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viernes, 8 de agosto de 2025

WILHELM HEINRICH WACKENRODER (1773-1798): La rueda del tiempo o la pesadilla de la modernidad.


La descripcion romántica más impresionante de las maquinaciones vacías del tiempo [...] nos traslada a un entorno legendario y simbólico. Se trata de un texto de Wackenroder: Cuento oriental de un santo desnudo. (Rudiger Safranski) [1]

Wilhelm Heinrich Wackenroder
fue uno de los representantes del romanticismo temprano alemán. Su temprana muerte a los veinticinco años dejó una corta obra recogida en "Efusiones sentimentales de un monje enamorado del arte" - 1796 -, en la que compartió algunos ensayos con otro de los grandes románticos y amigo de nuestro autor, Ludwig Tieck, y "Fantasías sobre el arte, para amigos del arte", que también incluye textos de Tieck. Y es en éste último que hallamos el cuento que comento en esta entrada: Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo. 

Wackenroder formaría parte de lo que podemos llamar el romanticismo místico, más cercano a Novalis que al romanticismo nihilista de su amigo Ludwig Tieck, o de E. T. A. Hoffman. Fue Novalis quien dijo las célebres palabras "cuando doy alto sentido a lo ordinario, a lo conocido la dignidad de desconocido y apariencia infinita a lo finito, con eso romantizo." [2] Es en esa dimensión que el romanticismo aparece como una reacción y una alerta ante un nuevo mundo que estaba asomando con la llegada de La Ilustración, y que abogaba por la preeminencia de la razón y la lógica en detrimento del mundo del misterio, la magia y lo sobrenatural; la uniformidad y el aburrimiento por encima de lo inesperado y el asombro; la ciencia y la técnica por encima de  la naturaleza y el arte. Las palabras de Novalis representan, como apunta Safranski:

 "un programa contra el aburrimiento y sus implicaciones: la conciencia del vacío y de la nada. Este aburrimiento, para la generación caída de la antigua fe y no satisfecha por la razón, pero incitada por la revolución francesa a los vuelos más audaces de la imaginación, es el verdadero enemigo y la amenaza real." [3]

Algo que siglo y medio después diría Jung (1941):

Pues bien, es cierto que - por primera vez desde la prehistoria - hemos conseguido tragarnos toda la animación originaria de la naturaleza. No solo descendieron los celestes dioses de sus moradas planetarias - o mejor dicho, los hicimos descender -  para transformarse inicialmente en demonios ctónicos. sino que también la legión de estos últimos, que hasta los tiempos de Paracelso jugaban alegremente por bosques, montes arroyos y moradas humanas fueron reducidos, bajo la creciente influencia de la Ilustración científica, a lamentables residuos hasta desaparecer del todo. Desde tiempos inmemoriales siempre estuvo la naturaleza dotada de alma. Ahora, por primera vez, vivimos en una naturaleza desanimada y desacralizada. [4]

1. LA RUEDA DEL TIEMPO Y EL SANTO DESNUDO.

El cuento de Wackenroder nos presenta, bajo el aparente encanto del mundo oriental, a un santo desnudo que vive aislado en "una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua." No obstante, este santo vivía un verdadero tormento: 

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo. 

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese - en su incansable movimiento - el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. [5]

Los movimientos del santo parecen tener como función hacer girar la enorme rueda, que no ceda en su movimiento: "No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda", por eso no soporta ver los peregrinos que le observan tranquilamente o que hacen actividades relajadas a su alrededor. Se sorprende de que no escuchen ni vean la estruendosa y gigantesca rueda del tiempo en la que, no obstante, también estaban férreamente engranados. Pareciera que el hombre santo que se retira para estar en contacto con dios o con el misterio, se encontrara, de repente, con una dimensión de pesadilla que configura nuestra existencia.

Una de las primeras asociaciones con esa rueda del tiempo de Wackenroder es el concepto de "compulsión a la repetición" de Freud, que nos dice que es  un: "proceso incoercible y de orígen inconsciente, en virtud del cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión viva de que se trata de algo plenamente actual" [6] Tiene también su extensión en el concepto de "guion de vida" de Eric Berne [7], que nos dice que tenemos un plan inconsciente desarrollado en la infancia que determinará nuestras decisiones y comportamientos en la edad adulta. Una especie de "guion" preestablecido que dicta como interactuamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.

Podemos encontrar una cierta aproximación visual a esta rueda del tiempo en el arcano número X del tarot: La rueda de la fortuna, con esos dos animales (un perro y un simio) que parecen encadenados dando vueltas en esa rueda. La imagen nos sugiere esa característica negativa de los círculos cerrados que nos aprisionan, ya sea psíquica o socialmente, porque parece que fuera de él no hay lugar. Ese movimiento circular del que no hay salida es su principio dinámico y fue formulado como "el principio de la enroscadura" por el autor anónimo del libro "Los arcanos mayores del Tarot" [8]

Tambien la podemos relacionar con la rueda del tiempo del "Eterno Retorno" de Nietzsche, cuyo sentido encuentra sus referentes en algunos mitoa hindus, en algunos presocráticos griegos y en el gnosticismo cristiano. Todos estos precedentes tienen que ver con el cansancio del mundo. Nietzsche utiliza el concepto como metáfora de la repetición cíclica que lleva a la absurdidad la posibilidad de cambio y de acontecimiento, para interrogarnos como se nos indica en una conocida reflexion del filósofo:

"Esta vida, tal y como tú ahora la vives y la has vivido, tendrás que vivirla una vez más e incontables veces más; y no habrá en ella nada nuevo, sino que todo dolor y todo placer, y todo pensamiento y suspiro, y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida tiene que volver a ti, y todo en el mismo orden y secuencia [...] Si aquel pensamiento cobrase poder sobre ti, transformaría al que ahora eres y quizá te despedazaría; la pregunta «¿quieres esto una vez más, e incontables veces más?», referida a todo y a todos, ¡gravitaría sobre tu actuar con el peso más abrumador! Pues ¿cómo podrías llegar a ver la vida, y a ti mismo, con tan buenos ojos que no deseases otra cosa que esa confirmación y ese sello últimos y eternos?" [9]

Es decir, ¿elegirías vivir una vida como la has vivido, o quisieras vivir una que la pudieras elegir una y otra vez sin producirte ninguna vergüenza, cuando no horror?


Sin embargo, hemos de observar que  la rueda del tiempo de nuestro romántico, si bien la podemos relacionar, en un plano individual, con el campo neurótico, la podemos también extrapolar a lo social partiendo de cómo los románticos percibían el modernismo que se extendía desde la Ilustración, junto a un mayor "aburguesamiento" de algunos sectores de la población, para quienes el arte se relacionaba esencialmente con el ocio y la distracción. Percibían algo que, llevado a la actualidad, y relacionado con la dimensión personal de la neurosis, se le añade un factor inherente a la sociedad, o mejor dicho al sistema, que agudiza  la dimension más enfermiza y patológica de la neurosis.

II. LA RUEDA DEL TIEMPO: DE LO INDIVIDUAL A LO SOCIAL-SISTÉMICO.

Como una visión premonitoria, Wackenroder parece entrever el futuro que nos aguarda dándonos una fuerte imagen de lo que a filósofos como Slavoj Zizek, Robert Kurz o Byung-Chul Han, entre otros, han desarrollado en sus análisis sociopolíticos, y que Safranski también resume con relación al cuento diciendo: "Este santo desnudo pone enteramente de manifiesto el concepto de la moderna sociedad de trabajo. Ya no es cuestión del resultado, del producto, sino del proceso mismo de trabajo al que todo tiene que servir: el consumo, la inversión del capital, la destrucción productiva. Todo es estar ocupado. Quien cae del zumbante mundo del trabajo, cae del mundo." [10] Es algo que el filósofo marxista y crítico social Robert Kurz (11) analiza en profundidad en su obra, y en la que nos dice que el trabajo es la verdadera sustancia del capital, y no el capital en sí mismo. Es, en ese sentido, que el santo debe esforzarse en hacer girar la rueda del tiempo porque la rueda no puede parar, siempre debe oírse su zumbido estruendoso. De hecho, el santo es una imagen de todos nosotros dentro de este engranaje, todos, inconscientemente, haciendo girar la rueda, fuera del cual parece no haber salida. 

Y eso es lo que parece transmitir el santo del cuento, como que fuera del sujeto de trabajo, es decir, fuera de la rueda, no hay sujeto (de nuevo Robert Kurtz), o como dice Safranski "cae del mundo". De manera significativa, alguien me decía recientemente: "cuando no tengo trabajo dejo de ser alguien en el mundo". 

Por otro lado, la concepción del capital por parte de Slavoj Zizek también supone un principio dinámico como el de la enroscadura cuando dice: 

Lo verdaderamente terrorífico no está en el contenido específico oculto bajo la universalidad del Capital global, sino más bien en que el Capital es una máquina global anónima que sigue ciegamente su curso, sin ningún Agente secreto que la anime. El horror no es el espectro (particular viviente) dentro de la máquina (universal muerto), sino que la misma máquina (universal muerto) está en el corazón de cada espectro (particular viviente).  [12]

Robert Kurz y su concepto del trabajo como substancia del capital, o Slavoj Zizek y el capital como una máquina global anónima dimensionan la monstruosidad de esa rueda en la que todos estamos inmersos y de la que parece no haber salida, y en la que la actitud y el estado alterado que presenta el santo también recogería las ideas que Byung-Chul Han presentó en su libro "La sociedad del cansancio" donde "el hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima." [13]. Evidentemente, no hay que entender que no haya "coacción externa", sino que esta coacción interna es producto de  un proceso de introyección que se ha interiorizado en los individuos como un destino social y que se ha adoptado como cierto, o como dice Han: 

"La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber. De este modo, el inconsciente social pasa del deber al poder. El sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el de obediencia. Sin embargo, el poder no anula el deber. El sujeto de rendimiento sigue disciplinado. Ya ha pasado por la fase disciplinaria. El poder eleva el nivel de productividad obtenida por la técnica disciplinaria, esto es, por el imperativo del deber. En relación con el incremento de productividad no se da ninguna ruptura entre el deber y el poder, sino una continuidad." [14]

Con el conocido resultado de que: "La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados" [15] 

III. EL SANTO SALE DE LA RUEDA: LA RESPUESTA DE LOS ROMÁNTICOS.

Los activos ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica. (Friedrich Nietzsche) [16]

Dentro de su frenética actividad el hombre santo no puede olvidar que su retiro del mundo respondía a otros motivos:

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la luna se elevaba delante de su oscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca rueda del tiempo no le dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera crear o realizar algo sobre la faz de la tierra. En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido y hacía  esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil" 

Sin embargo, el ruido de la rueda siempre le llevaba a su frenética actividad. No obstante, en una de esas noches hermosas, el santo se vio tomado por la belleza del momento: las sombras de la noche, el brillo de la Luna, las estrellas, el río... En este dos amantes de desplazaban lentos y en silencio... "Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las más ilimitadas corrientes. Desde su embarcación fluía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste." [17] Surge entonces el amor como una fuerza cósmica capaz de romper el hechizo que mantiene el santo encadenado a la rueda del tiempo. La música, la belleza, la poesía, la magia, y en especial el amor es lo que dota al mundo de otra faz, de otra mirada con la que se le mira y con la que nos mira:

                            Amor habita el firmamento, como oleaje puro nos inflama,
                            en una gloria luminar que no se encendería si amor no infundiera fortaleza
                            y, tocado por el hálito del cielo, cielo, agua y tierra se sonríen.

                            El claro de luna se prolonga en las flores,
                            robadas por el sueño fueron las palmeras, el follaje corona los santuarios
                            y, elevando sus tiernos suspiros,
                            desde su quimera, palmeras y flores,
                            hijas de amor, esparcen todos sus sonidos. 

Y el Santo desapareció dejando una visión de él como un espíritu alegre y danzante entre música celestial. Acaba el cuento diciendo que "los amantes creían estar viendo al genio del amor y la música." 

Un claro ejemplo de la propuesta de Novalis de romantización. En este sentido, podemos considerar el romanticismo alemán como un intento de que el movimiento abrupto que los románticos veían venir con el advenimiento de la Ilustración, la razón, la ciencia y la tecnología, y una burguesía cada vez más extendida, no rompiera la "naturaleza animada" a la que hacía referencia Jung (ver nota 4). De que el aburrimiento existencial (no necesariamente percibido como aburrimiento, más bien rellenado de distintas distracciones, cuando no adicciones), quizá mejor dicho alienación, no nos privara del don del asombro y la contemplación, y también, a través de ellos, del don del amor a través del cual, como dice Byung-Chul Han en su libro "Vida contemplativa", y trayendo a Novalis como gran ejemplo, nos acerque a "un universalismo radical que lucha por una «familia mundial» más allá de la nación y la identidad. Está animado por el anhelo de reconciliación y armonía, por la idea de la eterna paz."

IV. UNA REFLEXIÓN FINAL.

Frente a la frenética actividad capitalista, a la transformación de todo en mercancía, y con el único objetivo del beneficio y la rentabilidad, estamos dando vueltas como el hámster, o como el santo de Wackenroder, en la rueda del tiempo hecho de trabajo y capital, con el resultado de haber desanimado al mundo, y con él a nosotros mismos, nos hemos deshumanizado. Cada vez más enajenados nos desconectamos del alma del mundo, y de paso de la nuestra, perdiéndonos en toda clase de distracciones (al final, más mercancías) al servicio del capital. Muchos filósofos y psicólogos se han apercibido de este desajuste anímico, de ese cáncer del alma que el Sistema ha ido imponiendo irrevocable e implacablemente. Los trascendentalistas americanos como Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, filósofos como Walter Benjamin, Theodor Adorno, Martin Heidegger, o psicólogos como Carl Gustav Jung o Eric Fromm, por no decir los innumerables poetas, todos ellos se apercibieron de este grave desajuste. También dentro del campo de la ciencia elevan su voz Rachel Carson, Jane Goodall, John Elkington o Andreas Malm, por poner algunos ejemplos.

Hay que aprender a desaprender y volver a aprender a mirar y a ver. Volver al don del asombro (Rachel Carson) o, como dice Mary Oliver: "la labor del poema es trascender las circunstancias ordinarias, establecerse en un segundo plano, metafísico, ese tono era importante, y útil. En el viejo poema, cumplía la función que cumple el campanario en una iglesia: "Este terreno es sagrado. Esto es distinto de lo cotidiano." [17] (La negrita es mía)


NOTAS.
___________________

[1] Safranski, Rudiger. Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. Tusquets Editores, pág. 185
[2] Novalis. Fragments. Quaderns Crema, pàg. 
[3] Ver nota 1, pág. 182
[4] Jung, C. G. Civilización en transicion. Cap. 11. Después de la catástrofe. OC Volumen 10. Editorial Trotta, par. 431
[5] Wackenroder, W. H. Un maravilloso cuento Oriental de un santo desnudo. Greenbook Editores, pág. 5 Ebook. Todas las citas de la entrada de este cuento se refieren a esta traduccion de Carola Tonegtti.
[6] Laplanche, J. & Pontalis, J. B. Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós. Acepción de "compulsión a la repetición"
[7] Berne, Eric. Análisis transaccional en psicoterapia. Milenio Publicaciones, S. L.
[8] Anónimo. Los arcanos mayores del Tarot. Editorial Herder.
[9] Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. Biblioteca Edaf, par. 341
[10] Ver nota 1, pág. 185
[11] Kurz, Robert. La substancia del capital. Enclave de libros Ediciones.
[12] Zizek, Slavoj. En defensa de la intolerancia. Ediciones Sequitur, pág. 59
[13] Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Ed. Herder. Kindle Ebook pos. 254
[14] Ver nota 12, pos. 215 
[15] Ver nota 12, pos. 229
[16] Han, Byung-Chul. Vida contemplativa. Ed. Taurus, pág. 86
[17] Oliver, Mary. La escritura indómita. Capítulo La voz del poeta. Errata Naturae, pág. 164




martes, 18 de agosto de 2015

ALBERTO CAEIRO (Fernando Pessoa): La profundidad de lo sencillo.

En las ciudades, la vida es más pequeña
que aquí en mi casa en lo alto de este otero.
En la ciudad, las casas grandes encierran la vista con llave,
esconden el horizonte, empujan nuestra mirada lejos de todo el cielo,
nos vuelven pequeños porque nos quitan todo y tampoco podemos mirar
y nos vuelven pobres porque nuestra única riqueza es ver.

I. LA MIRADA Y LA VISIÓN DE ALBERTO CAEIRO.

                                                                                                                        Leve, leve, muy leve
                                                                                                                        un viento muy leva pasa,
                                                                                                                        y se va, siempre muy leve.
                                                                                                                        Y no se lo que pienso
                                                                                                                        ni procuro saberlo.

La poesía de Fernando Pessoa, a través de su heterónimo Alberto Caeiro, forma parte de un arte, de una poesía, que me conmueve especialmente. Una vez más se trata de "la mirada", de "la visión" que ya hemos explorado al tratar acerca de la poesía de Hölderlin o de la música de los movimientos intermedios de Las Cuatro estaciones de Vivaldi. Sin embargo, en Caeiro-Pessoa la visión, siendo la misma, es a su vez distinta. Si en Hölderlin nos hallamos ante la gran visión, la macrovisión con la que nos describe a través de imágenes imponentes las estaciones, en Alberto Caeiro se nos ofrece la pequeña visión, la microvisión capaz de ser tan intensa y tan conmovedora como esas imágenes tan bellas y conmovedoras de Hölderlin. Partiremos de uno de los primeros poemas de Caeiro para comprender y profundizar en la calidad de esa mirada, pues él mismo es quien nos la define:

                                             Mi mirada es nítida como un girasol.
                                             Tengo la costumbre de andar por los caminos
                                             mirando a la derecha y a la izquierda
                                             y de vez en cuando mirando para atrás...
                                             Y lo que veo a cada instante
                                             es lo que antes nunca había visto,
                                             y me doy buena cuenta de ello.
                                             Sé sentir el asombro esencial
                                             que tiene un niño si, al nacer,
                                             de veras reparase en que nacía...
                                             Me siento nacido a cada instante
                                             a la eterna novedad del mundo. [1]

Así expresa Alberto Caeiro su mirar... Coincide con Hölderlin en que se trata de un mirar que tiene que ver el paraíso de la infancia, ese mirar que está más allá del tiempo y del espacio y que tiene que ver más con el asombro que con el pensar, con la contemplación que con la categorización. Y así su poema continúa:

                                             Creo en el mundo como en una margarita
                                             porque lo veo. Pero no pienso en él,
                                             porque pensar es no comprender...
                                             El mundo no se ha hecho para pensar en él
                                             (pensar es estar enfermo de los ojos),
                                             sino para mirarlo y estar de acuerdo.

La suspensión del pensamiento se abre a la mirada contemplativa que Hölderlin y Caeiro, como, en ocasiones obervamos en Tagore o en Juan Ramón Jiménez, mantienen sobre el mundo y que, a la vez, les abre a sentirse mirados por él, de ahí también el asombro, el sentirse sorprendidos. Quizá por ello lo que trasciende a través del camino que va de la contemplación al verso es algo que todos estos poetas comparten: el amor y la belleza. Y por ello acaba este poema con los versos siguientes:

                                              Yo no tengo filosofía, tengo sentidos...
                                              Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa lo que es,
                                              sino porque la amo, y la amo por eso,
                                              porque quien ama nunca sabe lo que ama,
                                              ni sabe por qué ama, ni que es amar.

                                              Amar es la eterna inocencia
                                              y la única inocencia es no pensar.

Como Tagore en Luna nueva o Schumann en las kinderszenen (ver entrada aquí), Caeiro se sitúa también en la inocencia como lugar del amor. Asombro, contemplación, inocencia, amor dotan a la mirada de Caeiro de la difícil sabiduría de la sencillez. Oigámosle en los versos siguientes:

                                              Seamos sencillos y serenos
                                              como los regatos y los árboles,
                                              y Dios nos amará haciéndonos 
                                              bellos como los regatos y los árboles,
                                              y nos dará flores en su primavera,
                                              y un río a donde ir cuando acabemos.
 


Sólo desde esa sencillez es posible ese asombro de la mirada que mira siempre como una primera vez, y que siempre se siente mirada por vez primera. De la mirada que comprende que lo místico es la existencia misma y que la existencia es esencialmente sencilla... Basta parar y contemplar y dejarse contemplar para descubrir y ser descubierto. Es esa sencillez con la que un niño mira el fluir del río y el impacto de una piedra levantando sus aguas, que escala con su mirada el tronco del árbol para llegar a la frondosa copa del árbol o la curiosidad con la que se acerca hacia la flor:

                                              El Niño Nuevo que habita donde vivo
                                              me da una mano a mi
                                              y la otra a todo cuanto existe,
                                              y así vamos los tres por los caminos
                                              saltando y cantando y riendo
                                              y gozando nuestro común secreto,
                                              que es el saber en cualquier parte
                                              que no hay misterio en el mundo
                                              y que todo vale la pena.

                                              El Niño Eterno me acompaña siempre,
                                              la dirección de mi mirada es la que señala su dedo.
                                              Mi oído atento alegremente a todos los sonidos
                                              son las cosquillas que él me hace, jugando, con las orejas.

Fernando Pessoa
De esa mirada arranca Caeiro versos como perlas y nos da, sin decirlo ni saberlo, una lección del drama de la neurosis, que como las mismas ciudades, "nos encierra la vista con llave". Y los oídos, y el tacto... como con llave también "nos encierra los sentidos". Lo neurótico, en el grado en que lo sea, por ser una amputación del ser lo es también de la existencia... Caeiro opone a lo neurótico una expresión muy suya: el ser natural. Es ese "ser natural" el que fundamenta la profundidad de la sencillez de Caeiro, y que no es más que la que deviene de una profunda experimentación de la existencia que determina ese triángulo que constituyen ese Niño que une con una mano al adulto y con la otra a todo cuanto existe o, si se prefiere, la Naturaleza. En sus versos se destaca la importancia de la actitud que se desprende de ese triángulo que une Niño-adulto-existencia, la importancia de algo que todo aquel que contempla y se deja contemplar experimenta: la serenidad. Así, poco a poco, se va configurando a través de sus versos una triada fundamental para la visión de la sencillez: inocencia, amor y serenidad.

                                               Si pudiera morder la tierra entera
                                               y sentir su sabor,
                                               y si la tierra fuera algo para morder
                                               sería más feliz un instante...
                                               Pero no siempre quiero ser feliz.
                                               Hace falta ser infeliz de vez en cuando
                                               para poder ser natural...
                                               No todo es días de sol,
                                               y la lluvia, cuando escasea, se pide.
                                               Por eso tomo la infelicidad y la felicidad
                                               con naturalidad, como quien no se extraña
                                               de que haya montañas y llanuras
                                               y de que haya rocas y  hierbas.

                                               Lo que si hace falta es ser natural y sereno
                                               en la infelicidad o la felicidad,
                                               sentir como quien mira,
                                               pensar como quien anda,
                                               y cuando se va a morir, acordarse de que el día muere,
                                               y que el poniente es hermoso y es hermosa la noche que queda...
                                              Y que si así es, es porque es así.

Es desde esa "visión serena" que acompaña la inocencia y el amor que Caeiro apunta una especial sensibilidad hacia las "cosas", una sensibilidad donde el sentimiento se hace mucho más presente que la emoción, lo que dota a sus versos de una gravedad especial:

                                               Pobres de las flores en los arriates de los jardines simétricos.
                                               Parecen tener miedo de la policía...
                                               Pero tan ciertas que florecen del mismo modo
                                               y tienen el mismo colorido antiguo
                                               que tuvieron para la mirada primera del primer hombre
                                               que las vio recién aparecidas y las rozó levemente
                                               para verlas con los dedos.                      



o en:

                                              Otras veces oigo pasar el viento,
                                              y me parece que sólo por oir pasar el viento vale la pena 
                                                                                                                                  haber nacido.



o también en:

                                             Bendito sea el mismo sol de otras tierras
                                             que hace hermanos míos a todos los hombres
                                             porque todos los hombres, un momento al día, lo miran como yo,
                                             y en ese puro momento
                                             todo limpio y sensible
                                             regresan imperfectamente y con un suspiro que apenas sienten
                                             el Hombre verdadero y primitivo
                                             que veía el Sol nacer y aun no lo adoraba.
                                             Porque eso es natural, más natural
                                             que adorar al sol y después a Dios
                                             y después a todo lo demás que no existe.




II. LA NATURALEZA ES PARTES SIN UN TODO.

                                                                                  Todas las opiniones que hay sobre la Naturaleza
                                                                                  nunca han hecho crecer una hierba o una flor.

La visión de Caeiro, que se acerca ahora profundamente a una visión Zen, ahora a una visión pagana y panteísta, tiene su momento de iluminación. El poeta lo describe claramente en uno de sus poemas que incluye un verso, como dice Ricardo Reis (otro heterónimo de Pessoa), que es el supremo verso de su obra: La Naturaleza es partes sin un todo.

Alberto Caeiro opone la obviedad - por otro lado nada obvia para el pensamiento - al sentido oculto de las cosas. Inicia ese poema en el que describe su instante de iluminación con los siguientes versos:

                                            En un día excesivamente nítido,
                                            día en que daban ganas de haber trabajado mucho
                                            para en él no trabajar nada,
                                            entreví, como un camino entre los árboles,
                                            lo que tal vez sea el Gran Secreto,
                                            aquel Gran Misterio del que hablan los falsos poetas.

En varios de sus poemas Caeiro "carga" contra aquello que, según él, nos aleja del verdadero "ver" y que, en sus palabras, vendría a ser la obcecación por el misterio, por lo secreto, por la verdad que se oculta tras el velo de las cosas y los fenómenos. Dice con toda claridad:

                                           ¿El misterio de las cosas? ¡Que se yo lo que es el misterio!
                                           El único misterio es que haya quien piense en el misterio

                                           [...]

                                           "Constitución íntima de las cosas"...
                                           "Sentido íntimo del Universo"
                                            Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
                                            Es increíble que se pueda pensar en cosas de éstas.
                                            Es como pensar en razones y fines
                                            cuando empiezo a rayar la mañana, y por el flanco de los árboles
                                            un vago oro lustroso va perdiendo oscuridad.

Dice de Francisco de Asís:

                                            ¿Cómo un hombre que amaba tanto las cosas
                                             nunca las miraba, no sabía que eran?

                                            ¿Por qué había de llamar hermana mía al agua, si no es mi hermana?

                                            ¿Para sentirla mejor?
                                             La siento mejor bebiéndola que llamándole cualquier cosa.
                                             Hermana, o madre, o hija.
                                             El agua es el agua y es bella por eso.

Alberto Caeiro denuncia constantemente el ocultismo que siempre anda buscando misterios y secretos donde, según él, no los hay, y a los que ve como simples espejismos del pensamiento o incluso del sentimiento y la emoción (aquí es donde se aproxima al Zen). La necesidad del absoluto quizá no sea más que una necesidad de la falta básica del ser humano (por seguir a Michael Balint o a Otto Rank), la necesidad de mantener una esperanza en la existencia de "algo" que subyace a la diversidad y que recomponga la separación, la incompletud que anida en el ser humano como una carencia estructural. Esa es la iluminación que manifiesta y que identifica como "lo que tal vez sea el Gran Secreto, aquel Gran Misterio del que hablan los falsos poetas".

                                             Vi que no hay Naturaleza,
                                             que Naturaleza no existe,
                                             que hay montes, valles, llanos,
                                             que hay árboles, flores, hierbas,
                                             que hay ríos y piedras,
                                             pero que no hay un todo al que esto pertenezca,
                                             que un conjunto real y verdadero
                                             es una enfermedad de nuestras ideas.

Y que le lleva a concluir que:

                                             La Naturaleza es partes sin todo.
                                             Este es tal vez el tal misterio del que hablan.

Caeiro se refiere a ese todo en el sentido de ese absoluto que parece ocultarse tras el mundo de las cosas y los fenómenos dándoles un significado distinto del aparente. Se revela contra los sentidos ocultos, el absoluto que intentan dar un significado distinto. Recordemos: "Constitución íntima de las cosas", "Sentido íntimo del universo"... La mística de Caeiro podría entenderse como una antimística que se aferra a la obviedad de lo existente y al absurdo de la búsqueda de sentido. Una piedra es una piedra, una flor es una flor. Insisten reveladores sus versos:

                                             A veces me pongo a mirar una piedra.
                                             No me pongo a pensar si siente.
                                             No me pierdo llamándola hermana mía.
                                             Pero me gusta por ser una piedra,
                                             me gusta porque no siente nada,
                                             me gusta porque no tiene parentesco alguno conmigo.

En otro poema nos muestra su visión con claridad, Veamos algunos de sus versos:

                                             Sí, esto es lo que mis sentidos aprendieron solos:
                                             las cosas no tienen significación, tienen existencia.
                                             Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

III. AMOR, COMPAÑÍA Y DECEPCIÓN.

                                                                                                         Quien ama es diferente de quien es
                                                                                                         Es la misma persona sin nadie.

Hay en el conjunto de su obra un grupo de ocho poesías agrupadas bajo el título de "El pastor amoroso" que nos muestran el efecto del amor a una mujer sobre Alberto Caeiro. Se trata quizá de los más bellas poesías de amor escritas. El primer poema empieza así:

                                             Cuando yo no tenía
                                             amaba la Naturaleza como un  monje sereno a Cristo,
                                             ahora amo a la Naturaleza
                                             como un monje sereno a la Virgen María,
                                             religiosamente, a mi modo, como antes,
                                             pero de una manera más conmovida y cercana.
                                             Veo mejor los ríos cuando voy contigo
                                             por los campos hasta la orilla de los ríos;
                                             sentado a tu lado observando las nubes, las veo mejor.



Observamos algo que en el comentario que hice de la película "Hacia rutas salvajes" (pulsar aquí para verlo) le sucede a su protagonista (Chris McCandless) hacia el trágico final de su estancia en Alaska. Me refiero al subrayado que encontraron del libro de Boris Pasternak "El doctor Zhivago", y que dice: "Y así resultó que sólo una vida similar a la vida de aquellos que nos rodean, fusionándose con ella en armonía, es una vida genuina y que una felicidad no compartida no es felicidad". Alberto Caeiro lo dice en los siguientes versos:

                                             El amor es una compañía.
                                             Ya no puedo andar sólo por los caminos,
                                             porque ya no puedo andar sólo.

En el amor a esa mujer indeterminada Caeiro sufre como una amplificación de su ver y de su sentir:

                                             tú no me has quitado la Naturaleza...
                                             Tú has cambiado la Naturaleza...
                                             Has traído la Naturaleza a mi lado,
                                             por existir tú la veo mejor, pero la misma,
                                             por amarme tú, la amo del mismo modo, pero más,
                                             por escogerme tú para tenerte y amarte,
                                             mis ojos contemplaron más demoradamente bellas todas las cosas.

En sus versos aflora junto al sentimiento la visibilidad de la emoción (que requiere cercanía) que en el resto de su obra parece más contenida en el sentimiento mismo (que se mantiene más en la lejanía):

                                            Me gusta tanto que no sé como desearla.
                                            Si no la veo, la imagino y soy fuerte como los árboles altos.
                                            Pero si la veo tiemblo, no sé que se hizo de lo que siento en su ausencia.
                                            Todo yo soy una forma cualquiera que me abandona.
                                            Toda la realidad me mira como un girasol con su cara en medio.

Caeiro habla también de la completud que siente a través de su amor y de sentirse amado. Experimenta en toda su intensidad el esplendor del enamoramiento. Dentro de su soledad, una soledad efectivamente elegida, irrumpe de repente el encuentro y con él la intensidad del deseo, del amor. Sus versos, efectivamente, dan voz a esa felicidad que sólo es felicidad si es compartida. Y, sin embargo, el último poema nos habla del amor que no se consumó: "El pastor amoroso perdió su cayado / y las ovejas se descarriaron por la ladera / y, de tanto pensar, ni tocó la flauta que trajo para tocar". En unos pocos versos nos muestra también al Caeiro dolido que vuelve su mirada a la Naturaleza y a la soledad como su refugio. Caeiro se nos muestra en su parte más humana y nos pone en relación con la dificultad de conjugar el amor a una flor o a una piedra con el amor a otro ser humano. Es distinto amar a lo que no habla que a lo que habla, al ser capaz de simbolizar del que no lo hace.

                                             Cuando se levantó de la ladera y de la verdad falsa, lo vio todo:
                                             Los grandes valles llenos de los mismos varios verdes de siempre,
                                             las grandes montañas, más reales que cualquier sentimiento,
                                             toda la realidad, con el cielo, el aire y los campos que están presentes,
                                             (y de nuevo el aire, que le había faltado tanto tiempo,
                                                                                                               entró fresco en sus pulmones)
                                             y sintió que de nuevo el aire le abría, pero con dolor, una
                                                                                                                         libertad en el pecho.

La clave de estos versos está en el último verso, en ese "pero con dolor" que justamente lo opone al resto de los versos y a la misma libertad citada. Cuan distinto sonaría este verso de haberse escrito como "y sintió que de nuevo el aire le abría, y el dolor, una libertad en el pecho". Esa sustitución del "pero" por el "y" tan conocida en la psicoterapia gestáltica es clave en lo que significa la exclusión (el pero) o la inclusión (el y) en la nueva experiencia (libertad). Es algo que Ricardo Reis nota en su reflexión sobre la obra de Caeiro acerca de este episodio amoroso: "El enviciamiento mental producido por este episodio amoroso que, además de haber sido estéril, fue perturbador, y cuyos detalles desconozco y deseo no conocer, continuó en el espíritu del poeta. Dejó un rastro viciado. Nunca más, salvo en efímeros episodios poéticos, volvió aquella serenidad suprema..."

Es diferente amar lo que simplemente existe que lo que existe con una consciencia confundida, que existe como un ser que siente su existencia como una carencia y que, sin embargo, pone de camino uno de los sentimientos más dificultuosos: el amor y, en consecuencia, cómo amarnos como seres carentes. Ese "rastro viciado" del que habla Ricardo Reis deja entrever algo que Nietzsche también entrevió cuando dijo aquello de que "es más fácil amar a la humanidad que amar a ser humano". Es el rastro que deja intentar amar al ser humano concreto, una experiencia muy diferente que amar a una flor o a una piedra, al susurro del viento o el murmullo de las aguas del río, al valle o la montaña.

Si algo se le puede achacar a la poesía del último Hölderlin o de Alberto Caeiro es que su mirada, su ver, no pudo mirar ni ver al ser humano dentro de sus paisajes a menos que no lo pudiera contemplar como contemplaban una flor o una piedra, un valle o una montaña, como una imagen más no hablante del paisaje. Quizá por ello a uno los dioses lo enloquecieron joven, y al otro Fernando Pessoa lo hizo morir joven ("Has muerto joven como los dioses quieren cuando aman" dice Reis). Hay una cierta melancolía - la perturbación de la serenidad suprema de la que habla Reis - en las poesías llamadas inconclusas de Caeiro, y quizá tenga que ver con esto, quizá tenga que ver con que su mirada, su ver no alcanzó al ser humano en su paisaje, y que cuando lo alcanzó a través del amor, más también desde la carencia, se topó con el dolor, un dolor con el que no supo como manejarse.

Quizá faltó un eslabón en esa mirada hacia el ser humano para poder mirarlo y dejarse mirar por él, para verle y dejarse ver, un eslabón fundamental en la experiencia del amor hacia el otro y hacia sí mismo que el valle o la montaña, que la flor o la piedra no requieren por sí mismas (con la excepción del mirar ecológico actual provocado por la destrucción de las especies y los ecosistemas). El amor a lo humano requiere de la compasión desde la que tan sólo es posible contemplar la existencia humana en su dimensión más compleja: la de una consciencia lanzada a la existencia.

Alberto Caeiro muere finalmente como vivió:

                                            LAST POEM

                                                                                  (dictado por el poeta el día su muerte)

                                            Es quizás el último día de mi vida.
                                            He saludado al sol, levantando mi mano derecha,
                                            más no lo he saludado para decirle adiós.
                                            He hecho la señal de que me gustaba verlo todavía:
                                                                                                                       nada más.