca, y ella solo soñaba con permanecer así, abierta y poseída hasta que llegara el sueño de la muerte. Así unidos, tenían la vaga conciencia de que el desgarro se dejaría sentir desde el mismo momento en que se separaran, y su abrazo se obstinaba contra el tiempo, pueril, irrisoriamente, en la ceguera de la primera felicidad. Aquí, la calidez del suelo y el torpor de los sentidos les concedían un respiro como nunca antes habían conocido. Aquí les fue dado ese extraño sentimiento de gracia que el mal procura una vez consumado con resolución. Bastaba entonces con un movimiento - ese inexorable movimiento de retirada cuando los cuerpos se separan - para que la angustia acaparara de nuevo sus existencias, y recuperara el terreno que había cedido sólo el tiempo de un espasmo y de una efusión. [17]

Al final, y para ambos, llegó el sueño de la muerte.


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[1] Todas las poesías son de la traducción que José Luis Reina Palazón hizo para Las Obras completas de Trakl publicadas por la editorial Totta.
[2] versos del poema En invierno.
[3] Artaud, Antonin. Van Gogh, el suicidado por la sociedad. Editorial Argonauta, pág. 84
[4] verso del poema Ani
[5] Versos del poema 3 de Tres sueños.
[6] Mujica, Hugo. La pasión según Georg Trakl. Poesía y expiación. Editorial Trotta.
[7] Ver nota 1, pág. 26
[8] Versos del poema Canto a la noche.
[9] Verso del poema Helian.
[10] Combet, Claude Louis. Hiere, negra espina. Editorial Periférica. págs. 18 y 19
[11] de la poema en prosa Sueño y entenebrecimiento.
[12] Ver nota 10, pág. 10 y 11
[13] en cartas (ver nota 1)
[14] Versos del poema Pasión
[15] Versos de poema De camino.
[16] Lacan, Jacques. Escritos 2. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. Siglo XXI editores, pág. 800
[17] Ver nota 10, págs. 78 y 79

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